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Chajarí, Entre Ríos, Argentina

jueves, 16 de octubre de 2025

Abuelitos sembradores

 

Abuelitos sembradores

China y Alcides eran un matrimonio de jubilados que caminaban juntos todos los días por los alrededores de la ciudad, recorrían despacito observando los espacios verdes. Tenían hábitos alimentarios muy saludables, seguían los consejos médicos, cuidaban su pequeña huerta de dos por dos metros y les daba lástima tirar a la basura las semillas de zapallos, paltas y otros vegetales.

Un día vieron por televisión que en un país lejano dispersaban semillas de frutos desde unos aviones para que la gente tuviera alimentos.

―Viejo ¿y si hacemos lo mismo con las semillas de lo que consumimos? ― le dijo doña China entusiasmada a su esposo.

―Claro, como que si tuviéramos aviones para ir a dispersarlas ―ironizó el esposo.

―Bueno, lo haríamos caminando, tampoco tenemos tantas semillas, las nuestras se perderían desde el avión.

Se entusiasmaron con esa idea y llevaron semillas cuando salieron a caminar, pero no se animaban a sembrarlas porque, si bien había muchos sitios descuidados con pastizales altos, indudablemente tenían sus dueños y ellos no eran usurpadores, y ni siquiera querían los frutos para ellos, de modo que decidieron poner algunas semillas de zapallos y melones cerca de los alambrados de terrenos públicos. En cambio, a las semillas de tomates y morrones las depositaron cerca de un arroyo, a los carozos de paltas y de duraznos los dejaron bien alineados en el espacio entre una avenida y los extensos campos descuidados de una institución.

Ese año había llovido abundantemente y casi todo prosperó. Los abuelitos se sentían felices al ver a la gente cosechando sus frutos y por lo lindo que se estaban poniendo los duraznos y paltas para que disfruten otras generaciones.

Muchos se preguntaban quién los plantó o si habían nacido espontáneamente por acción del viento. Ellos sonreían con complicidad y cumplieron con su deseo de darle vida a sus semillas. 

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