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Chajarí, Entre Ríos, Argentina

lunes, 27 de abril de 2020

Cuento Ella camina hacia sus orígenes

Caminando hacia sus raíces

Verona Anahí ama caminar, caminar y caminar, por las mañanas o las tardes, el tiempo es indistinto, mientras camine. Disfruta esos paseos en soledad o en compañía de alguna amiga, aprovechando los variados senderos peatonales de Chajarí, su ciudad adoptiva desde hace unos meses cuando vino con sus padres desde el sur, quienes volvieron a su tierra de origen después de vivir muchos años en Ushuaia. La chica recorre los caminos sin un itinerario fijo, asimismo anda y desanda los espacios para peatones que no tengan cemento, prefiere piedras finas, arena, césped o cualquier pastito. Su sitio favorito es el parque termal, que queda a unos tres kilómetros de su casa que está en el centro de la ciudad. Allí encuentra la fusión perfecta entre naturaleza e intervención humana. Es ahí donde siente mayor plenitud, experimenta una conexión especial con esas tierras, como si fuera parte de estas desde tiempos ancestrales.

El agua es otro elemento del hábitat que le genera a Verona Anahí una vitalidad sublime al realizar sus caminatas. Ver, oír, palpar, oler y hasta saborear las aguas del predio termal que brotan del magnífico acuífero guaraní, la vinculan con un ente intangible pero muy presente en cada una de sus células.

Y el sol es un compañero que ella también aprecia para sus paseos, por supuesto respetando los horarios de exposición, para cuidar su hermosa piel morena que heredó de su abuelo materno Cuñambuy y sus ojos celestes heredados de su abuelo paterno Divecchio, esos bellos pedacitos de cielo están protegidos por unas llamativas pestañas tupidas, arqueadas y oscuras que contrastan con el largo cabello lacio, abundante, tan dorado como el trigo maduro. Sus pasos son cortos y rápidos, su estatura es baja y tiene la sonrisa más encantadora del mundo con la que hace resaltar sus pómulos bien definidos. Se apropia con su belleza inusual de cada espacio que recorre, los magnifica, les imprime un hechizo mágico, porque confluyen en su persona los rasgos de los habitantes originarios de estos terruños, con los de quienes inmigraron a la zona de Chajarí. La presencia de ella no pasa desapercibida, todos voltean con admiración y respeto al verla pasar. Los lugareños piensan que es una turista y los turistas que es una lugareña u otra turista.

Cierto día Verona descubre la reserva natural en el parque termal, queda deslumbrada con toda esa naturaleza tan cercana, no puede dar crédito de cuanto ve, percibe una atracción inexplicable por ese sitio. Piensa «¿Habrá que pagar para entrar?» —¡Lo averiguará!  Mientras, decide recorrerlo por la periferia, avanza observando con entusiasmo las especies a la distancia, sigue admirando su hallazgo desde el perímetro, estira la cabeza como espiando, porque escucha ruidos y quiere saber quién los provoca. Casi sin percatarse de cuánto se había desplazado y del tiempo transcurrido, de pronto advierte que se está poniendo oscuro y emprende rápidamente el camino a su casa.

Al llegar, sigue con sus rutinas familiares y con el firme propósito de ingresar a la reserva en sus próximas caminatas. Comenta en su hogar acerca del tesoro descubierto como algo grandioso, que en el sur entre la nieve no veía, sin embargo, su familia no le da mucha importancia a lo que ella cuenta:

—¡Ah! esos son árboles de la zona que nacen espontáneamente y otros que se plantan desde hace muchos años en la región le dice su padre—.

—Sí, los dejaron en la reserva para que no se extingan y para que vivan las aves y otros animales de la zona, o sea conservar la biodiversidad y de paso que purifiquen el aire. Cuando éramos gurises teníamos árboles así cerca de nuestras viviendas — le cuenta la madre—.

—¿Dónde? ¡quiero ir a verlos! —exclama Verona.

—No hija, ya no existen, los han sacado para hacer la represa o para plantar otros cultivos para el consumo humano, como alimentos, madera o criar animales también.  —agrega el padre—.

Al día siguiente el clima presenta las condiciones ideales para que ella pueda salir, se presenta una típica jornada del inicio de primavera, despejada, con sol suave. Rapidísimo llega a la reserva, pregunta a una señora si se podía pasar, quien le indica que sí. Plena de felicidad comienza a explorar el ambiente, siempre con esa sensación de «llamado de la naturaleza» que le despierta curiosidad, expectativas y asombro. Va atesorando en su mente lo que ve, muchos árboles tienen carteles con nombres: curupí, ñandubay, espinillo, paraíso, sen del campo, entre otros.  Pisa el suave pasto, ve unos cuises royendo hierbas, escucha silbidos y otros ruidos de aves, siente el sonido relajante de una corriente de agua. Hay varias indicaciones, bebederos y comederos para las aves, miradores, puentes y senderos que se bifurcan invitándola a descubrirlos. Todo le resulta tan deslumbrante que se siente incentivada a volver al lugar una y otra vez, sin dudas ese es su lugar en el mundo —escribió en su diario por la noche antes de acostarse—. 

Cuando en apariencia ya no hay más novedades por explorar, se dispone a apreciar los cambios que se van produciendo en la naturaleza, los disfruta, recibe la energía que emanan los árboles, se deja sorprender por la vida dinámica del sitio, ve a otros visitantes recreándose, tomado fotos y avistando la rica fauna. Pero en el atardecer de un sábado de noviembre parcialmente nublado, ¡¡le sucede algo increíble!!, percibe una sensación muy extraña detrás de su curupí favorito. Le parece haber visto su cara como si fuera en un espejo. Despeja la vista sacudiendo la cabeza y no vuelve a ver lo que hace instantes parecía haber captado con la mirada. Seguramente ha sido una sensación o una sombra, porque el sol aparece y desaparece —piensa y abandona el predio más inquieta que nunca—. Pasan unos días de lluvia, durante los cuales no puede ir y, a la semana siguiente vuelve, un día, otro día, siguen sus paseos sin volver a encontrarse con ese supuesto rostro tan intrigante.

En algunas ocasiones, durante sus excursiones intuye una presencia, pasos torpes, un aliento raro, una mirada que no puede ver concretamente, lo cual la hace pensar que solo es producto de su imaginación, posiblemente por sentirse tan a gusto en el lugar.

Después de varias semanas, un sábado con meteorología similar a aquel día de noviembre ¡vuelve a aparecer ese rostro! Lo ve una y otra vez, supone que los guardaparques del lugar han colgado la tapa de una lata espejada para escribir alguna indicación y es su propio rostro lo que se refleja. Se acerca sigilosamente, rodea el árbol ¡el rostro sonríe! ¡ella no!, la embarga un gran susto. Aparece un joven con los pómulos bien definidos, largas pestañas oscuras, tez morena, bastante parecido a ella, a diferencia del color de los ojos, el cabello y el cuerpo fornido del muchacho. Él sonríe de la forma más sincera y hermosa que jamás haya visto, esta vez ella se la devuelve y enseguida lo apabulla con preguntas sin tenerle miedo, porque la similitud entre ambos, le inspira una gran confianza: «¿quién sos?, ¿qué hacés, por qué me seguís?». El extraño desaparece dando un salto en un barranco sin emitir sonido alguno. Asombrada, pero ya no asustada, se queda mirando un buen rato el espacio vacío y como no vuelve a aparecer decide regresar a su casa.

Sus padres y amigos no le creen cuando les cuenta lo que vio, tal es así que deciden acompañarla en los siguientes paseos y, efectivamente, nadie ve lo que ella dice haber visto. Al tiempo, cuando la familia constata que solo es una ilusión de su hija, ya no la acompañan. Verona retoma sus paseos solitarios y el misterioso joven reaparece, la contacta en uno de los senderos de la reserva, le obsequia unas extrañas semillas envueltas en una hoja de cala y desaparece en el mismo barranco anterior. Ella se queda esperando en vano un buen rato y luego regresa a su casa.

Al día siguiente, se levanta temprano, analiza las semillas, pide instrucciones a sus padres para preparar la tierra y siembra con gran entusiasmo en el patio de atrás el regalo del amigo misterioso. Siente la necesidad de retribuírselas de alguna manera, entonces junta todas las semillas que habitualmente se tiran con los residuos domiciliarios y cada vez que vuelve a la reserva, lleva carozos, semillas de zapallos, de tomates, de morrones y de todos los alimentos que se consumen en el hogar. Por si acaso agrega garbanzos, variedad de porotos, lentejas, arvejas y trigo. Las deposita cerca de su curupí favorito y para la próxima vez que va, desaparecen, no sabe si las retira su amigo semillero, algún animal o las personas que andan por el lugar.

Pasan unos meses y las semillas que plantó en su patio dan sus frutos. Un día viene a visitarla el bisabuelo materno de Verona y ve las plantas crecidas en el patio, no puede salir de su asombro al reconocer hojas de papines, pimientos, maíces y maníes de distintos tamaños y colores, más una planta de quinua. La chica le cuenta el origen de las semillas y don Cuñambuy le explica que sus antepasados tenían reservorios subterráneos de semillas con túneles que salían a distintos lugares. Las guardaban para preservarlas en caso de invasión, por si tenían que abandonar voluntariamente el lugar por falta de alimentos o, simplemente para volver a sembrar al año siguiente, perpetuando esas especies vegetales tan útiles. Es probable que este muchacho pertenezca a esos grupos que permanecen ocultos y subsisten a través de distintas generaciones desde tiempos remotos —dice el bisabuelo.  Por esos túneles —agrega el bisabuelo— salen a lugares inhabitados, cultivan espacios pequeños de tierra para obtener alimentos y vuelven a guardar semillas. 

Verona, tras escuchar el relato, se siente una elegida para cumplir ese rol con las semillas, más en estos tiempos que la humanidad está volviendo al consumo de alimentos antiguos y naturales, por lo tanto, le resulta imperiosa la necesidad de colaborar con esta cruzada. Siempre supo que tiene una misión especial en la vida y que la motivación de sus caminatas es por una causa muy noble. En cada oportunidad que visita la reserva, piensa que nada es casual y sigue llevando semillas para «el reservorio», además a veces ella también encuentra semillas nuevas que no son de los árboles cercanos, las lleva, siembra, cuida, cosecha, comparte, come y devuelve las nuevas semillas que produce para que continúe este misterioso ciclo vital.

El bisabuelo se entusiasma mucho al reencontrarse con aquellos cultivos de su infancia, por eso colabora con la misión de su bisnieta, comparte semillas y plantines con sus amigos del centro de jubilados y entre sus vecinos que demuestran interés. Se va generando como un círculo de solidaridad y bienestar alrededor de cada planta. No se limita a darles las semillas solamente, además las acompaña con información cultural como recetas culinarias y otros usos, formas apropiadas de cultivarlas para un mejor rendimiento y aprovechamiento del agua y la tierra.  El bisabuelo y Anahí, como prefiere llamarla él, han formado un equipo de trabajo con mucha pasión, él aporta sus saberes tradicionales, ella le incorpora los conocimientos escolares, sobre todo los de geografía ambiental. Dan consejos a quienes quieren escucharlos para evitar la depredación de las especies, sobre el uso responsable que se le debe dar a las mismas para evitar alteraciones ambientales.

Anahí sigue visitando la reserva porque se siente muy a gusto en ese paraíso. Su amigo, sin hacer sus apariciones, la sigue inspirando, ella está segura de que todas las culturas tienen mucho para aportar e intercambiar, lo importante es que se respeten entre ellas, que ninguna absorba a la otra, que se enriquezcan y potencien entre sí. Está orgullosa de ser el ejemplo perfecto de integración entre culturas, por sus sentimientos, su aspecto físico y por sus nombres. Y recuerden, si encuentran semillas cerca de un curupí, no las retiren, son para Verona o para su amigo misterioso. 
😉😊.









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