El padre de Nico trabajaba en una empresa
que se dedicaba a realizar movimientos de suelos. El niño, estudiante en quinto
año de primaria, amaba ir a ver los trabajos que realizaba el padre porque
debajo de la tierra que removía siempre había un mundo por descubrir. Le
llamaban mucho la atención los animalitos como lombrices, hormigas, ranas,
babosas, topos y escarabajos. Cuando realizaban excavaciones más profundas,
observaba con gran interés las rocas, las distintas capas del suelo, a veces
aparecía agua, cada lugar era una verdadera sorpresa.
Eran las vacaciones de julio, el invierno
de ese año se presentó muy suave, más bien diría primaveral, el padre invitó a
Nico, a la madre y a tres amigos a pasar el día en un campo donde estaban
realizando un tajamar para el ganado. Valentino, Santi e Iñaqui, junto a Nico
disfrutaron mucho el lugar, les encantó las actividades que realizaron:
juntaron leña, hicieron fuego con la ayuda de la madre, cocinaron un rico guiso
de harina de trigo y recogieron mandarinas para el postre. Ellos pasaban muchas
horas juntos en la ciudad, cada uno mirando su celular, a veces compartiendo,
mirando algo del interés de los cuatro o realizando alguna tarea escolar, pero
como en el campo no había conectividad, no les quedó otra opción que dejar los
celulares y explorar la naturaleza.
Después del mediodía, Daniel, el padre de
Nico, retomó la actividad deshaciendo un médano, los chicos miraban, desde una
distancia prudencial, los movimientos de tierra que ejecutaba hábilmente el
hombre con una pala mecánica remolcada por un tractor. Ellos también
colaboraron sosteniendo y utilizando los elementos de medición como metros,
niveles y distanciómetros. El tractorista, con unas arriesgadas maniobras,
desprendió grandes bloques de tierra que se desintegraron cuando le sacó la
base, el tractor se enterró y el motor se paró. El conductor salió de un salto,
los chicos se acercaron para ver si podían ayudar, Daniel comenzó a sacar
tierra con una pala de mano, los chicos desenterraron la otra rueda sacando
tierra con unas latas de aceite y ahí, ¡oh sorpresa!, descubrieron enterrados
unos objetos extraños, tenían forma de flechas, todas muy parecidas entre sí,
además había algunas boleadoras de piedras. Daniel, que toda su vida trabajó en
eso, también se sorprendió por el hallazgo, jamás había encontrado algo así en
todos los metros de tierra que removió en su larga trayectoria. Mientras
seguían buscando y encontrando más cosas, desenterraron el tractor, los niños
se alejaron y Daniel lo sacó del pozo.
Todos, incluso Florencia, la mamá, se
pusieron a ver y analizar las piezas hechas en piedra, un verdadero tesoro.
Tenían una alegría inmensa, los niños recordaron lo que les contó su seño el
año anterior acerca de objetos que se encontraban enterrados que pertenecían a
los primitivos habitantes. No podían creer que ellos mismos estaban en contacto
con esos elementos, vaya uno a saber de cuántos cientos o miles de años atrás.
—Sigamos mirando a ver si encontramos una
bolsa con monedas de oro y joyas para hacernos ricos —dijo Valentino.
—Me los quiero llevar a casa, para
mostrarle a la seño
—dijo Nico.
—No, no se puede, acá no cuenta “el que
se lo encuentra se lo queda”, hay que avisarle al dueño del campo o al capataz
para que ellos decidan qué hacer —dijo el padre.
—Pero Daniel, mirá que el dueño va a
saber que había eso enterrado ahí, llevémoslo —dijo Valentino.
—No, gurises, vinieron conmigo y soy
responsable de lo que hagan ustedes —insistió Daniel. Entonces les pidió
que vayan a la casa del encargado que quedaba a unos mil metros de donde
estaban, mientras tanto él continuó trabajando y la esposa siguió mirando a ver
si aparecía algo más mientras le cebaba unos mates.
Cuando llegaron a la casa, se presentaron
como los acompañantes del tractorista que estaba haciendo el tajamar, le
mostraron el hallazgo a don Diego Metler, el dueño. El señor, lejos de
sorprenderse, feliz con la curiosidad y el entusiasmo de los niños, les dijo
que en un rincón del campo vivía don Polingo, un abuelito que varias veces
encontró casas así y las guardó. También les contó que el ancianito vivió
siempre ahí, incluso que él compró el campo con el hombre adentro sin saberlo,
cuando se enteró fue a visitarlo y se hicieron grandes amigos, porque era un
hombre muy sabio, conocedor de toda la historia del lugar porque en ese rancho
vivieron los padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos de Polingo. Les explicó
el camino, les dio yerba, pan y queso para que le lleven y allá fueron los
cuatro curiosos.
Polingo los recibió con muy contento
porque eran enviados de don Metler, los invitó a pasar y les mostró las
increíbles piezas que tenía, entre las que se destacaban: un yunque, un
mortero, varias lanzas, muchas puntas de proyectil, una gran colección de
piedras talladas con distintas formas, huesos también tallados, pedazos de
cerámica dibujadas, que según le contó el señor, los ancestros las rompían
antes de abandonar el lugar para liberar los espíritus que estaban dentro de
las vasijas, por eso era difícil encontrarlas enteras. Don Polingo les mencionó
que a esas cosas las encontraron sus antepasados, luego él siguió buscando por
campos de la zona, pero siempre las tenían escondidas porque estaba prohibido
guardar esas “cosas de indios” decían, lo mismo que hablar como hablaban ellos.
― ¿Y usted sabe hablar así? —preguntó Iñaqui.
―Algunas palabras recuerdo, pero no sé
si son charrúa, chaná, guaraní, o qué, era algo que me enseñaba mi madre, al
perro le decía “lojan”, al caballo “jual”, a la boleadora “lai”, la vaca
“belua”, el arco para matar “afia”. Y había mucha cencia[1] en
lo que me enseñaban, el respeto por la tierra, por lo que da la tierra, ¿qué
somos sin la tierra? Nada, por eso hay que cuidarla, como al agua, al aire, a
los pájaros y todos los animales, hay que ayudarse entre hermanos como me ayuda
don Diego, hay que sentarse tranquilo a escuchar lo que pasa afuera y adentro
de nosotros. Pensar con tranquilidad, para saber, pensando, mirando, llega el
saber de las cosas de la naturaleza.
Los chicos quedaron tan sorprendidos con las
piezas y más que nada con la sabiduría del anciano, se despidieron con la
intención de volver en otro momento a seguir conversando y le dejaron también
los que habían encontrado ellos cuando se empantanó el tractor.
Regresaron a la obra donde estaban los
padres de Nico, les contaron lo de don Polingo y volvieron todos a la ciudad
con la intención de organizar otra visita.
Aprovecharon unos días de lluvia para
investigar con la ayuda de sus mamás, leyeron en libros y en internet todo lo
relacionado con los primitivos habitantes de la provincia de Entre Ríos,
buscaron imágenes similares a las piedras que encontraron, aprendieron palabras
y oraciones en idiomas originarios, hicieron carteles con nombres y decidieron
participar con ese tema en la feria de ciencias sociales de su escuela.
A la semana siguiente, cuando Daniel
retomó su trabajo después de unos días de lluvia, los cuatro chicos lo
acompañaron para seguir conociendo la interesante colección de Don Polingo,
llevaron cuadernos, biromes y teléfonos para registrar todo, palas para
escarbar la tierra, una bolsa con alimentos y ropa para el señor tan sabio.
Estuvieron buena parte de la mañana conversando con el anciano, les colocaron
carteles a las piezas de la colección con cartulinas y marcadores, le
preguntaron si les prestaba algunos elementos para la feria de ciencias y lo
invitaron a la escuela, aunque todavía no habían hablado del proyecto con la
seño, sabían que le iba a gustar. Les contestó que con gusto los acompañaría y
prestaría las cosas porque mostrar lo que estuvo tantos años oculto, servía
para que se sepa de los antepasados. Se despidieron hasta cualquier momento,
algún fin de semana porque pronto retomaban las clases nuevamente.
Los chicos fueron a compartir unos
sándwiches de milanesas que trajo Daniel, después el hombre siguió con su
trabajo y ellos salieron con la pala a recorrer el campo. Caminaron un buen
tiempo, realizaron algunas excavaciones con la pala sin éxitos. Cuando menos
acordaron se internaron en un monte nativo bastante tupido, desde donde vieron
una moto grande, linda y sin ocupantes, solo había encima una bolsa grande de
esas de comida para perros bien atada con sogas. Como estaba tan buena la moto,
según ellos, se sacaron unas fotos y siguieron avanzando para ver si aparecía
algún dueño. Y allá en un bajo divisaron a dos muchachos faenando un animal y
poniendo las partes en bolsas iguales a la que estaba en la moto. Cuando vieron
eso, los niños pegaron media vuelta para volver, pero uno de los cuatreros
alcanzó a ver a Santi que iba más atrás, lo corrió, lo alcanzó, lo amenazó con
el cuchillo, diciéndole que si abría la boca lo iba a matar. Cuando los demás
vieron que Santi estaba en problemas, se acercaron asustadísimos, no lo podían
dejar sólo. El joven ladrón de vacas seguía amenazando a todo el grupo, les
dijo que se queden quietos ahí, hasta que ellos se vayan. En ese momento Iñaqui
tuvo la idea de aprovechar el lenguaje que venían practicando esos días, una
mezcla de lo que encontraron sobre lenguas originarias y les dijo a sus
compañeros Am aú belua (nosotros matar vaca, am del chaná y las
otras del charrúa), los chicos asintieron, respondieron mar, mar aú
belua (mucho, mucho matar vaca), entonces el mismo Iñaqui le dijo al ladrón
que ellos también habían ido a robar una vaca, que siempre lo hacían, pero como
vivían cerca, la iban a llevar caminando para su campo a través de un alambrado
que habían roto recién y después el padre la carneaba o vendía allá. “¡Ah,
somos del mismo palo, nos gusta llenar el freezer con novillos ajenos, pero no
queremos tener problemas con la justicia!”, dijo el ladrón y los dejó ir
con la advertencia de que no se les escape nada de lo que vieron. Así fue como
los niños recuperaron la libertad y se perdieron entre el ganado, eligieron un
novillo e intentaron arriarlo para donde estaba Daniel, por si los ladrones lo
veían. Al ser poco baquianos los chicos, el animal se les volvió enseguida.
Cuando llegaron al tajamar, estaba Daniel con el señor Metler, los niños
contaron el encuentro con el ladrón, mostraron las fotos de la moto y Diego
dijo que iba a tomar cartas en el asunto, porque no era la primera vez que le
carneaban sus novillos.
Ese mismo día Daniel terminó el tajamar,
solo faltaba que llueva para ver si se llenaba bien. Le avisaron a Metler que
seguramente lo iban a volver a visitar por el tema de don Polingo y la feria de
ciencias. El amable señor les dijo que vayan todas las veces que sean
necesarias y se ofreció para trasladar en su camioneta a don Polingo y su
valiosa colección a la escuela. Con el susto, los chicos se olvidaron de seguir
buscando objetos enterrados, igualmente, con lo que tenían ya era mucho y como
les dijo don Poli, como le decían ellos: “tendrían que cavar profundo y en
un gran espacio para encontrar algo, también tener mucha suerte y que algún
espíritu los guíe al lugar indicado”.
La maestra de los chicos quedó encantada
con el tema para la feria, ellos le contaron con detalle todos los avances del
trabajo y la anécdota de cuando engañaron al ladrón por saber unas palabras en
idioma originario, a la docente le resultó muy graciosa e interesante la
ocurrencia de sus estudiantes y les dijo, que así como era fundamental saber
idiomas universales para comunicarse con personas de todo el mundo, también era
muy importante conocer y rescatar el lenguaje de los primitivos habitantes para
tener secretos “y vaya si no les resultó útil a ustedes cuando fueron
amenazados por el malviviente”, agregó la seño. También les contó el
lenguaje que utilizaba con sus hermanas cuando eran chicas para guardarse el
cambio de los mandados: bróso tapla rapa losmeraca, lo decían rápido y
los padres se hacían los que no entendían ese al revés por sílabas.
La feria de ciencias fue un éxito total,
el trabajo del equipo de Nico, Santi, Valentino e Iñaqui, acompañados con la
valiosa presencia de don Polingo, la seño y don Metler que los transportaba,
superó todas las instancias, incluso las internacionales, tal fue la
repercusión, que el Museo de Don Polingo fue declarado Patrimonio Continental,
conservó su estructura de rancho autóctono, se hizo un documental y un libro
ilustrado con las piezas del museo y las descripciones del representante de la
cultura ancestral. Muchos antropólogos, historiadores, investigadores e
interesados en general visitaron el lugar. Los niños ya convertidos en
muchachitos estaban orgullosos de haber sacado a la luz tan valioso patrimonio.
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