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Chajarí, Entre Ríos, Argentina

jueves, 16 de octubre de 2025

Inocencia



Inocencia

Igual que su mamá, Inocencia amaba las plantas desde siempre. Planta que veía, planta que quería, así llenó su casa con los verdes más diversos, frutales, ornamentales, aromáticas, de interior, aéreas y trepadoras entre otras. De cada lugar que visitaba, traía algunas plantas, disfrutaba mucho sus colecciones, compartía e intercambiaba semillas, esquejes e hijuelos. Para su cumpleaños, todos resolvían el regalo con una planta o una maceta.

Ella nunca se había planteado el tema del origen de las especies que albergaba en su casa, hasta que en un momento de su vida empezó a escuchar conversaciones acerca de biodiversidad, restauración de flora nativa, fauna asociada y ecorregiones, eso la conmovió y comenzó a replantearse esas ideas. Luego estudió el origen de cada una de sus plantas, redujo el espacio de las exóticas sin deshacerse de ninguna.

En sus caminatas diarias por la periferia de la ciudad, prestó más atención a la flora, recogió semillas y agregó nativas como Mburucuyá, Sen del campo, Mandioca brava, Ñangapirí, Duranta, Asclepias mellodora, Ceibillo, Lantana, Tasi, Burrito, Cedrón. Limpió un espacio que tenía césped brasilero para que en su lugar nazcan especies espontáneamente. Al año siguiente la fauna disfrutaba esos espacios, desfilaban mariposas, orugas, teros, picaflores, abejorros, abejas, calandrias, cardenales, palomas, horneros y vaya a saber cuántos más. Cada vez que Inocencia salía al patio y al frente de la casa, porque también aprovechó un gran espacio que estaba entre la vereda y la calle, se sorprendía porque siempre había varios animalitos alimentándose, hasta a veces sentía como que le agradecían por haber puesto esas plantas ahí. De ese modo disfrutaba la actividad faunística de su jardín, comprendía la importancia de la biodiversidad y el cuidado del agua porque para las plantas de la región generalmente las lluvias son suficientes.

Cuando parecía que todo era felicidad y plenitud, los calores de marzo no cesaban y los casos de dengue aumentaban exponencialmente en la zona, había gente muy grave. Las autoridades pedían descacharrado, corte de pastos y uso de repelente; el pueblo pedía fumigaciones, los casos seguían aumentando. Una madrugada pasó haciendo mucho ruido el fumigador, se sintió un olor a insecticida tolerable, la gente sintió un alivio. Lo desolador fue al otro día, cuando las calles amanecieron llenas de chicharras muertas y unos cuantos picaflores también. En el jardín de Inocencia ni siquiera una hormiga se veía. Ella se preguntaba: «¿Qué habrá pasado con las mariposas? ¿Debí traer estas plantas a la ciudad? ¿Lo sucedido será parte del equilibrio?».          

Al tiempo, lentamente la actividad faunística se fue recuperando, tímidamente reaparecieron las mariposas, las que correspondían a aquel otoño que avanzaba, aquellas preguntas que se había hecho Inocencia encontraron respuesta pensando esperanzadamente que todo era parte de un ciclo y que no siempre habrá fumigaciones, si no son necesarias.


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