Abuelitos sembradores
China y Alcides eran un matrimonio de jubilados que caminaban juntos
todos los días por los alrededores de la ciudad, recorrían despacito observando
los espacios verdes. Tenían hábitos alimentarios muy saludables, seguían los
consejos médicos, cuidaban su pequeña huerta de dos por dos metros y les daba
lástima tirar a la basura las semillas de zapallos, paltas y otros vegetales.
Un día vieron por televisión que en un país lejano dispersaban semillas
de frutos desde unos aviones para que la gente tuviera alimentos.
―Viejo ¿y si hacemos lo mismo con las semillas de lo que consumimos? ― le dijo
doña China entusiasmada a su esposo.
―Claro, como que si tuviéramos aviones para ir a dispersarlas ―ironizó
el esposo.
―Bueno, lo haríamos caminando, tampoco tenemos tantas semillas, las
nuestras se perderían desde el avión.
Se entusiasmaron con esa idea y llevaron semillas cuando salieron a
caminar, pero no se animaban a sembrarlas porque, si bien había muchos sitios
descuidados con pastizales altos, indudablemente tenían sus dueños y ellos no
eran usurpadores, y ni siquiera querían los frutos para ellos, de modo que
decidieron poner algunas semillas de zapallos y melones cerca de los alambrados
de terrenos públicos. En cambio, a las semillas de tomates y morrones las
depositaron cerca de un arroyo, a los carozos de paltas y de duraznos los
dejaron bien alineados en el espacio entre una avenida y los extensos campos
descuidados de una institución.
Ese año había llovido abundantemente y casi todo prosperó. Los abuelitos
se sentían felices al ver a la gente cosechando sus frutos y por lo lindo que
se estaban poniendo los duraznos y paltas para que disfruten otras
generaciones.
Muchos se preguntaban quién los plantó o si habían nacido
espontáneamente por acción del viento. Ellos sonreían con complicidad y
cumplieron con su deseo de darle vida a sus semillas.
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