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Chajarí, Entre Ríos, Argentina

sábado, 18 de octubre de 2025

Spiro, guardián eterno del mar

 

Foto tomada de Gaceta Marinera

Spiro, guardián eterno del mar

Jamás la balandra Nuestra Señora del Carmen

volverá a manos de Jacinto de Romarate

Mi nombre traducido al español es Pedro Samuel Spiro. Nací hacia fines del siglo XVIII junto al Mar Egeo en la hermosa isla griega de Hidra, un pequeño terruño lleno de misterios y secretos entre sus montañas rocosas. Los hidriotas nos convertimos en una de las grandes potencias navales, desde muy jóvenes nos formábamos como los mejores marinos, dotándonos de coraje, valor y experiencia bajo la tradicional protección de Neptuno. Y, paradójicamente, aunque éramos los más capacitados y reconocidos del mundo, no gozábamos de libertad porque desde hacía siglos estábamos bajo la opresión del imperio otomano.

Con mis hermanos, siendo unos veinteañeros muy emprendedores, decidimos buscar oportunidades en otros destinos, dejando con dolor nuestra tierra natal. Después de una travesía llena de peripecias y aventuras muy emocionantes de las que salimos victoriosos, el 12 de julio de 1810 llegamos a Buenos Aires, entonces capital del Virreinato del Río de La Plata. Al arribar, nuestra mayor riqueza eran los conocimientos, las esperanzas y los deseos de abrazar el futuro. Nos recibieron muy bien, hicimos muchos amigos y pronto nos identificamos con las ideas de la Revolución. La causa nos conmovió y la hicimos nuestra porque desde niños aprendimos que Grecia también debía independizarse de los otomanos y estábamos convencidos que era lo mejor, por eso apoyamos a los criollos en sus aspiraciones de independizarse de los españoles. En consecuencia, junto a mi hermano Miguel Teodoro nos pusimos al servicio de ellos como tantos otros extranjeros.

Pasaba el tiempo y Buenos Aires nos agradaba cada vez más, nos sentíamos porteños, la gente nos quería y nosotros a ellos, disfrutábamos a discreción las ricas comidas con carne vacuna, íbamos a las tertulias ¡cómo nos divertíamos! Conocíamos a las damas más hermosas, entre ellas se destacaba María, la más bella. Bailábamos el Minué y el Vals en la casa de doña Mariquita y en otras residencias a las que éramos convidados.

Cada vez nos destacábamos más por nuestras habilidades navales ¡los valientes hermanos Spiro, siempre al frente! Por esos méritos un buen día fui nombrado Patrón de un Bote de Estado. ¡Qué gran satisfacción y orgullo sentí ese día! Estaba seguro de que me lo merecía. Mi función era controlar el río de La Plata para evitar el ingreso de la escuadrilla realista de Montevideo. Miguel también era Patrón de otro Bote. Y eso no fue todo, nuestro ascenso continuaba. Al poco tiempo, a ambos, por las grandes proezas demostradas capturando balandras y faluchos realistas, el Capitán de Puerto Martín Jacobo Thompson propuso darnos de alta como oficiales de la armada revolucionaria, otorgándonos a cada uno el grado de Subteniente de Marina. Nos entregaron dos de las unidades apresadas. A mí me correspondió una balandra a la que denominaron Nuestra Señora del Carmen, que pasó a formar parte de Escuadra de las Provincias Unidas del Río de La Plata. La arreglé con mucho empeño y la convertí en una completa unidad de combate, dispuesta a zarpar en cualquier momento.

Como oficial tenía más y más responsabilidades, pero sentía que la independencia se acercaba, imaginaba ese momento y estaba dispuesto a entregarlo todo por estas tierras que tanto amaba. El reconocimiento de las autoridades a mi valor me incentivaba más aún. También amaba a María, esa hermosa criolla de catorce años, con quien soñábamos formar una familia y tener muchos hijos. Estábamos felices planificando nuestra boda, ya contábamos con las venias y bendiciones. Pero volviendo a las luchas y resistencia realista, no todo era amor y paz.

Los españoles, con el Capitán Jacinto de Romarate a la cabeza seguían acechando y había que tomar decisiones. En eso estaba trabajando toda la flota con el comandante de la escuadra, el teniente coronel de Marina Don Guillermo Brown. Cuando los realistas se enteraron, enviaron refuerzos para proteger a la isla Martín García, entonces los patriotas enfrentamos a Romarate. La lucha fue intensa, la nave insignia Heroína al mando de Brown quedó varada y muy dañada, fui el único comandante que quedó para protegerla con mi balandra Carmen, las demás naves patriotas se replegaron dejándonos solos, sin dudas, en la toma de Martín García, mi participación con la pobre Carmen fue determinante, don Guillermo jamás se olvidó de ese hecho y agradeció infinitamente mi lealtad del 10 de marzo de 1814. Habíamos perdido muchos hombres en ese combate, su nave tenía grandes averías, pero eso no alteró su espíritu de lucha, estaba acostumbrado a las contiendas del mar, era bien aguerrido, con propósitos claros y no tenía margen para el error pues los ojos de las autoridades estaban encima de él y eso, más lo incentivó. Sus hombres taparon las roturas de la Heroína con cueros secos, la pintaron con brea y quedó lista para batallar de nuevo. Recibió refuerzos de las tropas acantonadas en Colonia del Sacramento y el 15 de marzo las fuerzas patriotas triunfaron al desembarcar en la isla Martín García. Las noticias llegaron rápido a las autoridades y al pueblo, todos festejaron con júbilo consagrando al irlandés, a la armada patriota y a sus hombres de mar como indispensables para la independencia. 

Tras esta derrota realista, supimos que algunas naves españolas se escaparon de Martín García y avanzaron contra la corriente por el río Uruguay con una escuadra a cargo de Romarate. Por mi parte, volví a Buenos Aires porque recibimos la orden de reorganizar una escuadrilla para perseguir al comandante español. Además, era la fecha prevista para nuestra boda, el amor también tenía lugar en medio de las luchas, María me esperó con todo el apronte y muchas ilusiones, nos unimos en sagrado matrimonio, prometiéndonos cuidarnos y amarnos para siempre. Ella estaba muy orgullosa de mis logros como oficial marino, mi amada María Troli de Spiro estaba feliz de ser la esposa de un griego que luchaba por la independencia de su patria criolla. La satisfacción de mi amada esposa se notaba en sus ojos color café que brillaban de amor por mí y por la patria.

A la semana debía salir la escuadrilla para perseguir a Romarate y su gente. Nos miramos a los ojos con María, nuestras miradas llegaron hasta lo más profundo de nuestros corazones, la besé y partí para abordar a Nuestra Señora del Carmen. Me llevé su perfume de malva impregnado en la piel como una dulce compañía.

Fuimos con seis embarcaciones comandadas por el capitán Tomás Nother que iba a bordo de la sumaca La Santísima Trinidad. Sabíamos que nuestras fuerzas eran inferiores a la escuadra realista, igualmente, llenos de hombría, coraje, valor y deseos de libertad, avanzamos río arriba por el correntoso Uruguay al encuentro del enemigo.

Romarate, ese avezado capitán realista, el mismísimo que luchó contra las invasiones inglesas a Buenos Aires, conocedor de esas aguas como la palma de su mano, estaba con su escuadra acoderada en la desembocadura del Arroyo de la China[1], al avistarnos abrió fuego contra la armada patriota al mediodía de aquel 28 de marzo de 1814. Ahí no más le respondimos, fue una lucha en la que los dos bandos demostramos coraje y poderío. Hubo mucho intercambio de fuego en desigualdad de condiciones. Nos habían dicho que los realistas, aunque tenían más embarcaciones, no contaban con suficientes municiones, pero Fernando Otorgués, el segundo de Artigas de la Banda Oriental, inesperadamente les suministró víveres y municiones a los españoles, independientemente de su enemistad. La Santísima Trinidad encalló y con los bombardeos que recibió, el capitán Nother perdió la vida, sus oficiales Smith, Hubac y Ceretti resultaron gravemente heridos, por rol de baja quedó el compatriota griego Nicolás Jorge Kolmaniatis a cargo de nave y logró reflotarla ayudado por el despensero Leonardo Rosales. Nosotros intentamos simular un naufragio de la Carmen con el fin de apresar a Romarate que estaba a bordo de su nave Belén, pero el viento nos jugó una mala pasada al agitar el río. En medio de esa turbulencia vi que los marineros sacaban en un bote a Jacinto de Romarate hacia la costa y los demás nos seguían acribillando de todos lados, se intensificaba el fuego a quemarropa, qué desesperación, pero teníamos que recuperar el Uruguay.

Entre el agua ajetreada que nos levantaba a su antojo y la balacera del enemigo, tuve que tomar una decisión para impedir que Nuestra Señora del Carmen sea capturada por los españoles y que se queden con nuestro importante polvorín, por consiguiente, ordené a mi tripulación desembarcar y tiré una mecha en la santabárbara para que vuele la nave, calculando el tiempo que demoraba en desembarcarme, llegar a la orilla y un poco más. Cuando llegué a la costa, alguien me preguntó por la bitácora secreta, volví a buscarla rápidamente.

Cuando abordé la nave, estalló la santabárbara. De este modo dejé mi vida en el Combate del Arroyo de la China. Aunque nuestra escuadrilla criolla sufrió muchas pérdidas humanas y materiales, cumplimos la misión de aislar al decidido Romarate, para que no avance por el Uruguay.

Sé que no fue en vano, pasé a la eternidad y a los bronces como un héroe naval. El almirante Brown reconoció mi entrega a la causa patriota, mi apellido está en varias calles, en aulas, la Armada Argentina perpetúa mi valentía, en 1938 bautizó con mi nombre a un rastreador que luego pasó a prefectura. Y sigo custodiando eternamente a estas aguas de mi segunda patria: al río, desde Concepción del Uruguay, allí, donde quedó mi cuerpo y derramé mi sangre griega, declararon al sitio Lugar Histórico Nacional, cerca erigieron un monolito y entronizaron Nuestra Señora del Mar Stella Marys, en honor de quienes defendimos el Arroyo de la China ; y al mar, a bordo de la corbeta A.R.A. “Spiro”, incorporada a la Armada Argentina en 1987, allí mi espíritu surca los mares del mundo, acompañando a la valiente muchachada de la armada en las misiones más difíciles y arriesgadas, pero siempre rápido y bien.

Y mi bien amada María, mi joven esposa, aquella destacada dama patricia, gracias al Capitán de Puertos Martín Jacobo Thomson que la ayudó a tramitar la pensión, recibió ocho monedas de oro mensuales por el mérito de ser mi viuda y amar a este marino que luchó desde el agua por la independencia. Fin

Otra forma de terminar este cuento es introduciendo un narrador en tercera persona a partir de la muerte del protagonista:

Cuando el Subteniente Spiro abordó la nave, estalló la santabárbara. Voló por el aire dejando su cuerpo, su sangre y alma en el Combate del Arroyo de la China. Aunque la escuadrilla criolla sufrió muchas pérdidas humanas y materiales, cumplieron con la misión de aislar al decidido Romarate, para que no avance por el Uruguay.

La lucha de Spiro no fue en vano, pasó a la eternidad y a los bronces como un héroe naval. El almirante Brown reconoció su entrega a la causa patriota, su nombre está en varias calles, en aulas y la Armada Argentina perpetúa su valentía, en 1938 bautizó con su nombre a un rastreador que luego pasó a prefectura. Y sigue custodiando eternamente a las aguas de su segunda patria: al río, desde Concepción del Uruguay, allí, donde quedó su cuerpo y su alma en el  lecho del arroyo, declararon al sitio Lugar Histórico Nacional, cerca erigieron un monolito y entronizaron Nuestra Señora del Mar Stella Marys, en honor de quienes defendieron al Arroyo de la China ; y al mar, a bordo de la corbeta A.R.A. “Spiro”, incorporada a la Armada Argentina en 1987, allí su espíritu surca los mares del mundo, acompañando a la valiente muchachada de la armada en las misiones más difíciles y arriesgadas, pero siempre rápido y bien.

Y su bien amada María, su joven esposa, aquella destacada dama patricia, gracias al Capitán de Puertos Martín Jacobo Thomson que la ayudó a tramitar la pensión, recibió ocho monedas de oro mensuales por el mérito de ser la viuda de Spiro y amar a ese marino que luchó desde el agua por la independencia.



[1] El Arroyo de la China es un afluente del Río Uruguay, que en ese lugar se encuentra con el riacho Itapé. Estos cursos de agua están situados al sur de la actual ciudad de Concepción del Uruguay, la cual ya existía en aquel entonces como Villa del Arroyo de la China.

Braiton

 

Braiton

Braiton iba al colegio con sus compañeros de toda la vida, compartían las más desopilantes aventuras mientras crecían, siempre se acompañaban en las buenas y en las malas. En los últimos años de secundaria cada uno iba definiendo su perfil y los líderes del grupo daban por sentado que todos estaban de acuerdo en seguirlos en sus conductas. En esa oportunidad estaban juntando lo necesario para la gran fiesta de las agrupaciones estudiantiles de los distintos colegios de la ciudad, que incluía una previa independiente de cada curso en la casa de alguien.

Braiton, por su parte acompañaba como todos los demás, aportaba el dinero para la fiesta, pero había un tema que lo preocupaba mucho, y no quería conversarlo en el grupo por temor a que lo discriminen. Tampoco se animaba a hablarlo con su familia. Llegaba del colegio a su casa muy abrumado con su preocupación, hacía rápido las tareas, leía algo para el otro día, se reunía por algunos compañeros para hacer trabajos escolares, iba al gimnasio, siempre con esa inquietud que lo asediaba. Braiton era abstemio y no se lo quería decir a sus compañeros, a quienes no se les ocurría pensar que podría existir un chico que no tomaba bebidas alcohólicas. Ese grupo había cancelado a Ayelén, una compañera nueva que, con toda personalidad y la mejor onda, les agradeció la invitación a sus reuniones y les dijo que no le ofrezcan más bebidas con alcohol porque decidió no consumirlas, les aclaró que los acompañaba, les respetaba sus hábitos y pidió que respeten los de ella. Como ese fue el motivo de discriminación, el chico decidió callar su situación.

Llegó el gran día de la fiesta, los chicos concurrieron a la previa en una casa donde habían acopiado gran cantidad de bebidas y algo de comida, allí cantaron, bailaron disfrutaron, cuando no quedó nada del acopio, se fueron al club donde se realizaba la gran fiesta de las agrupaciones con los otros colegios. Eso fue lo que contaron algunos, ya que Braiton no recordaba nada de esa noche, sabía que fue, que varios compañeros le pasaron vasos con cocteles que tenían en un bidón y nada más, porque despertó dos días después en el hospital.

Braiton, también cancelado, terminó siendo muy amigo de Ayelén, juntos analizaban y estudiaban por qué la sociedad permitía que no se cumpla con la ley de venta de bebidas alcohólicas a menores y por qué sus compañeros no podían entender que beber no era la única forma de divertirse.

El tiempo pasaba y cada vez eran más grandes los inconvenientes que les acarreaban los consumos problemáticos a los chicos de ese curso, de modo que, a fin de año, era más numeroso el grupo de Ayelén y Braiton que el otro, o mejor dicho ya no había dos grupos antagónicos, porque la sobriedad del grupo mayoritario acompañaba y contenía a los demás. Este dúo de valientes estaba muy emocionado por inspirar a los chicos, por ayudarlos a comprender el valor de respetar las decisiones individuales, sin proponérselo lograron promover una cultura más inclusiva y consciente, desafiando las normas sociales establecidas. 

Una Comadreja mora en la Nueva Santa Ana

 

Una comadreja mora en la Nueva Santa Ana

Entre los años mil novecientos setenta y nueve y mil novecientos ochenta estábamos de estreno en Santa Ana, lo común era que la gente estrene ropa, autos, novio o novia también, pero los de Santa Ana éramos muy originales, estrenábamos nada más ni nada menos que un pueblo nuevo. Habían construido la Represa de Salto Grande en el Río Uruguay y con esa obra se formó el Lago de Salto Grande. En el lugar que ocupó el lago, estaba la mitad de nuestro pueblo: Santa Ana. También inundó a la ciudad de Federación y dos localidades más del lado uruguayo. Entonces tuvieron que hacer el pueblo nuevo en una parte más alta donde no llegaba el agua, por eso estrenamos pueblo, no éramos nuevos nosotros en el pueblo, sino que el pueblo era el nuevo, y de a poco, todos, tanto los humanos como los animales y vegetales, nos tuvimos que adaptar a la nueva situación.

Llevábamos unos ocho meses en el nuevo lugar, qué tranquilas vivían mis cuarenta gallinas con dos gallos que las cuidaban desde cada esquina. Tenía coloradas, legas, batarazas, copetonas, polacas y pericas entre otras razas, me gustaba mucho intercambiar huevos para tener variedad. De mañana comían verdeos y lombrices, luego unos ricos maíces ante mi llamado: ¡Pi, pi, piiii! ¡Prrrr! y acudían todas a llenar sus buches. A la siesta ponían huevos, hasta treinta por día recogía en época de postura y con buena pastura. Después menguaba, pero nunca sin huevos me quedaba, aunque sea para el consumo alcanzaba. A la tardecita iban todas puntuales a dormir al gallinero, ninguna se atrevía a pasar la noche afuera, esa era la ley de mi gallinero, y siempre se cumplía, por amplia mayoría. Cuando estaban todas en su lugar, trancaba bien la puerta para que nadie pueda molestar y menos escapar. Todos dormían en paz y armonía hasta el otro día.

Pero esa madrugada de enero, algo extraño sucedió en el gallinero. Se escuchó un gran alboroto, tal vez el tejido alguien había roto o desde afuera cavaron en la tierra un agujero... Me levanté cuando escuché, pero no vi a nadie.

Al otro día en un baldío, encontré dos cuerpos sin latidos, una copetona y una lega de las más lindas. Un ladrón no era, se las hubiera llevado. Seguro que una comadreja le comió las vísceras —pensé.

En casa tenía martillo y tenaza no más, entonces me fui a la ferretería del pueblo, compré tejido, clavos y alambre, por si había una comadreja con hambre. A reforzar la seguridad me dispuse, trabajé con ahínco todo el día, no quedó ningún agujerito, ni para que pase un pajarito.

Pasaron los días sin novedades. Hasta que otra madrugada, de nuevo hubo lío en el gallinero, alguien dejó la puerta mal cerrada. Me fui furiosa con una pala y una linterna, ahí estaba la comadreja a punto de cometer otro ataque con su segunda gallina de la noche. Ya había matado a una colorada, hermosa, era casi anaranjada, brillosa, tenía grandes muslos y ponía huevos doble yema. Ahí la dejó tirada a la pobre colorada, sentía que se me salían los ojos de sus órbitas de la bronca, la comadreja me miró, la miré, miré a mis gallinas que me miraban, miré a la comadreja, a las gallinas, la colorada del piso que también parecía que miraba porque tenía un ojo abierto. La comadreja advirtió mi enojo, se quedó paralizada.

Dejé la linterna encima de un cajón enfocándola, con decisión tomé la pala con las dos manos, calculé la distancia y la fuerza que necesitaba, estaba muy furiosa con la comadreja.

Que Dios juzgue si fue cobardía o valentía, ante tal disyuntiva, era salvar a mi gallinada, o defender a la intrusa.

Justo en ese momento, me acordé de la extinción, de la represa, del control de ratas y de la deforestación. Si no había árboles ni pájaros, la pobre bicha, se quedó sin comida, reflexioné.

Un sustito le di con una buena corrida para que aprenda la lección, sin dejarle ninguna lesión. Se ve que aprendió porque nunca más volvió y me propuse cuidar más el gallinero para seguir teniendo huevos de mi propio criadero. 

jueves, 16 de octubre de 2025

Separados por el lago


 

Separados por el lago

Los vecinitos Ani y Cefe jugaban en la casa que armaron debajo de la planta de corona de novia[1], entre sus ramas tenían latitas, muñecas, autitos, tractores, camiones, los premios sorpresa que venían con los Topolines[2] y otras cosas que ellos convertían en juguetes, tales como piezas de autos, las butacas de un viejo Jeep y los neumáticos que encontraban en el fondo de sus casas, las cuales estaban separadas por un tejido bajo que se podía cruzar fácilmente ¡Todo servía para divertirse! Cuando la casa de corona de novia se llenó de juguetes, hicieron otra en la planta de mburucuyá que estaba apoyada en el tejido divisorio. A esas mágicas salas de juegos concurrían otros amiguitos del pueblo y se armaba la gran fiesta infantil. «Dice que éramos», expresaban e imaginaban las historias más desopilantes: las niñas eran reinas con las flores blancas en la cabeza, otros eran fruteros y clientes que vendían naranjas, un grupo servía el té o tomaba mates, algunos amasaban con arena, los amigos de los animales jugaban con los perros Batuque y Corbata, los más grandes comían dátiles caídos de la palmera que había en el patio, los negociantes salían por el barrio a vender los deliciosos mburucuyás, los más veloces eran corredores como Reutemann, hacían rodar unas cubiertas por la vereda entre la gente que estaba sentada afuera, de ese modo disfrutaba en la década del setenta la gurisada santanaense, en aquel pequeño pueblo cercano al Río Uruguay en el norte entrerriano.

Anita y Cefe eran los gurisitos más pequeños de sus familias, ambos tenían tres hermanas mayores cada uno y les encantaba seguirlas cuando las chicas salían por el pueblo a pasear, les decían “las colitas” porque siempre andaban siguiéndolas de aquí para allá. En uno de esos paseos, a mediados del año mil novecientos setenta y ocho, las hermanas fueron a conocer unos barrios que estaban construyendo en la parte más alta del pueblo, por supuesto que los niños no se perdieron esa caminata. Cuando llegaron, quedaron muy impactados con un montón de casas todas iguales, con la curiosidad de sus cinco o seis años preguntaron «¿quiénes van a vivir en tantas casas? ¿de dónde sacarán muchas personas para llenarlas?». Sin sospechar que eran justamente ellos con todos los que vivían en la parte más baja del pueblo los que se tenían que trasladar a ese lugar. Y menos aún se podrían imaginar su vida sin la planta de corona de novia y el mburucuyá.

Ante la insistencia de las preguntas, cuando llegaron a la casa, la madre de Anita les contó a los dos que: «dentro de un tiempo en Concordia van a “atajar” el agua del río con una represa, así como hacemos cuando ustedes me ayudan a regar los tomates y para que el agua no se vaya, ponemos un montón de tierra. Bueno, lo que hacemos en la huerta es como una represa chiquita, allá va a ser grandota, va a pasar un poco de agua, pero una gran parte va a quedar, entonces el arroyo donde vamos a bañarnos se va a ensanchar, va a engordar mucho, mucho y va a llegar a nuestras casas, formando un gran lago. Y, como no somos peces, no vamos a poder vivir en el agua, por eso vamos a ir a vivir a esas casas. Todos los que vivimos desde la carnicería hasta el arroyo, nos tendremos que ir a esas casas que ustedes vieron en la parte más alta del pueblo o a otras ciudades».

― ¿Y las plantas de las casitas de jugar? ―preguntó Ceferino muy preocupado.

Vamos a llevar semillas para plantar corona de novia y mburucuyá allá. También podemos hacer una nueva planta con un gajo de coronita. Después, cuando se sequen las flores, junten semillas y guárdenlas. Y para hacer una nueva planta de mburucuyá, tendrán que guardar las semillas rojas que tiene la fruta o sea la parte que comemos. Lo que podemos hacer ahora mismo, es poner gajos en una maceta para que vayan haciendo raíz ―propuso la mamá.

― ¿Y la palmera que da dátiles y los otros árboles grandes? ―Preguntó Anita.

―Bueno, a esos no los podemos llevar, tendremos que plantar nuevos árboles allá y cuidarlos para que crezcan ―contestó resignada la mamá.

― ¿Para qué quieren plantar tantos tomates? Porque si van a atajar mucha agua es porque van a plantar un montón de tomates interrogó Cefe después de reflexionar un rato.

No mi amor, no es para plantar tomates ―le contestó la mamá de Anita― en la represa van a instalar unas grandes máquinas que se llaman turbinas, que trabajan con el movimiento del agua para “hacer electricidad”, para que anden las heladeras, para que todas las casas tengan luz, para que funcionen las máquinas de las fábricas que hacen juguetes, ropas, dulce de leche, bicicletas, pelotas, autos de verdad y todas las cosas que hacen las fábricas. Desde la represa van a mandar electricidad a toda la Argentina y al Uruguay, por eso tendremos que dejar nuestras casas e irnos. ¿Vamos a cortar unos gajos para que vaya creciendo la planta nueva?

Ante lo irremediable los gurisitos fueron con la mamá que les ayudó a cortar unos esquejes de la coronita de novia y los plantaron en una maceta con muchas ilusiones y esperanzas de llevarse al menos una planta para armar una nueva casita. También pusieron a secar unos frutos de dátiles y mburucuyá.

Los niños siguieron jugando los meses siguientes, se reunían con los amigos, disfrutaban los lugares que se inundarían: el arroyo tan playito y lindo que se podía cruzar caminando; el puente que tenía debajo esos colchones de arena blandos para enterrarse, dejando solamente la cabeza afuera; las mojarritas que se pescaban con la mano o una bolsita; la estación del ferrocarril donde pasaba el tren y el coche motor; el club; la cancha de fútbol. Cada lugar parecía más lindo y especial, como aquellos últimos caramelos de la bolsa que se está por terminar.

Llegaron las fiestas de fin de año, esa vez eran muy especiales para todos, porque además de despedir el año, se despedía al pueblo. Festejaron navidad, año nuevo, reyes, carnavales y en marzo comenzaron los traslados de las familias. Arribaron unos camiones modernos, de esos de mudanzas internacionales para movilizar a los desplazados. Los transportes se iban cargados y la gente saludaba con mucha emoción, si salían para el lado del puente que se iba a inundar, era seguro que iban a otras localidades, en cambio si se dirigían hacia el lado opuesto, se mudaban a la parte alta del pueblo. Algunas familias se fueron a Chajarí, a Concordia, a la Nueva Federación ―ciudad que también se estaba trasladando por el lago―, otros se iban a Mocoretá, a la Nueva Estación de Ferrocarril Santa Ana que la construyeron del otro lado del lago, siguiendo al nuevo tramo de la vía férrea. Varios de los chicos que venían a jugar a la casita se fueron a otras localidades, Cefe también debía irse a vivir del otro lado del lago, estaba muy triste, su casa nueva quedaba bastante aislada de todo, entonces los padres lo dejaban unos días en la casa de Anita, después volvía a su casa nueva para adaptarse, iba y venía para que no sienta tanto el desarraigo.

En la medida que la gente se iba yendo, le sacaban las aberturas, el techo y todo lo que se podía reutilizar e inmediatamente comenzaban a demoler las paredes porque tenían que dejar limpio el terreno para formar el lago. Cefe y Anita iba a ver cómo demolían la estación, el club, las casas vecinas y cómo cortaban los árboles gigantes. Anita y su familia fueron unos de los últimos en mudarse a las casas de la zona alta.

Una vez que se trasladaron, el problema era Batuque, el perro de Anita no se quería quedar en la casa nueva. La diminuta mascota de cola corta, color natural con manchitas marrones oscuras, se escabullía por donde podía y volvía a la casa vieja que estaba a punto de ser destruida, lo buscaban y volvía a irse, se escondía entre los escombros. Parecía que el perrito quería cuidar su vieja casa porque sabía que la iban a derrumbar como a las demás, insistía tanto en escaparse y volver hasta que un día fue el señor de la topadora con el perro a upas a pedir a los dueños que lo encierren para que no se escape.

Lo último que intentaron derrumbar fue el puente, lo dinamitaron con unas bombas y no lo pudieron derribar. La gente seguía pasando por el viejo y querido puente, hasta que el arroyito de a poco fue creciendo sin parar, fue ocupando espacios, se acercó al camino y lo cortó. Una mañana Cefe iba con su papá a quedarse unos días en la nueva casa de Anita y ya no pudieron cruzar, tuvieron que hacer unos veinte kilómetros más para llegar a Santa Ana. Con los días el agua formó el gran lago como lo habían previsto quienes proyectaron la Represa Hidroeléctrica de Salto Grande, la gente iba a ver cómo crecía su lago, el agua avanzaba mezclando los sentimientos de los habitantes, lo que fue y lo que iba a ser ¿qué pesaba más? Si bien el pueblo quedó casi aislado de todo porque tenían una sola salida, los habitantes pensaban unidos en el futuro, comprendiendo que la forma de salir adelante era queriendo al lugar, solo el amor por Santa Ana y a su lago los podía salvar.

En cuanto al pobre Batuque, vivió unos meses en la casa nueva, estaba muy triste. Algunas veces lo llevaron a pasear y a ver el lago, pero no recuperó más su alegría ni movía su rabito. Una siesta iba caminando por un pasillo de la casa nueva, de repente cayó para no levantarse más. Pudo haber sido porque extrañaba la vieja casa o tal vez por su edad, la cual nunca supieron porque llegó a su familia ya siendo Batuque.

Anita y Cefe plantaron sus coronitas de novia y sus mburucuyás en sus respectivas casas con muchas esperanzas de que crezcan grandes y hermosas como las plantas que devoró el gigante lago. Sus familias se solían visitar y ellos aprovechaban a jugar, era su último año sin ir a la escuela, porque al año siguiente comenzaban primer grado, en esa época en los pueblos chicos y colonias, no había jardines de infantes por eso ellos armaban esas casitas tan divertidas para jugar y aprender con muchos amigos.

Pasaron los años y la amistad entre aquellos dos niños seguía y crecía, como iba creciendo el pueblo camino a la hermosa ciudad turística en la que se convirtió Santa Ana, con los años y el esfuerzo de su gente. Cierto día Cefe fue a visitar a Ani, juntos fueron a caminar y se sorprendieron al ver que cerca de la costanera construyeron un romántico puente, no era un puente para pasar sobre un arroyo, era un mirador, un acceso, una entrada, entonces decidieron que ese puente era un símbolo de su amistad, porque les recordaba el viejo puente que quedó bajo el agua, donde habían sido tan felices jugando con toda la gurisada del pueblo. Para ellos sería el puente de la amistad y como sello de esa unión, para darle más vida y significado al lugar, plantaron unas semillas de coronitas de novia y mburucuyá en los extremos de la estructura. Las plantas prosperaron, con gran complicidad y felicidad ellos y todo el pueblo las veían crecer y florecer.

“Cuando alguien se va de un pueblo, se lleva la esperanza de regresar en cualquier momento, pero cuando el pueblo desaparece y se convierte en un lago, esa esperanza también se esfuma.

Solo agua… No hay casas, calles, árboles, arroyo, vecindad, nada que ayude a reconstruir un recuerdo de la infancia. Queda la memoria frágil, lo vivido, el amor y la amistad colgada en la réplica del puente”.

Anita y Cefe, entre la Vieja y la Nueva Santa Ana



[1] Corona de novia: Arbusto muy ramificado que da unas pequeñas flores blancas.

[2] Topolín: Marca de una golosina que venía en un sobre de papel que contenía un chupetín sabor a frutas y un juguete sorpresa.

Un tal Manu

 


En una ciudad muy popular vive el joven Manu, hijo de los Wilson, una familia muy adinerada. Tiene la casa más lujosa de la zona, los autos de la más alta gama que se fabrican, se compra todo lo que quiere. Entre tanta abundancia, parece que se han olvidado de pasarle las buenas costumbres al muchacho porque se divierte con hábitos muy malos, perjudiciales para él y la sociedad: cruza semáforos en rojo al conducir, estaciona frente a cocheras, líneas amarillas y rampas, anda a velocidades que pasan lo permitido, toca bocina frente al hospital o en horas de descanso entre otros daños.  

Cuando las autoridades de la ciudad descubren sus infracciones, lo llaman al orden.  Denuncias, testigos y cámaras de seguridad comprometen seriamente al joven. La primera vez le entregan las multas a pagar junto con una advertencia para que reflexione. Los agentes de tránsito lo invitan a pensar en las consecuencias de su conducta y le informan que en caso de reincidir no contará más con su carné. Manuel Wilson Ortiz, muy arrogante le dice al funcionario de turno «¿Cuánta querés?  Sabés que puedo pagarte muchos suelditos de los tuyos». La autoridad indignadísima, le dice que no se trata de dinero, que es necesario un cambio en él, que debe respetar la reglamentación pensada para la seguridad de las personas y una mejor vida social. De mala manera, Wilson responde: «¡Listo!  No volverá a pasar» y se marcha.

Apenas una hora más tarde el terrible Manu vuelve a cometer otra infracción. El mismo agente, ahora acompañado por dos policías y la fiscal le leen sus cargos. El infractor les dice que hagan las multas rápido que está apurado. 

― ¡No, no! ―dice la fiscal―. Esta vez no se trata solamente de pagar multas, le aplicaremos un correctivo. Deberá pagar realizando una tarea comunitaria.  

― ¿Correctivo a mí? ¿Qué les pasa, se pusieron la gorra? No saben lo que están diciendo ja,ja,ja. ¡Qué chistoso!  Correctivo ja, ja, ja ―dice Manuel sarcásticamente y a los gritos.

― ¡No estamos bromeando!  ¡Y no nos falte el respeto!  A partir de mañana tendrá que ir al hogar de niños a contarles cuentos a los chicos, estará acompañado por una asistente social ―ordena la autoridad―.

―Ja, ja. ¿Contar cuentos yo? ¿Cómo se te ocurre semejante cosa? Y con una asistente social, que los cuente ella, a lo sumo la puedo tirar en el hogar ―expresa Manuel.

El policía muy serio, le entrega un documento mediante el cual el juez le ordena que debe comprar libros infantiles e ir durante un mes a leérselos a los niños. También le advierte las consecuencias del incumplimiento de lo estipulado en la resolución. Como la cosa se puso seria, a Manu no le queda otra opción que cumplir la orden.

De mala gana va a la librería, le tira un fajo grande de dinero al librero diciéndole: «Che dame todo esto de libros para los pibes, agregale algunos para grandes también, así no me joden más, de esos que seguramente tenés por ahí en los estantes de arriba» — y le guiña un ojo. El librero selecciona profesionalmente el material haciendo caso omiso a las últimas palabras del cliente en su primera visita a la librería. Al ser una cantidad importante, lleva varias cajas llenas con los libros más hermosos y adecuados para el hogar.

Con su camioneta cargada de libros se dirige al hogar de niños. Llega y habla con la encargada:

—Traje libros, bájenlos rápido que me quiero ir enseguida.

—¡No Señor Wilson Ortiz! ―acota la encargada― obra en mi poder una copia de la resolución del señor juez, donde indica que usted tiene que bajarlos y contarles los cuentos a los chicos.

Manu, renegando baja todas las cajas. El personal del hogar acompaña al joven para que no haga ninguna de sus travesuras. Los niños mientras lo esperan ansiosos, le ofrecen ayuda, emocionados abren las cajas y comienzan a explorar esa multitud de libros nuevos, tantos, como jamás habían visto. Al notar las caritas tan felices, Manu los mira experimentando una sensación nueva, extraña en su vida despreocupada. Los reúne en un semicírculo como una vez vio que hicieron en la escuela y les comienza a leer. Lee dos cuentos, se va sin saludar. Al otro día vuelve en el horario indicado, lee dos cuentos, saluda, se va.  Al tercer día les lee tres cuentos, conversa con los chiquilines acerca de los cuentos que escucharon y se marcha satisfecho con su labor. Al cuarto día, lee cuatro cuentos y agrega unos chistes muy apropiados. De ese modo, se va produciendo una transformación en Manu, algo mágico que cada vez que viene al hogar, lo hace con más entusiasmo. Día a día disfruta más de la lectura. Cada mañana se levanta con grandes deseos de ir a contar cuentos y verles las caritas a los niños.

Cuando se cumple el mes, Manu se entristece y pide permiso para seguir yendo al hogar. Desde que asiste a ese lugar se reportan menos infracciones y la ciudad está muy tranquila.

A partir de ese hecho Manu se convierte en un ser solidario, empático, de buen comportamiento y es muy querido, porque a Manu nunca le habían contado un cuento y encuentra en la lectura algo maravilloso que transforma su vida increíblemente.

El fuerte que nadie hizo (relato a orillas del Uruguay entre 1930 y 1940)

 

El fuerte que nadie hizo

Julito, Pepe, Roque y Tony vivían en la costa del Río Uruguay allá por las primeras décadas del Siglo XX. Eran unos gurises bien fuertes, porque sus familias criaban muchos animales y producían buenas cosechas en aquellos entisoles[1] del este entrerriano, donde trabajaban rudo para lograr esa abundancia. Estos muchachitos que aún usaban pantalones cortos, iban a la costa del río para ver pasar las jangadas[2] que venían trayendo madera desde los montes y selvas de Misiones y Brasil. Los madereros aprovechaban la corriente del río para transportar gran cantidad de troncos que se utilizaban para las industrias de los pueblos que estaban río abajo, luego seguían su trayecto por otros medios de transporte terrestre.  Las precarias embarcaciones eran un gran atractivo para este cuarteto de niños curiosos, que se divertían viendo cómo el río bravo las desafiaba con sus movimientos. Los jangueadores[3] las seguían a caballo por la orilla para acomodar la carga o ajustar los alambres que la sujetaban. A a la noche, las amarraban a algún árbol para que no choquen con otras embarcaciones o encallen. Con los años ese control se comenzó a realizar en lanchas, una atrás y otra adelante guiaban la gran carga.

Una mañana como tantas, los gurises salieron temprano para la costa, llevaron un gallo viejo para asar, pan, tomates y algunos elementos para acampar. Aunque hacía mucho calor, al lado del agua estaba lindo porque corría una brisa con olor a azúcar quemado desde el Uruguay. A media mañana, mientras escuchaban a lo lejos los motores de las lanchas, de un momento a otro se desató un tornado con toda la furia, muy asustados se refugiaron en la entrada de unas barrancas para protegerse. Los motores se pararon, desde el escondite entre las nubes de arena, pudieron ver cómo una ola gigante levantó por el aire a una jangada, la envolvió como un embudo y dispersó todas las piezas de madera por el río. Después de un rato todo volvió a la calma, aunque el río seguía muy revuelto. El viento que soplaba para el oeste fue acercando los troncos rollizos a la orilla argentina. No se veían rastros de lanchas ni de jangueadores, entonces Tony tuvo la idea de enterrar en la arena un tronco. «Estás loco, no vamos a poder moverlo y no podemos tocar lo que no es nuestro» —le dijo Roque y los demás apoyaron esa idea.

Como buen caprichoso y forzudo que era, Tony empezó a cavar con la pala que habían llevado para acampar, en poco tiempo removió unos cuantos metros de ese suelo arenoso, hizo una zanja profunda, más larga y ancha que un tronco. Eligió el más lindo y cercano, lo movió haciéndolo rodar unos metros, pero se le dificultaba la tarea por el desnivel del suelo. Les prometió a los compañeros una parte de la venta del tronco, si lo ayudaban. A los chicos les pesaba más el delito que la madera, Tony los convenció de que igualmente se iban a perder si el río crecía. De modo que en una hora y media enterraron no uno, sino ocho hermosos troncos de cedro y llevaron a esconder en el monte tupido el alambre que también apareció en la orilla. Muy extenuados por la labor, almorzaron pan y tomates solamente, porque Pepe había soltado el gallo a mitad de camino para que se vuelva, pues le dio lástima matar al pobre bataraz[4].

A la tarde llegaron los jangueadores con las fuerzas de seguridad, conversaron con los chicos, quienes le contaron lo impresionante que fue ver desintegrarse la nave por el aire. Los hombres estaban agradecidos con el viento que empujó la carga hacia la costa, evaluaron los daños y adivinen cuántos troncos les faltaron… Revisaron toda la zona y no pudieron encontrar el faltante, los jangueadores tenían esperanzas de hallarlos río abajo, los de seguridad opinaban que fueron empujados a la costa uruguaya cuando remolineó el viento, «ahí sí que no los recuperamos más» dijo uno de ellos.

Con la colaboración de los gurises, amontonaron la carga que pudieron recuperar, les dijeron que luego regresarían con más gente y herramientas para cortarla y llevarla por vía terrestre hasta Federación, porque en ese momento no tenían ni alambre —se lamentaron. Los chicos escuchaban atentos, Julito quería confesarles lo sucedido, no soportaba el remordimiento, los otros lo amenazaron con la mirada y para que no meta la pata, lo mandaron con el largavista de su abuelo italiano a mirar si no “aparecían” los troncos en alguna entrada del río. Los trabajadores les agradecieron la información, les encargaron que avisen si aparecían y se fueron.

Los gurises regresaron a sus hogares con el pacto de no contar aquello de los troncos enterrados, «y ojo vos Julito» —amenazaron. Ellos siempre escuchaban historias de piratas que andaban buscando algún tronco perdido por la orilla del río, porque justamente a esta altura solían dividir las jangadas o llevarlas por tierra para evitar pasar por el dificultoso Salto Grande, en esas maniobras siempre quedaba algún tronco extraviado por ahí y sus padres les decían que no se debían tocar porque los de seguridad controlaban.

Al otro día, muy temprano Tony fue solo al lugar, se encontró con unos cuantos hombres con hachas y trozadores acondicionando la carga para que entre en los carros. Los obreros caminaban sobre los troncos sepultados el día anterior sin sospechar tamaña travesura. El agua había destapado la puntita de un tronco, Tony simulaba jugar con piedras y arena para taparlo, cuando quedó totalmente cubierto se fue a su casa.

A la tardecita Julito, Pepe, Roque y Tony volvieron con refuerzo de dos amigos más grandes. Ya no había hombres ni carros, desenterraron el codiciado tesoro y lo trasladaron al monte, donde quedaron escondidos debajo de unos pastizales. Entre todos planearon construir un fuerte en el monte con ese material, más el alambre y otros elementos que consiguieron. En una semana montaron una estructura cuadrada con los ocho troncos, dispusieron cuatro esquineros, a los que les cavaron las puntas para apoyar los otros cuatro que funcionaron como tirantes para apoyar el techo. Realizaron paredes de cañas tacuara recubiertas de barro, lo techaron con cañas, paja mansa y juncos, quedando un lindo refugio que todos utilizaban: los pescaderos, las familias que iban a pasar el día, los jangueadores, hasta la guardia costera pernoctaba feliz en la misteriosa construcción. Todos pensaban que la hicieron los otros y los cuatro chicos, más sus dos colaboradores, por razones obvias, nunca pudieron adjudicarse la autoría, pero estaban contentos de que aquella ocurrencia de Tony fuera útil a la comunidad. La gente que lo usaba lo reparaba, incluso alguien le puso unas chapas de cinc usadas, otros pintaron las paredes con cal y el famoso Fuerte del Río permaneció allí hasta que el Lago de Salto Grande sumergió ese lugar, cuatro o cinco décadas después.



[1] Entisol: Suelos que se forman con lo que arrastra el agua y el viento.

[2] Jangada: Balsa precaria hecha por troncos rollizos atados con alambres y lianas. La misma balsa era madera para comercializar y llevaba más troncos encima.

[3] Jangueadores: Muchachos que iban a caballo por la orilla del río para acompañar y cuidar las jangadas. 

[4] Bataraz/a: Aves de plumaje blanco y negro.