Inocencia
Igual que su mamá, Inocencia amaba las
plantas desde siempre. Planta que veía, planta que quería, así llenó su casa
con los verdes más diversos, frutales, ornamentales, aromáticas, de interior,
aéreas y trepadoras entre otras. De cada lugar que visitaba, traía algunas
plantas, disfrutaba mucho sus colecciones, compartía e intercambiaba semillas,
esquejes e hijuelos. Para su cumpleaños, todos resolvían el regalo con una
planta o una maceta.
Ella nunca se había planteado el tema del
origen de las especies que albergaba en su casa, hasta que en un momento de su
vida empezó a escuchar conversaciones acerca de biodiversidad, restauración de
flora nativa, fauna asociada y ecorregiones, eso la conmovió y comenzó a
replantearse esas ideas. Luego estudió el origen de cada una de sus plantas,
redujo el espacio de las exóticas sin deshacerse de ninguna.
En sus caminatas diarias por la periferia
de la ciudad, prestó más atención a la flora, recogió semillas y agregó nativas
como Mburucuyá, Sen del campo, Mandioca brava, Ñangapirí, Duranta, Asclepias
mellodora, Ceibillo, Lantana, Tasi, Burrito, Cedrón. Limpió un espacio que
tenía césped brasilero para que en su lugar nazcan especies espontáneamente. Al
año siguiente la fauna disfrutaba esos espacios, desfilaban mariposas, orugas,
teros, picaflores, abejorros, abejas, calandrias, cardenales, palomas, horneros
y vaya a saber cuántos más. Cada vez que Inocencia salía al patio y al frente
de la casa, porque también aprovechó un gran espacio que estaba entre la vereda
y la calle, se sorprendía porque siempre había varios animalitos alimentándose,
hasta a veces sentía como que le agradecían por haber puesto esas plantas ahí.
De ese modo disfrutaba la actividad faunística de su jardín, comprendía la
importancia de la biodiversidad y el cuidado del agua porque para las plantas
de la región generalmente las lluvias son suficientes.
Cuando parecía que todo era felicidad y
plenitud, los calores de marzo no cesaban y los casos de dengue aumentaban
exponencialmente en la zona, había gente muy grave. Las autoridades pedían
descacharrado, corte de pastos y uso de repelente; el pueblo pedía
fumigaciones, los casos seguían aumentando. Una madrugada pasó haciendo mucho
ruido el fumigador, se sintió un olor a insecticida tolerable, la gente sintió
un alivio. Lo desolador fue al otro día, cuando las calles amanecieron llenas
de chicharras muertas y unos cuantos picaflores también. En el jardín de
Inocencia ni siquiera una hormiga se veía. Ella se preguntaba: «¿Qué habrá
pasado con las mariposas? ¿Debí traer estas plantas a la ciudad? ¿Lo sucedido
será parte del equilibrio?».
Al tiempo, lentamente la actividad
faunística se fue recuperando, tímidamente reaparecieron las mariposas, las que
correspondían a aquel otoño que avanzaba, aquellas preguntas que se había hecho
Inocencia encontraron respuesta pensando esperanzadamente que todo era parte de
un ciclo y que no siempre habrá fumigaciones, si no son necesarias.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deja tu comentario