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Chajarí, Entre Ríos, Argentina

jueves, 16 de octubre de 2025

El Museo de Don Polingo


El padre de Nico trabajaba en una empresa que se dedicaba a realizar movimientos de suelos. El niño, estudiante en quinto año de primaria, amaba ir a ver los trabajos que realizaba el padre porque debajo de la tierra que removía siempre había un mundo por descubrir. Le llamaban mucho la atención los animalitos como lombrices, hormigas, ranas, babosas, topos y escarabajos. Cuando realizaban excavaciones más profundas, observaba con gran interés las rocas, las distintas capas del suelo, a veces aparecía agua, cada lugar era una verdadera sorpresa.

Eran las vacaciones de julio, el invierno de ese año se presentó muy suave, más bien diría primaveral, el padre invitó a Nico, a la madre y a tres amigos a pasar el día en un campo donde estaban realizando un tajamar para el ganado. Valentino, Santi e Iñaqui, junto a Nico disfrutaron mucho el lugar, les encantó las actividades que realizaron: juntaron leña, hicieron fuego con la ayuda de la madre, cocinaron un rico guiso de harina de trigo y recogieron mandarinas para el postre. Ellos pasaban muchas horas juntos en la ciudad, cada uno mirando su celular, a veces compartiendo, mirando algo del interés de los cuatro o realizando alguna tarea escolar, pero como en el campo no había conectividad, no les quedó otra opción que dejar los celulares y explorar la naturaleza.

Después del mediodía, Daniel, el padre de Nico, retomó la actividad deshaciendo un médano, los chicos miraban, desde una distancia prudencial, los movimientos de tierra que ejecutaba hábilmente el hombre con una pala mecánica remolcada por un tractor. Ellos también colaboraron sosteniendo y utilizando los elementos de medición como metros, niveles y distanciómetros. El tractorista, con unas arriesgadas maniobras, desprendió grandes bloques de tierra que se desintegraron cuando le sacó la base, el tractor se enterró y el motor se paró. El conductor salió de un salto, los chicos se acercaron para ver si podían ayudar, Daniel comenzó a sacar tierra con una pala de mano, los chicos desenterraron la otra rueda sacando tierra con unas latas de aceite y ahí, ¡oh sorpresa!, descubrieron enterrados unos objetos extraños, tenían forma de flechas, todas muy parecidas entre sí, además había algunas boleadoras de piedras. Daniel, que toda su vida trabajó en eso, también se sorprendió por el hallazgo, jamás había encontrado algo así en todos los metros de tierra que removió en su larga trayectoria. Mientras seguían buscando y encontrando más cosas, desenterraron el tractor, los niños se alejaron y Daniel lo sacó del pozo.

Todos, incluso Florencia, la mamá, se pusieron a ver y analizar las piezas hechas en piedra, un verdadero tesoro. Tenían una alegría inmensa, los niños recordaron lo que les contó su seño el año anterior acerca de objetos que se encontraban enterrados que pertenecían a los primitivos habitantes. No podían creer que ellos mismos estaban en contacto con esos elementos, vaya uno a saber de cuántos cientos o miles de años atrás.

—Sigamos mirando a ver si encontramos una bolsa con monedas de oro y joyas para hacernos ricos —dijo Valentino.

—Me los quiero llevar a casa, para mostrarle a la seño —dijo Nico.

—No, no se puede, acá no cuenta “el que se lo encuentra se lo queda”, hay que avisarle al dueño del campo o al capataz para que ellos decidan qué hacer —dijo el padre.

Pero Daniel, mirá que el dueño va a saber que había eso enterrado ahí, llevémoslo —dijo Valentino.

No, gurises, vinieron conmigo y soy responsable de lo que hagan ustedes —insistió Daniel. Entonces les pidió que vayan a la casa del encargado que quedaba a unos mil metros de donde estaban, mientras tanto él continuó trabajando y la esposa siguió mirando a ver si aparecía algo más mientras le cebaba unos mates.

Cuando llegaron a la casa, se presentaron como los acompañantes del tractorista que estaba haciendo el tajamar, le mostraron el hallazgo a don Diego Metler, el dueño. El señor, lejos de sorprenderse, feliz con la curiosidad y el entusiasmo de los niños, les dijo que en un rincón del campo vivía don Polingo, un abuelito que varias veces encontró casas así y las guardó. También les contó que el ancianito vivió siempre ahí, incluso que él compró el campo con el hombre adentro sin saberlo, cuando se enteró fue a visitarlo y se hicieron grandes amigos, porque era un hombre muy sabio, conocedor de toda la historia del lugar porque en ese rancho vivieron los padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos de Polingo. Les explicó el camino, les dio yerba, pan y queso para que le lleven y allá fueron los cuatro curiosos.

Polingo los recibió con muy contento porque eran enviados de don Metler, los invitó a pasar y les mostró las increíbles piezas que tenía, entre las que se destacaban: un yunque, un mortero, varias lanzas, muchas puntas de proyectil, una gran colección de piedras talladas con distintas formas, huesos también tallados, pedazos de cerámica dibujadas, que según le contó el señor, los ancestros las rompían antes de abandonar el lugar para liberar los espíritus que estaban dentro de las vasijas, por eso era difícil encontrarlas enteras. Don Polingo les mencionó que a esas cosas las encontraron sus antepasados, luego él siguió buscando por campos de la zona, pero siempre las tenían escondidas porque estaba prohibido guardar esas “cosas de indios” decían, lo mismo que hablar como hablaban ellos.

― ¿Y usted sabe hablar así? —preguntó Iñaqui.

Algunas palabras recuerdo, pero no sé si son charrúa, chaná, guaraní, o qué, era algo que me enseñaba mi madre, al perro le decía “lojan”, al caballo “jual”, a la boleadora “lai”, la vaca “belua”, el arco para matar “afia”. Y había mucha cencia[1] en lo que me enseñaban, el respeto por la tierra, por lo que da la tierra, ¿qué somos sin la tierra? Nada, por eso hay que cuidarla, como al agua, al aire, a los pájaros y todos los animales, hay que ayudarse entre hermanos como me ayuda don Diego, hay que sentarse tranquilo a escuchar lo que pasa afuera y adentro de nosotros. Pensar con tranquilidad, para saber, pensando, mirando, llega el saber de las cosas de la naturaleza.

 Los chicos quedaron tan sorprendidos con las piezas y más que nada con la sabiduría del anciano, se despidieron con la intención de volver en otro momento a seguir conversando y le dejaron también los que habían encontrado ellos cuando se empantanó el tractor.

Regresaron a la obra donde estaban los padres de Nico, les contaron lo de don Polingo y volvieron todos a la ciudad con la intención de organizar otra visita.

Aprovecharon unos días de lluvia para investigar con la ayuda de sus mamás, leyeron en libros y en internet todo lo relacionado con los primitivos habitantes de la provincia de Entre Ríos, buscaron imágenes similares a las piedras que encontraron, aprendieron palabras y oraciones en idiomas originarios, hicieron carteles con nombres y decidieron participar con ese tema en la feria de ciencias sociales de su escuela.

A la semana siguiente, cuando Daniel retomó su trabajo después de unos días de lluvia, los cuatro chicos lo acompañaron para seguir conociendo la interesante colección de Don Polingo, llevaron cuadernos, biromes y teléfonos para registrar todo, palas para escarbar la tierra, una bolsa con alimentos y ropa para el señor tan sabio. Estuvieron buena parte de la mañana conversando con el anciano, les colocaron carteles a las piezas de la colección con cartulinas y marcadores, le preguntaron si les prestaba algunos elementos para la feria de ciencias y lo invitaron a la escuela, aunque todavía no habían hablado del proyecto con la seño, sabían que le iba a gustar. Les contestó que con gusto los acompañaría y prestaría las cosas porque mostrar lo que estuvo tantos años oculto, servía para que se sepa de los antepasados. Se despidieron hasta cualquier momento, algún fin de semana porque pronto retomaban las clases nuevamente.

Los chicos fueron a compartir unos sándwiches de milanesas que trajo Daniel, después el hombre siguió con su trabajo y ellos salieron con la pala a recorrer el campo. Caminaron un buen tiempo, realizaron algunas excavaciones con la pala sin éxitos. Cuando menos acordaron se internaron en un monte nativo bastante tupido, desde donde vieron una moto grande, linda y sin ocupantes, solo había encima una bolsa grande de esas de comida para perros bien atada con sogas. Como estaba tan buena la moto, según ellos, se sacaron unas fotos y siguieron avanzando para ver si aparecía algún dueño. Y allá en un bajo divisaron a dos muchachos faenando un animal y poniendo las partes en bolsas iguales a la que estaba en la moto. Cuando vieron eso, los niños pegaron media vuelta para volver, pero uno de los cuatreros alcanzó a ver a Santi que iba más atrás, lo corrió, lo alcanzó, lo amenazó con el cuchillo, diciéndole que si abría la boca lo iba a matar. Cuando los demás vieron que Santi estaba en problemas, se acercaron asustadísimos, no lo podían dejar sólo. El joven ladrón de vacas seguía amenazando a todo el grupo, les dijo que se queden quietos ahí, hasta que ellos se vayan. En ese momento Iñaqui tuvo la idea de aprovechar el lenguaje que venían practicando esos días, una mezcla de lo que encontraron sobre lenguas originarias y les dijo a sus compañeros Am aú belua (nosotros matar vaca, am del chaná y las otras del charrúa), los chicos asintieron, respondieron mar, mar aú belua (mucho, mucho matar vaca), entonces el mismo Iñaqui le dijo al ladrón que ellos también habían ido a robar una vaca, que siempre lo hacían, pero como vivían cerca, la iban a llevar caminando para su campo a través de un alambrado que habían roto recién y después el padre la carneaba o vendía allá. “¡Ah, somos del mismo palo, nos gusta llenar el freezer con novillos ajenos, pero no queremos tener problemas con la justicia!”, dijo el ladrón y los dejó ir con la advertencia de que no se les escape nada de lo que vieron. Así fue como los niños recuperaron la libertad y se perdieron entre el ganado, eligieron un novillo e intentaron arriarlo para donde estaba Daniel, por si los ladrones lo veían. Al ser poco baquianos los chicos, el animal se les volvió enseguida. Cuando llegaron al tajamar, estaba Daniel con el señor Metler, los niños contaron el encuentro con el ladrón, mostraron las fotos de la moto y Diego dijo que iba a tomar cartas en el asunto, porque no era la primera vez que le carneaban sus novillos.

Ese mismo día Daniel terminó el tajamar, solo faltaba que llueva para ver si se llenaba bien. Le avisaron a Metler que seguramente lo iban a volver a visitar por el tema de don Polingo y la feria de ciencias. El amable señor les dijo que vayan todas las veces que sean necesarias y se ofreció para trasladar en su camioneta a don Polingo y su valiosa colección a la escuela. Con el susto, los chicos se olvidaron de seguir buscando objetos enterrados, igualmente, con lo que tenían ya era mucho y como les dijo don Poli, como le decían ellos: “tendrían que cavar profundo y en un gran espacio para encontrar algo, también tener mucha suerte y que algún espíritu los guíe al lugar indicado”.   

La maestra de los chicos quedó encantada con el tema para la feria, ellos le contaron con detalle todos los avances del trabajo y la anécdota de cuando engañaron al ladrón por saber unas palabras en idioma originario, a la docente le resultó muy graciosa e interesante la ocurrencia de sus estudiantes y les dijo, que así como era fundamental saber idiomas universales para comunicarse con personas de todo el mundo, también era muy importante conocer y rescatar el lenguaje de los primitivos habitantes para tener secretos “y vaya si no les resultó útil a ustedes cuando fueron amenazados por el malviviente”, agregó la seño. También les contó el lenguaje que utilizaba con sus hermanas cuando eran chicas para guardarse el cambio de los mandados: bróso tapla rapa losmeraca, lo decían rápido y los padres se hacían los que no entendían ese al revés por sílabas.

La feria de ciencias fue un éxito total, el trabajo del equipo de Nico, Santi, Valentino e Iñaqui, acompañados con la valiosa presencia de don Polingo, la seño y don Metler que los transportaba, superó todas las instancias, incluso las internacionales, tal fue la repercusión, que el Museo de Don Polingo fue declarado Patrimonio Continental, conservó su estructura de rancho autóctono, se hizo un documental y un libro ilustrado con las piezas del museo y las descripciones del representante de la cultura ancestral. Muchos antropólogos, historiadores, investigadores e interesados en general visitaron el lugar. Los niños ya convertidos en muchachitos estaban orgullosos de haber sacado a la luz tan valioso patrimonio.



[1] Cencia: ciencia

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