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Chajarí, Entre Ríos, Argentina

sábado, 18 de octubre de 2025

Braiton

 

Braiton

Braiton iba al colegio con sus compañeros de toda la vida, compartían las más desopilantes aventuras mientras crecían, siempre se acompañaban en las buenas y en las malas. En los últimos años de secundaria cada uno iba definiendo su perfil y los líderes del grupo daban por sentado que todos estaban de acuerdo en seguirlos en sus conductas. En esa oportunidad estaban juntando lo necesario para la gran fiesta de las agrupaciones estudiantiles de los distintos colegios de la ciudad, que incluía una previa independiente de cada curso en la casa de alguien.

Braiton, por su parte acompañaba como todos los demás, aportaba el dinero para la fiesta, pero había un tema que lo preocupaba mucho, y no quería conversarlo en el grupo por temor a que lo discriminen. Tampoco se animaba a hablarlo con su familia. Llegaba del colegio a su casa muy abrumado con su preocupación, hacía rápido las tareas, leía algo para el otro día, se reunía por algunos compañeros para hacer trabajos escolares, iba al gimnasio, siempre con esa inquietud que lo asediaba. Braiton era abstemio y no se lo quería decir a sus compañeros, a quienes no se les ocurría pensar que podría existir un chico que no tomaba bebidas alcohólicas. Ese grupo había cancelado a Ayelén, una compañera nueva que, con toda personalidad y la mejor onda, les agradeció la invitación a sus reuniones y les dijo que no le ofrezcan más bebidas con alcohol porque decidió no consumirlas, les aclaró que los acompañaba, les respetaba sus hábitos y pidió que respeten los de ella. Como ese fue el motivo de discriminación, el chico decidió callar su situación.

Llegó el gran día de la fiesta, los chicos concurrieron a la previa en una casa donde habían acopiado gran cantidad de bebidas y algo de comida, allí cantaron, bailaron disfrutaron, cuando no quedó nada del acopio, se fueron al club donde se realizaba la gran fiesta de las agrupaciones con los otros colegios. Eso fue lo que contaron algunos, ya que Braiton no recordaba nada de esa noche, sabía que fue, que varios compañeros le pasaron vasos con cocteles que tenían en un bidón y nada más, porque despertó dos días después en el hospital.

Braiton, también cancelado, terminó siendo muy amigo de Ayelén, juntos analizaban y estudiaban por qué la sociedad permitía que no se cumpla con la ley de venta de bebidas alcohólicas a menores y por qué sus compañeros no podían entender que beber no era la única forma de divertirse.

El tiempo pasaba y cada vez eran más grandes los inconvenientes que les acarreaban los consumos problemáticos a los chicos de ese curso, de modo que, a fin de año, era más numeroso el grupo de Ayelén y Braiton que el otro, o mejor dicho ya no había dos grupos antagónicos, porque la sobriedad del grupo mayoritario acompañaba y contenía a los demás. Este dúo de valientes estaba muy emocionado por inspirar a los chicos, por ayudarlos a comprender el valor de respetar las decisiones individuales, sin proponérselo lograron promover una cultura más inclusiva y consciente, desafiando las normas sociales establecidas. 

Una Comadreja mora en la Nueva Santa Ana

 

Una comadreja mora en la Nueva Santa Ana

Entre los años mil novecientos setenta y nueve y mil novecientos ochenta estábamos de estreno en Santa Ana, lo común era que la gente estrene ropa, autos, novio o novia también, pero los de Santa Ana éramos muy originales, estrenábamos nada más ni nada menos que un pueblo nuevo. Habían construido la Represa de Salto Grande en el Río Uruguay y con esa obra se formó el Lago de Salto Grande. En el lugar que ocupó el lago, estaba la mitad de nuestro pueblo: Santa Ana. También inundó a la ciudad de Federación y dos localidades más del lado uruguayo. Entonces tuvieron que hacer el pueblo nuevo en una parte más alta donde no llegaba el agua, por eso estrenamos pueblo, no éramos nuevos nosotros en el pueblo, sino que el pueblo era el nuevo, y de a poco, todos, tanto los humanos como los animales y vegetales, nos tuvimos que adaptar a la nueva situación.

Llevábamos unos ocho meses en el nuevo lugar, qué tranquilas vivían mis cuarenta gallinas con dos gallos que las cuidaban desde cada esquina. Tenía coloradas, legas, batarazas, copetonas, polacas y pericas entre otras razas, me gustaba mucho intercambiar huevos para tener variedad. De mañana comían verdeos y lombrices, luego unos ricos maíces ante mi llamado: ¡Pi, pi, piiii! ¡Prrrr! y acudían todas a llenar sus buches. A la siesta ponían huevos, hasta treinta por día recogía en época de postura y con buena pastura. Después menguaba, pero nunca sin huevos me quedaba, aunque sea para el consumo alcanzaba. A la tardecita iban todas puntuales a dormir al gallinero, ninguna se atrevía a pasar la noche afuera, esa era la ley de mi gallinero, y siempre se cumplía, por amplia mayoría. Cuando estaban todas en su lugar, trancaba bien la puerta para que nadie pueda molestar y menos escapar. Todos dormían en paz y armonía hasta el otro día.

Pero esa madrugada de enero, algo extraño sucedió en el gallinero. Se escuchó un gran alboroto, tal vez el tejido alguien había roto o desde afuera cavaron en la tierra un agujero... Me levanté cuando escuché, pero no vi a nadie.

Al otro día en un baldío, encontré dos cuerpos sin latidos, una copetona y una lega de las más lindas. Un ladrón no era, se las hubiera llevado. Seguro que una comadreja le comió las vísceras —pensé.

En casa tenía martillo y tenaza no más, entonces me fui a la ferretería del pueblo, compré tejido, clavos y alambre, por si había una comadreja con hambre. A reforzar la seguridad me dispuse, trabajé con ahínco todo el día, no quedó ningún agujerito, ni para que pase un pajarito.

Pasaron los días sin novedades. Hasta que otra madrugada, de nuevo hubo lío en el gallinero, alguien dejó la puerta mal cerrada. Me fui furiosa con una pala y una linterna, ahí estaba la comadreja a punto de cometer otro ataque con su segunda gallina de la noche. Ya había matado a una colorada, hermosa, era casi anaranjada, brillosa, tenía grandes muslos y ponía huevos doble yema. Ahí la dejó tirada a la pobre colorada, sentía que se me salían los ojos de sus órbitas de la bronca, la comadreja me miró, la miré, miré a mis gallinas que me miraban, miré a la comadreja, a las gallinas, la colorada del piso que también parecía que miraba porque tenía un ojo abierto. La comadreja advirtió mi enojo, se quedó paralizada.

Dejé la linterna encima de un cajón enfocándola, con decisión tomé la pala con las dos manos, calculé la distancia y la fuerza que necesitaba, estaba muy furiosa con la comadreja.

Que Dios juzgue si fue cobardía o valentía, ante tal disyuntiva, era salvar a mi gallinada, o defender a la intrusa.

Justo en ese momento, me acordé de la extinción, de la represa, del control de ratas y de la deforestación. Si no había árboles ni pájaros, la pobre bicha, se quedó sin comida, reflexioné.

Un sustito le di con una buena corrida para que aprenda la lección, sin dejarle ninguna lesión. Se ve que aprendió porque nunca más volvió y me propuse cuidar más el gallinero para seguir teniendo huevos de mi propio criadero. 

jueves, 16 de octubre de 2025

Separados por el lago


 

Separados por el lago

Los vecinitos Ani y Cefe jugaban en la casa que armaron debajo de la planta de corona de novia[1], entre sus ramas tenían latitas, muñecas, autitos, tractores, camiones, los premios sorpresa que venían con los Topolines[2] y otras cosas que ellos convertían en juguetes, tales como piezas de autos, las butacas de un viejo Jeep y los neumáticos que encontraban en el fondo de sus casas, las cuales estaban separadas por un tejido bajo que se podía cruzar fácilmente ¡Todo servía para divertirse! Cuando la casa de corona de novia se llenó de juguetes, hicieron otra en la planta de mburucuyá que estaba apoyada en el tejido divisorio. A esas mágicas salas de juegos concurrían otros amiguitos del pueblo y se armaba la gran fiesta infantil. «Dice que éramos», expresaban e imaginaban las historias más desopilantes: las niñas eran reinas con las flores blancas en la cabeza, otros eran fruteros y clientes que vendían naranjas, un grupo servía el té o tomaba mates, algunos amasaban con arena, los amigos de los animales jugaban con los perros Batuque y Corbata, los más grandes comían dátiles caídos de la palmera que había en el patio, los negociantes salían por el barrio a vender los deliciosos mburucuyás, los más veloces eran corredores como Reutemann, hacían rodar unas cubiertas por la vereda entre la gente que estaba sentada afuera, de ese modo disfrutaba en la década del setenta la gurisada santanaense, en aquel pequeño pueblo cercano al Río Uruguay en el norte entrerriano.

Anita y Cefe eran los gurisitos más pequeños de sus familias, ambos tenían tres hermanas mayores cada uno y les encantaba seguirlas cuando las chicas salían por el pueblo a pasear, les decían “las colitas” porque siempre andaban siguiéndolas de aquí para allá. En uno de esos paseos, a mediados del año mil novecientos setenta y ocho, las hermanas fueron a conocer unos barrios que estaban construyendo en la parte más alta del pueblo, por supuesto que los niños no se perdieron esa caminata. Cuando llegaron, quedaron muy impactados con un montón de casas todas iguales, con la curiosidad de sus cinco o seis años preguntaron «¿quiénes van a vivir en tantas casas? ¿de dónde sacarán muchas personas para llenarlas?». Sin sospechar que eran justamente ellos con todos los que vivían en la parte más baja del pueblo los que se tenían que trasladar a ese lugar. Y menos aún se podrían imaginar su vida sin la planta de corona de novia y el mburucuyá.

Ante la insistencia de las preguntas, cuando llegaron a la casa, la madre de Anita les contó a los dos que: «dentro de un tiempo en Concordia van a “atajar” el agua del río con una represa, así como hacemos cuando ustedes me ayudan a regar los tomates y para que el agua no se vaya, ponemos un montón de tierra. Bueno, lo que hacemos en la huerta es como una represa chiquita, allá va a ser grandota, va a pasar un poco de agua, pero una gran parte va a quedar, entonces el arroyo donde vamos a bañarnos se va a ensanchar, va a engordar mucho, mucho y va a llegar a nuestras casas, formando un gran lago. Y, como no somos peces, no vamos a poder vivir en el agua, por eso vamos a ir a vivir a esas casas. Todos los que vivimos desde la carnicería hasta el arroyo, nos tendremos que ir a esas casas que ustedes vieron en la parte más alta del pueblo o a otras ciudades».

― ¿Y las plantas de las casitas de jugar? ―preguntó Ceferino muy preocupado.

Vamos a llevar semillas para plantar corona de novia y mburucuyá allá. También podemos hacer una nueva planta con un gajo de coronita. Después, cuando se sequen las flores, junten semillas y guárdenlas. Y para hacer una nueva planta de mburucuyá, tendrán que guardar las semillas rojas que tiene la fruta o sea la parte que comemos. Lo que podemos hacer ahora mismo, es poner gajos en una maceta para que vayan haciendo raíz ―propuso la mamá.

― ¿Y la palmera que da dátiles y los otros árboles grandes? ―Preguntó Anita.

―Bueno, a esos no los podemos llevar, tendremos que plantar nuevos árboles allá y cuidarlos para que crezcan ―contestó resignada la mamá.

― ¿Para qué quieren plantar tantos tomates? Porque si van a atajar mucha agua es porque van a plantar un montón de tomates interrogó Cefe después de reflexionar un rato.

No mi amor, no es para plantar tomates ―le contestó la mamá de Anita― en la represa van a instalar unas grandes máquinas que se llaman turbinas, que trabajan con el movimiento del agua para “hacer electricidad”, para que anden las heladeras, para que todas las casas tengan luz, para que funcionen las máquinas de las fábricas que hacen juguetes, ropas, dulce de leche, bicicletas, pelotas, autos de verdad y todas las cosas que hacen las fábricas. Desde la represa van a mandar electricidad a toda la Argentina y al Uruguay, por eso tendremos que dejar nuestras casas e irnos. ¿Vamos a cortar unos gajos para que vaya creciendo la planta nueva?

Ante lo irremediable los gurisitos fueron con la mamá que les ayudó a cortar unos esquejes de la coronita de novia y los plantaron en una maceta con muchas ilusiones y esperanzas de llevarse al menos una planta para armar una nueva casita. También pusieron a secar unos frutos de dátiles y mburucuyá.

Los niños siguieron jugando los meses siguientes, se reunían con los amigos, disfrutaban los lugares que se inundarían: el arroyo tan playito y lindo que se podía cruzar caminando; el puente que tenía debajo esos colchones de arena blandos para enterrarse, dejando solamente la cabeza afuera; las mojarritas que se pescaban con la mano o una bolsita; la estación del ferrocarril donde pasaba el tren y el coche motor; el club; la cancha de fútbol. Cada lugar parecía más lindo y especial, como aquellos últimos caramelos de la bolsa que se está por terminar.

Llegaron las fiestas de fin de año, esa vez eran muy especiales para todos, porque además de despedir el año, se despedía al pueblo. Festejaron navidad, año nuevo, reyes, carnavales y en marzo comenzaron los traslados de las familias. Arribaron unos camiones modernos, de esos de mudanzas internacionales para movilizar a los desplazados. Los transportes se iban cargados y la gente saludaba con mucha emoción, si salían para el lado del puente que se iba a inundar, era seguro que iban a otras localidades, en cambio si se dirigían hacia el lado opuesto, se mudaban a la parte alta del pueblo. Algunas familias se fueron a Chajarí, a Concordia, a la Nueva Federación ―ciudad que también se estaba trasladando por el lago―, otros se iban a Mocoretá, a la Nueva Estación de Ferrocarril Santa Ana que la construyeron del otro lado del lago, siguiendo al nuevo tramo de la vía férrea. Varios de los chicos que venían a jugar a la casita se fueron a otras localidades, Cefe también debía irse a vivir del otro lado del lago, estaba muy triste, su casa nueva quedaba bastante aislada de todo, entonces los padres lo dejaban unos días en la casa de Anita, después volvía a su casa nueva para adaptarse, iba y venía para que no sienta tanto el desarraigo.

En la medida que la gente se iba yendo, le sacaban las aberturas, el techo y todo lo que se podía reutilizar e inmediatamente comenzaban a demoler las paredes porque tenían que dejar limpio el terreno para formar el lago. Cefe y Anita iba a ver cómo demolían la estación, el club, las casas vecinas y cómo cortaban los árboles gigantes. Anita y su familia fueron unos de los últimos en mudarse a las casas de la zona alta.

Una vez que se trasladaron, el problema era Batuque, el perro de Anita no se quería quedar en la casa nueva. La diminuta mascota de cola corta, color natural con manchitas marrones oscuras, se escabullía por donde podía y volvía a la casa vieja que estaba a punto de ser destruida, lo buscaban y volvía a irse, se escondía entre los escombros. Parecía que el perrito quería cuidar su vieja casa porque sabía que la iban a derrumbar como a las demás, insistía tanto en escaparse y volver hasta que un día fue el señor de la topadora con el perro a upas a pedir a los dueños que lo encierren para que no se escape.

Lo último que intentaron derrumbar fue el puente, lo dinamitaron con unas bombas y no lo pudieron derribar. La gente seguía pasando por el viejo y querido puente, hasta que el arroyito de a poco fue creciendo sin parar, fue ocupando espacios, se acercó al camino y lo cortó. Una mañana Cefe iba con su papá a quedarse unos días en la nueva casa de Anita y ya no pudieron cruzar, tuvieron que hacer unos veinte kilómetros más para llegar a Santa Ana. Con los días el agua formó el gran lago como lo habían previsto quienes proyectaron la Represa Hidroeléctrica de Salto Grande, la gente iba a ver cómo crecía su lago, el agua avanzaba mezclando los sentimientos de los habitantes, lo que fue y lo que iba a ser ¿qué pesaba más? Si bien el pueblo quedó casi aislado de todo porque tenían una sola salida, los habitantes pensaban unidos en el futuro, comprendiendo que la forma de salir adelante era queriendo al lugar, solo el amor por Santa Ana y a su lago los podía salvar.

En cuanto al pobre Batuque, vivió unos meses en la casa nueva, estaba muy triste. Algunas veces lo llevaron a pasear y a ver el lago, pero no recuperó más su alegría ni movía su rabito. Una siesta iba caminando por un pasillo de la casa nueva, de repente cayó para no levantarse más. Pudo haber sido porque extrañaba la vieja casa o tal vez por su edad, la cual nunca supieron porque llegó a su familia ya siendo Batuque.

Anita y Cefe plantaron sus coronitas de novia y sus mburucuyás en sus respectivas casas con muchas esperanzas de que crezcan grandes y hermosas como las plantas que devoró el gigante lago. Sus familias se solían visitar y ellos aprovechaban a jugar, era su último año sin ir a la escuela, porque al año siguiente comenzaban primer grado, en esa época en los pueblos chicos y colonias, no había jardines de infantes por eso ellos armaban esas casitas tan divertidas para jugar y aprender con muchos amigos.

Pasaron los años y la amistad entre aquellos dos niños seguía y crecía, como iba creciendo el pueblo camino a la hermosa ciudad turística en la que se convirtió Santa Ana, con los años y el esfuerzo de su gente. Cierto día Cefe fue a visitar a Ani, juntos fueron a caminar y se sorprendieron al ver que cerca de la costanera construyeron un romántico puente, no era un puente para pasar sobre un arroyo, era un mirador, un acceso, una entrada, entonces decidieron que ese puente era un símbolo de su amistad, porque les recordaba el viejo puente que quedó bajo el agua, donde habían sido tan felices jugando con toda la gurisada del pueblo. Para ellos sería el puente de la amistad y como sello de esa unión, para darle más vida y significado al lugar, plantaron unas semillas de coronitas de novia y mburucuyá en los extremos de la estructura. Las plantas prosperaron, con gran complicidad y felicidad ellos y todo el pueblo las veían crecer y florecer.

“Cuando alguien se va de un pueblo, se lleva la esperanza de regresar en cualquier momento, pero cuando el pueblo desaparece y se convierte en un lago, esa esperanza también se esfuma.

Solo agua… No hay casas, calles, árboles, arroyo, vecindad, nada que ayude a reconstruir un recuerdo de la infancia. Queda la memoria frágil, lo vivido, el amor y la amistad colgada en la réplica del puente”.

Anita y Cefe, entre la Vieja y la Nueva Santa Ana



[1] Corona de novia: Arbusto muy ramificado que da unas pequeñas flores blancas.

[2] Topolín: Marca de una golosina que venía en un sobre de papel que contenía un chupetín sabor a frutas y un juguete sorpresa.

Un tal Manu

 


En una ciudad muy popular vive el joven Manu, hijo de los Wilson, una familia muy adinerada. Tiene la casa más lujosa de la zona, los autos de la más alta gama que se fabrican, se compra todo lo que quiere. Entre tanta abundancia, parece que se han olvidado de pasarle las buenas costumbres al muchacho porque se divierte con hábitos muy malos, perjudiciales para él y la sociedad: cruza semáforos en rojo al conducir, estaciona frente a cocheras, líneas amarillas y rampas, anda a velocidades que pasan lo permitido, toca bocina frente al hospital o en horas de descanso entre otros daños.  

Cuando las autoridades de la ciudad descubren sus infracciones, lo llaman al orden.  Denuncias, testigos y cámaras de seguridad comprometen seriamente al joven. La primera vez le entregan las multas a pagar junto con una advertencia para que reflexione. Los agentes de tránsito lo invitan a pensar en las consecuencias de su conducta y le informan que en caso de reincidir no contará más con su carné. Manuel Wilson Ortiz, muy arrogante le dice al funcionario de turno «¿Cuánta querés?  Sabés que puedo pagarte muchos suelditos de los tuyos». La autoridad indignadísima, le dice que no se trata de dinero, que es necesario un cambio en él, que debe respetar la reglamentación pensada para la seguridad de las personas y una mejor vida social. De mala manera, Wilson responde: «¡Listo!  No volverá a pasar» y se marcha.

Apenas una hora más tarde el terrible Manu vuelve a cometer otra infracción. El mismo agente, ahora acompañado por dos policías y la fiscal le leen sus cargos. El infractor les dice que hagan las multas rápido que está apurado. 

― ¡No, no! ―dice la fiscal―. Esta vez no se trata solamente de pagar multas, le aplicaremos un correctivo. Deberá pagar realizando una tarea comunitaria.  

― ¿Correctivo a mí? ¿Qué les pasa, se pusieron la gorra? No saben lo que están diciendo ja,ja,ja. ¡Qué chistoso!  Correctivo ja, ja, ja ―dice Manuel sarcásticamente y a los gritos.

― ¡No estamos bromeando!  ¡Y no nos falte el respeto!  A partir de mañana tendrá que ir al hogar de niños a contarles cuentos a los chicos, estará acompañado por una asistente social ―ordena la autoridad―.

―Ja, ja. ¿Contar cuentos yo? ¿Cómo se te ocurre semejante cosa? Y con una asistente social, que los cuente ella, a lo sumo la puedo tirar en el hogar ―expresa Manuel.

El policía muy serio, le entrega un documento mediante el cual el juez le ordena que debe comprar libros infantiles e ir durante un mes a leérselos a los niños. También le advierte las consecuencias del incumplimiento de lo estipulado en la resolución. Como la cosa se puso seria, a Manu no le queda otra opción que cumplir la orden.

De mala gana va a la librería, le tira un fajo grande de dinero al librero diciéndole: «Che dame todo esto de libros para los pibes, agregale algunos para grandes también, así no me joden más, de esos que seguramente tenés por ahí en los estantes de arriba» — y le guiña un ojo. El librero selecciona profesionalmente el material haciendo caso omiso a las últimas palabras del cliente en su primera visita a la librería. Al ser una cantidad importante, lleva varias cajas llenas con los libros más hermosos y adecuados para el hogar.

Con su camioneta cargada de libros se dirige al hogar de niños. Llega y habla con la encargada:

—Traje libros, bájenlos rápido que me quiero ir enseguida.

—¡No Señor Wilson Ortiz! ―acota la encargada― obra en mi poder una copia de la resolución del señor juez, donde indica que usted tiene que bajarlos y contarles los cuentos a los chicos.

Manu, renegando baja todas las cajas. El personal del hogar acompaña al joven para que no haga ninguna de sus travesuras. Los niños mientras lo esperan ansiosos, le ofrecen ayuda, emocionados abren las cajas y comienzan a explorar esa multitud de libros nuevos, tantos, como jamás habían visto. Al notar las caritas tan felices, Manu los mira experimentando una sensación nueva, extraña en su vida despreocupada. Los reúne en un semicírculo como una vez vio que hicieron en la escuela y les comienza a leer. Lee dos cuentos, se va sin saludar. Al otro día vuelve en el horario indicado, lee dos cuentos, saluda, se va.  Al tercer día les lee tres cuentos, conversa con los chiquilines acerca de los cuentos que escucharon y se marcha satisfecho con su labor. Al cuarto día, lee cuatro cuentos y agrega unos chistes muy apropiados. De ese modo, se va produciendo una transformación en Manu, algo mágico que cada vez que viene al hogar, lo hace con más entusiasmo. Día a día disfruta más de la lectura. Cada mañana se levanta con grandes deseos de ir a contar cuentos y verles las caritas a los niños.

Cuando se cumple el mes, Manu se entristece y pide permiso para seguir yendo al hogar. Desde que asiste a ese lugar se reportan menos infracciones y la ciudad está muy tranquila.

A partir de ese hecho Manu se convierte en un ser solidario, empático, de buen comportamiento y es muy querido, porque a Manu nunca le habían contado un cuento y encuentra en la lectura algo maravilloso que transforma su vida increíblemente.

Caligramariposa


 

Abuelitos sembradores

 

Abuelitos sembradores

China y Alcides eran un matrimonio de jubilados que caminaban juntos todos los días por los alrededores de la ciudad, recorrían despacito observando los espacios verdes. Tenían hábitos alimentarios muy saludables, seguían los consejos médicos, cuidaban su pequeña huerta de dos por dos metros y les daba lástima tirar a la basura las semillas de zapallos, paltas y otros vegetales.

Un día vieron por televisión que en un país lejano dispersaban semillas de frutos desde unos aviones para que la gente tuviera alimentos.

―Viejo ¿y si hacemos lo mismo con las semillas de lo que consumimos? ― le dijo doña China entusiasmada a su esposo.

―Claro, como que si tuviéramos aviones para ir a dispersarlas ―ironizó el esposo.

―Bueno, lo haríamos caminando, tampoco tenemos tantas semillas, las nuestras se perderían desde el avión.

Se entusiasmaron con esa idea y llevaron semillas cuando salieron a caminar, pero no se animaban a sembrarlas porque, si bien había muchos sitios descuidados con pastizales altos, indudablemente tenían sus dueños y ellos no eran usurpadores, y ni siquiera querían los frutos para ellos, de modo que decidieron poner algunas semillas de zapallos y melones cerca de los alambrados de terrenos públicos. En cambio, a las semillas de tomates y morrones las depositaron cerca de un arroyo, a los carozos de paltas y de duraznos los dejaron bien alineados en el espacio entre una avenida y los extensos campos descuidados de una institución.

Ese año había llovido abundantemente y casi todo prosperó. Los abuelitos se sentían felices al ver a la gente cosechando sus frutos y por lo lindo que se estaban poniendo los duraznos y paltas para que disfruten otras generaciones.

Muchos se preguntaban quién los plantó o si habían nacido espontáneamente por acción del viento. Ellos sonreían con complicidad y cumplieron con su deseo de darle vida a sus semillas. 

Arroyo Yacaré

 

Arroyo Yacaré

 Un delgado curso de agua

atraviesa toda la ciudad

una gran reserva

que alberga biodiversidad.


El arroyo desde siempre está

el poblado se acercó a sus orillas

construyó puentes con barandillas

y lo acompañó con Repetto y Guarumba

 mientras su caudal fluye hacia el Mocoretá.


Y cuando el manto de la noche cubre su verdor

comienzan su concierto el grillo y la rana

para deleitar con su esplendor

entre reflejos de luces, estrellas y luna.

  


Flora y fauna conviven en el arroyo

no necesitan nuestros desechos

brindemos nuestro apoyo

y respetemos sus derechos.

 

Inocencia



Inocencia

Igual que su mamá, Inocencia amaba las plantas desde siempre. Planta que veía, planta que quería, así llenó su casa con los verdes más diversos, frutales, ornamentales, aromáticas, de interior, aéreas y trepadoras entre otras. De cada lugar que visitaba, traía algunas plantas, disfrutaba mucho sus colecciones, compartía e intercambiaba semillas, esquejes e hijuelos. Para su cumpleaños, todos resolvían el regalo con una planta o una maceta.

Ella nunca se había planteado el tema del origen de las especies que albergaba en su casa, hasta que en un momento de su vida empezó a escuchar conversaciones acerca de biodiversidad, restauración de flora nativa, fauna asociada y ecorregiones, eso la conmovió y comenzó a replantearse esas ideas. Luego estudió el origen de cada una de sus plantas, redujo el espacio de las exóticas sin deshacerse de ninguna.

En sus caminatas diarias por la periferia de la ciudad, prestó más atención a la flora, recogió semillas y agregó nativas como Mburucuyá, Sen del campo, Mandioca brava, Ñangapirí, Duranta, Asclepias mellodora, Ceibillo, Lantana, Tasi, Burrito, Cedrón. Limpió un espacio que tenía césped brasilero para que en su lugar nazcan especies espontáneamente. Al año siguiente la fauna disfrutaba esos espacios, desfilaban mariposas, orugas, teros, picaflores, abejorros, abejas, calandrias, cardenales, palomas, horneros y vaya a saber cuántos más. Cada vez que Inocencia salía al patio y al frente de la casa, porque también aprovechó un gran espacio que estaba entre la vereda y la calle, se sorprendía porque siempre había varios animalitos alimentándose, hasta a veces sentía como que le agradecían por haber puesto esas plantas ahí. De ese modo disfrutaba la actividad faunística de su jardín, comprendía la importancia de la biodiversidad y el cuidado del agua porque para las plantas de la región generalmente las lluvias son suficientes.

Cuando parecía que todo era felicidad y plenitud, los calores de marzo no cesaban y los casos de dengue aumentaban exponencialmente en la zona, había gente muy grave. Las autoridades pedían descacharrado, corte de pastos y uso de repelente; el pueblo pedía fumigaciones, los casos seguían aumentando. Una madrugada pasó haciendo mucho ruido el fumigador, se sintió un olor a insecticida tolerable, la gente sintió un alivio. Lo desolador fue al otro día, cuando las calles amanecieron llenas de chicharras muertas y unos cuantos picaflores también. En el jardín de Inocencia ni siquiera una hormiga se veía. Ella se preguntaba: «¿Qué habrá pasado con las mariposas? ¿Debí traer estas plantas a la ciudad? ¿Lo sucedido será parte del equilibrio?».          

Al tiempo, lentamente la actividad faunística se fue recuperando, tímidamente reaparecieron las mariposas, las que correspondían a aquel otoño que avanzaba, aquellas preguntas que se había hecho Inocencia encontraron respuesta pensando esperanzadamente que todo era parte de un ciclo y que no siempre habrá fumigaciones, si no son necesarias.


martes, 14 de octubre de 2025

Las veredas de Santa Ana

 

Las veredas de Santa Ana

Las veredas de Santa Ana

te llevan por cada esquina,

parejitas, bien trazadas,

van hasta el lago o la colina,

a la quinta, a la

costanera,

a la escuela o a la iglesia entera,

también a las termas, a la plaza o a la biblioteca,

o a un rincón sin meta cierta.

Qué placer andar por Santa Ana,

sin tropezar ni bajar la mirada,

pues la vereda nunca se acaba,

como en otras ciudades... tan cansadas.

Al sur, al norte o al poniente,

al este o rumbo al horizonte,

las veredas te conducen,

sin pedir permiso al monte.

Déjate llevar, no dudes,

sin preguntar a qué lugar,

aunque cuentes las baldosas,

y mil veces vuelvas a andar,

así de hermosas y perfectas,

son las veredas en Santa Ana

que invitan a andar y andar

por cualquier lugar.

Alana y las orugas

 




Alana y las orugas

Era la hora de la siesta. Alana, la niña, estaba sentada en el borde de la vereda de su casa, desde donde observaba a unas cuantas orugas de mariposas Monarca. Los animalitos amarillos con rayas negras comían y comían hojas, vainas y flores en la planta de Asclepias mellodora. Alana las contemplaba sorprendida porque nunca había visto tantas orugas juntas, solía ver solo una o dos. Le gustaba mirar cómo disfrutaban esa planta que ella tenía prohibido tocar por su fama de venenosa. Estaba muy impresionada al ver tanta actividad, por eso fue contenta a buscar a su mamá para mostrarle lo que estaba sucediendo.

Cuando regresó a la vereda con su mamá, se encontró con tres niños del barrio, de esos que solos son buenitos, pero cuando salen en compañía de otros, van tirando piedras, rompiendo flores y todo lo que encuentren a su alcance. Estos gurises sacaron varias orugas de la planta, se pusieron a jugar con ellas, a tirarlas lejos para ver si volvían, las lastimaron, incluso algunas dejaron de moverse.

Fue muy triste para la niña y su madre ver el desastre que hicieron en pocos minutos. Alana lloraba desconsoladamente. Ellos no entendían el motivo del llanto porque estaban acostumbrados a comportarse así; incluso, consideraban que le habían hecho un favor a la planta. Cuando la mamá advirtió esa situación, calmó a su hija y les habló a los cuatro:

“Entre todos y con mucho cuidado, vamos a llevar las oruguitas nuevamente a la planta, porque ellas necesitan seguir alimentándose para convertirse en mariposas. Alana conoce esta planta desde chiquita, la plantamos juntas y es la favorita de unas mariposas anaranjadas con negro y pintitas blancas; el nombre de esas hermosas mariposas es Monarca del sur. Ellas depositan sus huevos en esta planta. Luego de unos días nacen estas orugas que se alimentan de la misma planta, por eso la mariposa mamá elige este lugar para poner sus huevitos. Es cierto que la dejan casi sin hojas por unos días, pero la planta brota nuevamente y se llena de hojas y flores. Cuando las orugas alcanzan el tamaño que tienen estas que ustedes sacaron recién, o un poquito más grande, se van de la planta. Buscan un lugar tranquilo, se cuelgan con una unión de seda que ellas mismas fabrican, quedando con la cabeza para abajo, haciendo una curva, formando una jota. Así quedan quietas unas horas, o un día. Seguidamente, hacen unos movimientos, su piel se desprende y se convierten en una hermosa crisálida o pupa verde. Después de unos días, de esa crisálida, sale la mariposa, seca sus alas y se echa a volar.

¡Es muy emocionante verlas nacer, secar las alitas y volar por primera vez, es mágico! Cuando eso suceda, los voy a llamar para que vean. Por eso no debemos destruirlas: las mariposas forman parte del equilibrio de la naturaleza».

Los chicos quedaron sorprendidos, pidieron disculpas a la niña con mucha vergüenza.

Al día siguiente, uno de los niños fue con su mamá a pedir semillas. La madre de Alana le regaló con alegría un esqueje y unas semillas de esas que vuelan con un algodoncillo blanco. Les explicó los cuidados que requería la especie y les pidió que no les hagan daño a las orugas. También les contó que a veces, otros animalitos pueden comerlas, pero eso es parte de la naturaleza.

Nunca más se vio a estos niños tirando piedras ni destruyendo cosas por el barrio. Jugaban, exploraban, observaban, aprendían en paz y tenían su propia plantita, a la que simplemente admiraban como lo hacía Alana. 


















viernes, 18 de octubre de 2024

Las amasaditas

 

Amasaditas de Santa Ana: son unas tortas que hacíamos con mamá y mis hermanas cuando éramos niñas. Su aroma convocante, invitaba a las vecinas a compartir a la hora del mate. En esa época, en la que nada nos hacía mal, las freíamos. Ahora, las horneamos.

Ingredientes:

-1 taza de harina común

-1 taza de harina leudante

-½ media taza de azúcar 

-1 pizquita de bicarbonato

-1 huevo

-jugo y cáscara rallada de 1 mandarina

-1 cucharada de anís en grano

-1 cucharada de materia grasa y la cantidad necesaria de leche.

Procedimiento: formar una masa, amasarla enérgicamente durante 5 minutos, estirar con palo y cortar rombos. Hornearlas durante 20 minutos a 180 grados. También se pueden hacer fritas.