Caminando hacia sus raíces
Verona
Anahí ama caminar, caminar y caminar, por las mañanas o las tardes, el tiempo
es indistinto, mientras camine. Disfruta esos paseos en soledad o en compañía
de alguna amiga, aprovechando los variados senderos peatonales de Chajarí, su
ciudad adoptiva desde hace unos meses cuando vino con sus padres desde el sur,
quienes volvieron a su tierra de origen después de vivir muchos años en
Ushuaia. La chica recorre los caminos sin un itinerario fijo, asimismo anda y
desanda los espacios para peatones que no tengan cemento, prefiere piedras
finas, arena, césped o cualquier pastito. Su sitio favorito es el parque
termal, que queda a unos tres kilómetros de su casa que está en el centro de la
ciudad. Allí encuentra la fusión perfecta entre naturaleza e intervención
humana. Es ahí donde siente mayor plenitud, experimenta una conexión especial
con esas tierras, como si fuera parte de estas desde tiempos ancestrales.
El
agua es otro elemento del hábitat que le genera a Verona Anahí una vitalidad
sublime al realizar sus caminatas. Ver, oír, palpar, oler y hasta saborear las
aguas del predio termal que brotan del magnífico acuífero guaraní, la vinculan
con un ente intangible pero muy presente en cada una de sus células.
Y
el sol es un compañero que ella también aprecia para sus paseos, por supuesto
respetando los horarios de exposición, para cuidar su hermosa piel morena que
heredó de su abuelo materno Cuñambuy y sus ojos celestes heredados de su abuelo
paterno Divecchio, esos bellos pedacitos de cielo están protegidos por unas
llamativas pestañas tupidas, arqueadas y oscuras que contrastan con el largo
cabello lacio, abundante, tan dorado como el trigo maduro. Sus pasos son cortos
y rápidos, su estatura es baja y tiene la sonrisa más encantadora del mundo con
la que hace resaltar sus pómulos bien definidos. Se apropia con su belleza
inusual de cada espacio que recorre, los magnifica, les imprime un hechizo
mágico, porque confluyen en su persona los rasgos de los habitantes originarios
de estos terruños, con los de quienes inmigraron a la zona de Chajarí. La
presencia de ella no pasa desapercibida, todos voltean con admiración y respeto
al verla pasar. Los lugareños piensan que es una turista y los turistas que es
una lugareña u otra turista.
Cierto
día Verona descubre la reserva natural en el parque termal, queda deslumbrada
con toda esa naturaleza tan cercana, no puede dar crédito de cuanto ve, percibe
una atracción inexplicable por ese sitio. Piensa «¿Habrá que pagar para
entrar?» —¡Lo averiguará! Mientras,
decide recorrerlo por la periferia, avanza observando con entusiasmo las
especies a la distancia, sigue admirando su hallazgo desde el perímetro, estira
la cabeza como espiando, porque escucha ruidos y quiere saber quién los
provoca. Casi sin percatarse de cuánto se había desplazado y del tiempo
transcurrido, de pronto advierte que se está poniendo oscuro y emprende
rápidamente el camino a su casa.
Al
llegar, sigue con sus rutinas familiares y con el firme propósito de ingresar a
la reserva en sus próximas caminatas. Comenta en su hogar acerca del tesoro
descubierto como algo grandioso, que en el sur entre la nieve no veía, sin
embargo, su familia no le da mucha importancia a lo que ella cuenta:
—¡Ah!
esos son árboles de la zona que nacen espontáneamente y otros que se plantan
desde hace muchos años en la región —le
dice su padre—.
—Sí,
los dejaron en la reserva para que no se extingan y para que vivan las aves y
otros animales de la zona, o sea conservar la biodiversidad y de paso que
purifiquen el aire. Cuando éramos gurises teníamos árboles así cerca de
nuestras viviendas — le cuenta la madre—.
—¿Dónde?
¡quiero ir a verlos! —exclama Verona.
—No
hija, ya no existen, los han sacado para hacer la represa o para plantar otros
cultivos para el consumo humano, como alimentos, madera o criar animales
también. —agrega el
padre—.
Al
día siguiente el clima presenta las condiciones ideales para que ella pueda
salir, se presenta una típica jornada del inicio de primavera, despejada, con
sol suave. Rapidísimo llega a la reserva, pregunta a una señora si se podía
pasar, quien le indica que sí. Plena de felicidad comienza a explorar el
ambiente, siempre con esa sensación de «llamado de la naturaleza» que le
despierta curiosidad, expectativas y asombro. Va atesorando en su mente lo que
ve, muchos árboles tienen carteles con nombres: curupí, ñandubay, espinillo,
paraíso, sen del campo, entre otros.
Pisa el suave pasto, ve unos cuises royendo hierbas, escucha silbidos y
otros ruidos de aves, siente el sonido relajante de una corriente de agua. Hay
varias indicaciones, bebederos y comederos para las aves, miradores, puentes y
senderos que se bifurcan invitándola a descubrirlos. Todo le resulta tan
deslumbrante que se siente incentivada a volver al lugar una y otra vez, sin
dudas ese es su lugar en el mundo —escribió en su diario por la noche antes de
acostarse—.
Cuando
en apariencia ya no hay más novedades por explorar, se dispone a apreciar los
cambios que se van produciendo en la naturaleza, los disfruta, recibe la
energía que emanan los árboles, se deja sorprender por la vida dinámica del
sitio, ve a otros visitantes recreándose, tomado fotos y avistando la rica
fauna. Pero en el atardecer de un sábado de noviembre parcialmente nublado,
¡¡le sucede algo increíble!!, percibe una sensación muy extraña detrás de su
curupí favorito. Le parece haber visto su cara como si fuera en un espejo.
Despeja la vista sacudiendo la cabeza y no vuelve a ver lo que hace instantes
parecía haber captado con la mirada. Seguramente ha sido una sensación o una
sombra, porque el sol aparece y desaparece —piensa y abandona el predio más
inquieta que nunca—. Pasan unos días de lluvia, durante los cuales no puede ir
y, a la semana siguiente vuelve, un día, otro día, siguen sus paseos sin volver
a encontrarse con ese supuesto rostro tan intrigante.
En
algunas ocasiones, durante sus excursiones intuye una presencia, pasos torpes,
un aliento raro, una mirada que no puede ver concretamente, lo cual la hace
pensar que solo es producto de su imaginación, posiblemente por sentirse tan a
gusto en el lugar.
Después
de varias semanas, un sábado con meteorología similar a aquel día de noviembre
¡vuelve a aparecer ese rostro! Lo ve una y otra vez, supone que los
guardaparques del lugar han colgado la tapa de una lata espejada para escribir
alguna indicación y es su propio rostro lo que se refleja. Se acerca
sigilosamente, rodea el árbol ¡el rostro sonríe! ¡ella no!, la embarga un gran
susto. Aparece un joven con los pómulos bien definidos, largas pestañas
oscuras, tez morena, bastante parecido a ella, a diferencia del color de los
ojos, el cabello y el cuerpo fornido del muchacho. Él sonríe de la forma más
sincera y hermosa que jamás haya visto, esta vez ella se la devuelve y
enseguida lo apabulla con preguntas sin tenerle miedo, porque la similitud
entre ambos, le inspira una gran confianza: «¿quién sos?, ¿qué hacés, por
qué me seguís?». El extraño desaparece dando un salto en un barranco sin
emitir sonido alguno. Asombrada, pero ya no asustada, se queda mirando un buen
rato el espacio vacío y como no vuelve a aparecer decide regresar a su casa.
Sus
padres y amigos no le creen cuando les cuenta lo que vio, tal es así que
deciden acompañarla en los siguientes paseos y, efectivamente, nadie ve lo que
ella dice haber visto. Al tiempo, cuando la familia constata que solo es una
ilusión de su hija, ya no la acompañan. Verona retoma sus paseos solitarios y
el misterioso joven reaparece, la contacta en uno de los senderos de la
reserva, le obsequia unas extrañas semillas envueltas en una hoja de cala y
desaparece en el mismo barranco anterior. Ella se queda esperando en vano un
buen rato y luego regresa a su casa.
Al
día siguiente, se levanta temprano, analiza las semillas, pide instrucciones a
sus padres para preparar la tierra y siembra con gran entusiasmo en el patio de
atrás el regalo del amigo misterioso. Siente la necesidad de retribuírselas de
alguna manera, entonces junta todas las semillas que habitualmente se tiran con
los residuos domiciliarios y cada vez que vuelve a la reserva, lleva carozos,
semillas de zapallos, de tomates, de morrones y de todos los alimentos que se
consumen en el hogar. Por si acaso agrega garbanzos, variedad de porotos,
lentejas, arvejas y trigo. Las deposita cerca de su curupí favorito y para la
próxima vez que va, desaparecen, no sabe si las retira su amigo semillero,
algún animal o las personas que andan por el lugar.
Pasan
unos meses y las semillas que plantó en su patio dan sus frutos. Un día viene a
visitarla el bisabuelo materno de Verona y ve las plantas crecidas en el patio,
no puede salir de su asombro al reconocer hojas de papines, pimientos, maíces y
maníes de distintos tamaños y colores, más una planta de quinua. La chica le
cuenta el origen de las semillas y don Cuñambuy le explica que sus antepasados
tenían reservorios subterráneos de semillas con túneles que salían a distintos
lugares. Las guardaban para preservarlas en caso de invasión, por si tenían que
abandonar voluntariamente el lugar por falta de alimentos o, simplemente para
volver a sembrar al año siguiente, perpetuando esas especies vegetales tan
útiles. Es probable que este muchacho pertenezca a esos grupos que permanecen
ocultos y subsisten a través de distintas generaciones desde tiempos remotos
—dice el bisabuelo. Por esos túneles
—agrega el bisabuelo— salen a lugares inhabitados, cultivan espacios pequeños
de tierra para obtener alimentos y vuelven a guardar semillas.
Verona,
tras escuchar el relato, se siente una elegida para cumplir ese rol con las
semillas, más en estos tiempos que la humanidad está volviendo al consumo de
alimentos antiguos y naturales, por lo tanto, le resulta imperiosa la necesidad
de colaborar con esta cruzada. Siempre supo que tiene una misión especial en la
vida y que la motivación de sus caminatas es por una causa muy noble. En cada
oportunidad que visita la reserva, piensa que nada es casual y sigue llevando
semillas para «el reservorio», además a veces ella también encuentra semillas nuevas que no son de los árboles
cercanos, las lleva, siembra, cuida, cosecha, comparte, come y devuelve las
nuevas semillas que produce para que continúe este misterioso ciclo vital.
El
bisabuelo se entusiasma mucho al reencontrarse con aquellos cultivos de su
infancia, por eso colabora con la misión de su bisnieta, comparte semillas y
plantines con sus amigos del centro de jubilados y entre sus vecinos que
demuestran interés. Se va generando como un círculo de solidaridad y bienestar
alrededor de cada planta. No se limita a darles las semillas solamente, además
las acompaña con información cultural como recetas culinarias y otros usos,
formas apropiadas de cultivarlas para un mejor rendimiento y aprovechamiento
del agua y la tierra. El bisabuelo y
Anahí, como prefiere llamarla él, han formado un equipo de trabajo con mucha
pasión, él aporta sus saberes tradicionales, ella le incorpora los conocimientos
escolares, sobre todo los de geografía ambiental. Dan consejos a quienes
quieren escucharlos para evitar la depredación de las especies, sobre el uso
responsable que se le debe dar a las mismas para evitar alteraciones
ambientales.


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