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sábado, 18 de octubre de 2025

Spiro, guardián eterno del mar

 

Foto tomada de Gaceta Marinera

Spiro, guardián eterno del mar

Jamás la balandra Nuestra Señora del Carmen

volverá a manos de Jacinto de Romarate

Mi nombre traducido al español es Pedro Samuel Spiro. Nací hacia fines del siglo XVIII junto al Mar Egeo en la hermosa isla griega de Hidra, un pequeño terruño lleno de misterios y secretos entre sus montañas rocosas. Los hidriotas nos convertimos en una de las grandes potencias navales, desde muy jóvenes nos formábamos como los mejores marinos, dotándonos de coraje, valor y experiencia bajo la tradicional protección de Neptuno. Y, paradójicamente, aunque éramos los más capacitados y reconocidos del mundo, no gozábamos de libertad porque desde hacía siglos estábamos bajo la opresión del imperio otomano.

Con mis hermanos, siendo unos veinteañeros muy emprendedores, decidimos buscar oportunidades en otros destinos, dejando con dolor nuestra tierra natal. Después de una travesía llena de peripecias y aventuras muy emocionantes de las que salimos victoriosos, el 12 de julio de 1810 llegamos a Buenos Aires, entonces capital del Virreinato del Río de La Plata. Al arribar, nuestra mayor riqueza eran los conocimientos, las esperanzas y los deseos de abrazar el futuro. Nos recibieron muy bien, hicimos muchos amigos y pronto nos identificamos con las ideas de la Revolución. La causa nos conmovió y la hicimos nuestra porque desde niños aprendimos que Grecia también debía independizarse de los otomanos y estábamos convencidos que era lo mejor, por eso apoyamos a los criollos en sus aspiraciones de independizarse de los españoles. En consecuencia, junto a mi hermano Miguel Teodoro nos pusimos al servicio de ellos como tantos otros extranjeros.

Pasaba el tiempo y Buenos Aires nos agradaba cada vez más, nos sentíamos porteños, la gente nos quería y nosotros a ellos, disfrutábamos a discreción las ricas comidas con carne vacuna, íbamos a las tertulias ¡cómo nos divertíamos! Conocíamos a las damas más hermosas, entre ellas se destacaba María, la más bella. Bailábamos el Minué y el Vals en la casa de doña Mariquita y en otras residencias a las que éramos convidados.

Cada vez nos destacábamos más por nuestras habilidades navales ¡los valientes hermanos Spiro, siempre al frente! Por esos méritos un buen día fui nombrado Patrón de un Bote de Estado. ¡Qué gran satisfacción y orgullo sentí ese día! Estaba seguro de que me lo merecía. Mi función era controlar el río de La Plata para evitar el ingreso de la escuadrilla realista de Montevideo. Miguel también era Patrón de otro Bote. Y eso no fue todo, nuestro ascenso continuaba. Al poco tiempo, a ambos, por las grandes proezas demostradas capturando balandras y faluchos realistas, el Capitán de Puerto Martín Jacobo Thompson propuso darnos de alta como oficiales de la armada revolucionaria, otorgándonos a cada uno el grado de Subteniente de Marina. Nos entregaron dos de las unidades apresadas. A mí me correspondió una balandra a la que denominaron Nuestra Señora del Carmen, que pasó a formar parte de Escuadra de las Provincias Unidas del Río de La Plata. La arreglé con mucho empeño y la convertí en una completa unidad de combate, dispuesta a zarpar en cualquier momento.

Como oficial tenía más y más responsabilidades, pero sentía que la independencia se acercaba, imaginaba ese momento y estaba dispuesto a entregarlo todo por estas tierras que tanto amaba. El reconocimiento de las autoridades a mi valor me incentivaba más aún. También amaba a María, esa hermosa criolla de catorce años, con quien soñábamos formar una familia y tener muchos hijos. Estábamos felices planificando nuestra boda, ya contábamos con las venias y bendiciones. Pero volviendo a las luchas y resistencia realista, no todo era amor y paz.

Los españoles, con el Capitán Jacinto de Romarate a la cabeza seguían acechando y había que tomar decisiones. En eso estaba trabajando toda la flota con el comandante de la escuadra, el teniente coronel de Marina Don Guillermo Brown. Cuando los realistas se enteraron, enviaron refuerzos para proteger a la isla Martín García, entonces los patriotas enfrentamos a Romarate. La lucha fue intensa, la nave insignia Heroína al mando de Brown quedó varada y muy dañada, fui el único comandante que quedó para protegerla con mi balandra Carmen, las demás naves patriotas se replegaron dejándonos solos, sin dudas, en la toma de Martín García, mi participación con la pobre Carmen fue determinante, don Guillermo jamás se olvidó de ese hecho y agradeció infinitamente mi lealtad del 10 de marzo de 1814. Habíamos perdido muchos hombres en ese combate, su nave tenía grandes averías, pero eso no alteró su espíritu de lucha, estaba acostumbrado a las contiendas del mar, era bien aguerrido, con propósitos claros y no tenía margen para el error pues los ojos de las autoridades estaban encima de él y eso, más lo incentivó. Sus hombres taparon las roturas de la Heroína con cueros secos, la pintaron con brea y quedó lista para batallar de nuevo. Recibió refuerzos de las tropas acantonadas en Colonia del Sacramento y el 15 de marzo las fuerzas patriotas triunfaron al desembarcar en la isla Martín García. Las noticias llegaron rápido a las autoridades y al pueblo, todos festejaron con júbilo consagrando al irlandés, a la armada patriota y a sus hombres de mar como indispensables para la independencia. 

Tras esta derrota realista, supimos que algunas naves españolas se escaparon de Martín García y avanzaron contra la corriente por el río Uruguay con una escuadra a cargo de Romarate. Por mi parte, volví a Buenos Aires porque recibimos la orden de reorganizar una escuadrilla para perseguir al comandante español. Además, era la fecha prevista para nuestra boda, el amor también tenía lugar en medio de las luchas, María me esperó con todo el apronte y muchas ilusiones, nos unimos en sagrado matrimonio, prometiéndonos cuidarnos y amarnos para siempre. Ella estaba muy orgullosa de mis logros como oficial marino, mi amada María Troli de Spiro estaba feliz de ser la esposa de un griego que luchaba por la independencia de su patria criolla. La satisfacción de mi amada esposa se notaba en sus ojos color café que brillaban de amor por mí y por la patria.

A la semana debía salir la escuadrilla para perseguir a Romarate y su gente. Nos miramos a los ojos con María, nuestras miradas llegaron hasta lo más profundo de nuestros corazones, la besé y partí para abordar a Nuestra Señora del Carmen. Me llevé su perfume de malva impregnado en la piel como una dulce compañía.

Fuimos con seis embarcaciones comandadas por el capitán Tomás Nother que iba a bordo de la sumaca La Santísima Trinidad. Sabíamos que nuestras fuerzas eran inferiores a la escuadra realista, igualmente, llenos de hombría, coraje, valor y deseos de libertad, avanzamos río arriba por el correntoso Uruguay al encuentro del enemigo.

Romarate, ese avezado capitán realista, el mismísimo que luchó contra las invasiones inglesas a Buenos Aires, conocedor de esas aguas como la palma de su mano, estaba con su escuadra acoderada en la desembocadura del Arroyo de la China[1], al avistarnos abrió fuego contra la armada patriota al mediodía de aquel 28 de marzo de 1814. Ahí no más le respondimos, fue una lucha en la que los dos bandos demostramos coraje y poderío. Hubo mucho intercambio de fuego en desigualdad de condiciones. Nos habían dicho que los realistas, aunque tenían más embarcaciones, no contaban con suficientes municiones, pero Fernando Otorgués, el segundo de Artigas de la Banda Oriental, inesperadamente les suministró víveres y municiones a los españoles, independientemente de su enemistad. La Santísima Trinidad encalló y con los bombardeos que recibió, el capitán Nother perdió la vida, sus oficiales Smith, Hubac y Ceretti resultaron gravemente heridos, por rol de baja quedó el compatriota griego Nicolás Jorge Kolmaniatis a cargo de nave y logró reflotarla ayudado por el despensero Leonardo Rosales. Nosotros intentamos simular un naufragio de la Carmen con el fin de apresar a Romarate que estaba a bordo de su nave Belén, pero el viento nos jugó una mala pasada al agitar el río. En medio de esa turbulencia vi que los marineros sacaban en un bote a Jacinto de Romarate hacia la costa y los demás nos seguían acribillando de todos lados, se intensificaba el fuego a quemarropa, qué desesperación, pero teníamos que recuperar el Uruguay.

Entre el agua ajetreada que nos levantaba a su antojo y la balacera del enemigo, tuve que tomar una decisión para impedir que Nuestra Señora del Carmen sea capturada por los españoles y que se queden con nuestro importante polvorín, por consiguiente, ordené a mi tripulación desembarcar y tiré una mecha en la santabárbara para que vuele la nave, calculando el tiempo que demoraba en desembarcarme, llegar a la orilla y un poco más. Cuando llegué a la costa, alguien me preguntó por la bitácora secreta, volví a buscarla rápidamente.

Cuando abordé la nave, estalló la santabárbara. De este modo dejé mi vida en el Combate del Arroyo de la China. Aunque nuestra escuadrilla criolla sufrió muchas pérdidas humanas y materiales, cumplimos la misión de aislar al decidido Romarate, para que no avance por el Uruguay.

Sé que no fue en vano, pasé a la eternidad y a los bronces como un héroe naval. El almirante Brown reconoció mi entrega a la causa patriota, mi apellido está en varias calles, en aulas, la Armada Argentina perpetúa mi valentía, en 1938 bautizó con mi nombre a un rastreador que luego pasó a prefectura. Y sigo custodiando eternamente a estas aguas de mi segunda patria: al río, desde Concepción del Uruguay, allí, donde quedó mi cuerpo y derramé mi sangre griega, declararon al sitio Lugar Histórico Nacional, cerca erigieron un monolito y entronizaron Nuestra Señora del Mar Stella Marys, en honor de quienes defendimos el Arroyo de la China ; y al mar, a bordo de la corbeta A.R.A. “Spiro”, incorporada a la Armada Argentina en 1987, allí mi espíritu surca los mares del mundo, acompañando a la valiente muchachada de la armada en las misiones más difíciles y arriesgadas, pero siempre rápido y bien.

Y mi bien amada María, mi joven esposa, aquella destacada dama patricia, gracias al Capitán de Puertos Martín Jacobo Thomson que la ayudó a tramitar la pensión, recibió ocho monedas de oro mensuales por el mérito de ser mi viuda y amar a este marino que luchó desde el agua por la independencia. Fin

Otra forma de terminar este cuento es introduciendo un narrador en tercera persona a partir de la muerte del protagonista:

Cuando el Subteniente Spiro abordó la nave, estalló la santabárbara. Voló por el aire dejando su cuerpo, su sangre y alma en el Combate del Arroyo de la China. Aunque la escuadrilla criolla sufrió muchas pérdidas humanas y materiales, cumplieron con la misión de aislar al decidido Romarate, para que no avance por el Uruguay.

La lucha de Spiro no fue en vano, pasó a la eternidad y a los bronces como un héroe naval. El almirante Brown reconoció su entrega a la causa patriota, su nombre está en varias calles, en aulas y la Armada Argentina perpetúa su valentía, en 1938 bautizó con su nombre a un rastreador que luego pasó a prefectura. Y sigue custodiando eternamente a las aguas de su segunda patria: al río, desde Concepción del Uruguay, allí, donde quedó su cuerpo y su alma en el  lecho del arroyo, declararon al sitio Lugar Histórico Nacional, cerca erigieron un monolito y entronizaron Nuestra Señora del Mar Stella Marys, en honor de quienes defendieron al Arroyo de la China ; y al mar, a bordo de la corbeta A.R.A. “Spiro”, incorporada a la Armada Argentina en 1987, allí su espíritu surca los mares del mundo, acompañando a la valiente muchachada de la armada en las misiones más difíciles y arriesgadas, pero siempre rápido y bien.

Y su bien amada María, su joven esposa, aquella destacada dama patricia, gracias al Capitán de Puertos Martín Jacobo Thomson que la ayudó a tramitar la pensión, recibió ocho monedas de oro mensuales por el mérito de ser la viuda de Spiro y amar a ese marino que luchó desde el agua por la independencia.



[1] El Arroyo de la China es un afluente del Río Uruguay, que en ese lugar se encuentra con el riacho Itapé. Estos cursos de agua están situados al sur de la actual ciudad de Concepción del Uruguay, la cual ya existía en aquel entonces como Villa del Arroyo de la China.

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