Foto tomada de Gaceta Marinera
Spiro, guardián eterno del
mar
Jamás la balandra Nuestra Señora del Carmen
volverá a manos de Jacinto de Romarate
Mi nombre traducido al español es Pedro Samuel Spiro. Nací
hacia fines del siglo XVIII junto al Mar Egeo en la hermosa isla griega de
Hidra, un pequeño terruño lleno de misterios y secretos entre sus montañas
rocosas. Los hidriotas nos convertimos en una de las grandes potencias navales,
desde muy jóvenes nos formábamos como los mejores marinos, dotándonos de
coraje, valor y experiencia bajo la tradicional protección de Neptuno. Y,
paradójicamente, aunque éramos los más capacitados y reconocidos del mundo, no
gozábamos de libertad porque desde hacía siglos estábamos bajo la opresión del
imperio otomano.
Con mis hermanos, siendo unos veinteañeros muy
emprendedores, decidimos buscar oportunidades en otros destinos, dejando con
dolor nuestra tierra natal. Después de una travesía llena de peripecias y
aventuras muy emocionantes de las que salimos victoriosos, el 12 de julio de
1810 llegamos a Buenos Aires, entonces capital del Virreinato del Río de La
Plata. Al arribar, nuestra mayor riqueza eran los conocimientos, las esperanzas
y los deseos de abrazar el futuro. Nos recibieron muy bien, hicimos muchos amigos
y pronto nos identificamos con las ideas de la Revolución. La causa nos
conmovió y la hicimos nuestra porque desde niños aprendimos que Grecia también
debía independizarse de los otomanos y estábamos convencidos que era lo mejor,
por eso apoyamos a los criollos en sus aspiraciones de independizarse de los
españoles. En consecuencia, junto a mi hermano Miguel Teodoro nos pusimos al
servicio de ellos como tantos otros extranjeros.
Pasaba el tiempo y Buenos Aires nos agradaba cada vez más,
nos sentíamos porteños, la gente nos quería y nosotros a ellos, disfrutábamos a
discreción las ricas comidas con carne vacuna, íbamos a las tertulias ¡cómo nos
divertíamos! Conocíamos a las damas más hermosas, entre ellas se destacaba
María, la más bella. Bailábamos el Minué y el Vals en la casa de doña Mariquita
y en otras residencias a las que éramos convidados.
Cada vez nos destacábamos más por nuestras habilidades
navales ¡los valientes hermanos Spiro, siempre al frente! Por esos méritos un
buen día fui nombrado Patrón de un Bote de Estado. ¡Qué gran satisfacción y
orgullo sentí ese día! Estaba seguro de que me lo merecía. Mi función era
controlar el río de La Plata para evitar el ingreso de la escuadrilla realista
de Montevideo. Miguel también era Patrón de otro Bote. Y eso no fue todo,
nuestro ascenso continuaba. Al poco tiempo, a ambos, por las grandes proezas
demostradas capturando balandras y faluchos realistas, el Capitán de Puerto
Martín Jacobo Thompson propuso darnos de alta como oficiales de la armada
revolucionaria, otorgándonos a cada uno el grado de Subteniente de Marina. Nos
entregaron dos de las unidades apresadas. A mí me correspondió una balandra a
la que denominaron Nuestra Señora del Carmen, que pasó a formar parte de
Escuadra de las Provincias Unidas del Río de La Plata. La arreglé con mucho
empeño y la convertí en una completa unidad de combate, dispuesta a zarpar en
cualquier momento.
Como oficial tenía más y más responsabilidades, pero sentía
que la independencia se acercaba, imaginaba ese momento y estaba dispuesto a
entregarlo todo por estas tierras que tanto amaba. El reconocimiento de las
autoridades a mi valor me incentivaba más aún. También amaba a María, esa
hermosa criolla de catorce años, con quien soñábamos formar una familia y tener
muchos hijos. Estábamos felices planificando nuestra boda, ya contábamos con
las venias y bendiciones. Pero volviendo a las luchas y resistencia realista,
no todo era amor y paz.
Los españoles, con el Capitán Jacinto de Romarate a la cabeza
seguían acechando y había que tomar decisiones. En eso estaba trabajando toda
la flota con el comandante de la escuadra, el teniente coronel de Marina Don
Guillermo Brown. Cuando los realistas se enteraron, enviaron refuerzos para
proteger a la isla Martín García, entonces los patriotas enfrentamos a
Romarate. La lucha fue intensa, la nave insignia Heroína al mando de Brown
quedó varada y muy dañada, fui el único comandante que quedó para protegerla
con mi balandra Carmen, las demás naves patriotas se replegaron dejándonos
solos, sin dudas, en la toma de Martín García, mi participación con la pobre
Carmen fue determinante, don Guillermo jamás se olvidó de ese hecho y agradeció
infinitamente mi lealtad del 10 de marzo de 1814. Habíamos perdido muchos
hombres en ese combate, su nave tenía grandes averías, pero eso no alteró su
espíritu de lucha, estaba acostumbrado a las contiendas del mar, era bien
aguerrido, con propósitos claros y no tenía margen para el error pues los ojos
de las autoridades estaban encima de él y eso, más lo incentivó. Sus hombres
taparon las roturas de la Heroína con cueros secos, la pintaron con brea y
quedó lista para batallar de nuevo. Recibió refuerzos de las tropas acantonadas
en Colonia del Sacramento y el 15 de marzo las fuerzas patriotas triunfaron al
desembarcar en la isla Martín García. Las noticias llegaron rápido a las
autoridades y al pueblo, todos festejaron con júbilo consagrando al irlandés, a
la armada patriota y a sus hombres de mar como indispensables para la
independencia.
Tras esta derrota realista, supimos que algunas naves españolas
se escaparon de Martín García y avanzaron contra la corriente por el río
Uruguay con una escuadra a cargo de Romarate. Por mi parte, volví a Buenos
Aires porque recibimos la orden de reorganizar una escuadrilla para perseguir
al comandante español. Además, era la fecha prevista para nuestra boda, el amor
también tenía lugar en medio de las luchas, María me esperó con todo el apronte
y muchas ilusiones, nos unimos en sagrado matrimonio, prometiéndonos cuidarnos
y amarnos para siempre. Ella estaba muy orgullosa de mis logros como oficial
marino, mi amada María Troli de Spiro estaba feliz de ser la esposa de un
griego que luchaba por la independencia de su patria criolla. La satisfacción
de mi amada esposa se notaba en sus ojos color café que brillaban de amor por
mí y por la patria.
A la semana debía salir la escuadrilla para perseguir a
Romarate y su gente. Nos miramos a los ojos con María, nuestras miradas
llegaron hasta lo más profundo de nuestros corazones, la besé y partí para
abordar a Nuestra Señora del Carmen. Me llevé su perfume de malva impregnado en
la piel como una dulce compañía.
Fuimos con seis embarcaciones comandadas por el capitán Tomás
Nother que iba a bordo de la sumaca La Santísima Trinidad. Sabíamos que
nuestras fuerzas eran inferiores a la escuadra realista, igualmente, llenos de
hombría, coraje, valor y deseos de libertad, avanzamos río arriba por el
correntoso Uruguay al encuentro del enemigo.
Romarate, ese avezado capitán realista, el mismísimo que
luchó contra las invasiones inglesas a Buenos Aires, conocedor de esas aguas
como la palma de su mano, estaba con su escuadra acoderada en la desembocadura
del Arroyo de la China[1], al avistarnos abrió fuego
contra la armada patriota al mediodía de aquel 28 de marzo de 1814. Ahí no más
le respondimos, fue una lucha en la que los dos bandos demostramos coraje y
poderío. Hubo mucho intercambio de fuego en desigualdad de condiciones. Nos
habían dicho que los realistas, aunque tenían más embarcaciones, no contaban
con suficientes municiones, pero Fernando Otorgués, el segundo de Artigas de la
Banda Oriental, inesperadamente les suministró víveres y municiones a los
españoles, independientemente de su enemistad. La Santísima Trinidad encalló y
con los bombardeos que recibió, el capitán Nother perdió la vida, sus oficiales
Smith, Hubac y Ceretti resultaron gravemente heridos, por rol de baja quedó el
compatriota griego Nicolás Jorge Kolmaniatis a cargo de nave y logró reflotarla
ayudado por el despensero Leonardo Rosales. Nosotros intentamos simular un
naufragio de la Carmen con el fin de apresar a Romarate que estaba a bordo de
su nave Belén, pero el viento nos jugó una mala pasada al agitar el río. En
medio de esa turbulencia vi que los marineros sacaban en un bote a Jacinto de
Romarate hacia la costa y los demás nos seguían acribillando de todos lados, se
intensificaba el fuego a quemarropa, qué desesperación, pero teníamos que
recuperar el Uruguay.
Entre el agua ajetreada que nos levantaba a su antojo y la
balacera del enemigo, tuve que tomar una decisión para impedir que Nuestra
Señora del Carmen sea capturada por los españoles y que se queden con nuestro
importante polvorín, por consiguiente, ordené a mi tripulación desembarcar y
tiré una mecha en la santabárbara para que vuele la nave, calculando el tiempo
que demoraba en desembarcarme, llegar a la orilla y un poco más. Cuando llegué
a la costa, alguien me preguntó por la bitácora secreta, volví a buscarla
rápidamente.
Cuando abordé la nave, estalló la santabárbara. De este modo
dejé mi vida en el Combate del Arroyo de la China. Aunque nuestra escuadrilla criolla sufrió muchas
pérdidas humanas y materiales, cumplimos la misión de aislar al decidido
Romarate, para que no avance por el Uruguay.
Sé que no fue en vano, pasé a la eternidad y a los bronces
como un héroe naval. El almirante Brown reconoció mi entrega a la causa
patriota, mi apellido está en varias calles, en aulas, la Armada Argentina
perpetúa mi valentía, en 1938 bautizó con mi nombre a un rastreador que luego
pasó a prefectura. Y sigo custodiando eternamente a estas aguas de mi segunda
patria: al río, desde Concepción del Uruguay, allí, donde quedó mi cuerpo y
derramé mi sangre griega, declararon al sitio Lugar Histórico Nacional, cerca
erigieron un monolito y entronizaron Nuestra Señora del Mar Stella Marys, en
honor de quienes defendimos el Arroyo de la China ; y al mar, a bordo de la
corbeta A.R.A. “Spiro”, incorporada a la Armada Argentina en 1987, allí mi
espíritu surca los mares del mundo, acompañando a la valiente muchachada de la
armada en las misiones más difíciles y arriesgadas, pero siempre rápido y
bien.
Y mi bien amada María, mi joven esposa, aquella destacada
dama patricia, gracias al Capitán de Puertos Martín Jacobo Thomson que la ayudó
a tramitar la pensión, recibió ocho monedas de oro mensuales por el mérito de
ser mi viuda y amar a este marino que luchó desde el agua por la independencia.
Fin
Otra forma de terminar este cuento es introduciendo un
narrador en tercera persona a partir de la muerte del protagonista:
Cuando el Subteniente Spiro abordó la nave, estalló la
santabárbara. Voló por el aire dejando su cuerpo, su sangre y alma en el
Combate del Arroyo de la China. Aunque la escuadrilla criolla sufrió muchas
pérdidas humanas y materiales, cumplieron con la misión de aislar al decidido
Romarate, para que no avance por el Uruguay.
La lucha de Spiro no fue en vano, pasó a la eternidad y a los
bronces como un héroe naval. El almirante Brown reconoció su entrega a la causa
patriota, su nombre está en varias calles, en aulas y la Armada Argentina
perpetúa su valentía, en 1938 bautizó con su nombre a un rastreador que luego
pasó a prefectura. Y sigue custodiando eternamente a las aguas de su segunda
patria: al río, desde Concepción del Uruguay, allí, donde quedó su cuerpo y su
alma en el lecho del arroyo, declararon
al sitio Lugar Histórico Nacional, cerca erigieron un monolito y entronizaron
Nuestra Señora del Mar Stella Marys, en honor de quienes defendieron al Arroyo
de la China ; y al mar, a bordo de la corbeta A.R.A. “Spiro”, incorporada a la
Armada Argentina en 1987, allí su espíritu surca los mares del mundo,
acompañando a la valiente muchachada de la armada en las misiones más difíciles
y arriesgadas, pero siempre rápido y bien.
Y su bien amada María, su joven esposa, aquella destacada
dama patricia, gracias al Capitán de Puertos Martín Jacobo Thomson que la ayudó
a tramitar la pensión, recibió ocho monedas de oro mensuales por el mérito de
ser la viuda de Spiro y amar a ese marino que luchó desde el agua por la
independencia.
[1] El
Arroyo de la China es un afluente del Río Uruguay, que en ese lugar se
encuentra con el riacho Itapé. Estos cursos de agua están situados al sur de la
actual ciudad de Concepción del Uruguay, la cual ya existía en aquel entonces
como Villa del Arroyo de la China.

