Separados
por el lago
Los vecinitos Ani y Cefe
jugaban en la casa que armaron debajo de la planta de corona de novia[1],
entre sus ramas tenían latitas, muñecas, autitos, tractores, camiones, los
premios sorpresa que venían con los Topolines[2]
y otras cosas que ellos convertían en juguetes, tales como piezas de autos, las
butacas de un viejo Jeep y los neumáticos que encontraban en el fondo de sus
casas, las cuales estaban separadas por un tejido bajo que se podía cruzar
fácilmente ¡Todo servía para divertirse! Cuando la casa de corona de novia se
llenó de juguetes, hicieron otra en la planta de mburucuyá que estaba apoyada
en el tejido divisorio. A esas mágicas salas de juegos concurrían otros
amiguitos del pueblo y se armaba la gran fiesta infantil. «Dice que éramos»,
expresaban e imaginaban las historias más desopilantes: las niñas eran reinas
con las flores blancas en la cabeza, otros eran fruteros y clientes que vendían
naranjas, un grupo servía el té o tomaba mates, algunos amasaban con arena, los
amigos de los animales jugaban con los perros Batuque y Corbata, los más
grandes comían dátiles caídos de la palmera que había en el patio, los negociantes
salían por el barrio a vender los deliciosos mburucuyás, los más veloces eran
corredores como Reutemann, hacían rodar unas cubiertas por la vereda entre la
gente que estaba sentada afuera, de ese modo disfrutaba en la década del
setenta la gurisada santanaense, en aquel pequeño pueblo cercano al Río Uruguay
en el norte entrerriano.
Anita y Cefe eran los
gurisitos más pequeños de sus familias, ambos tenían tres hermanas mayores cada
uno y les encantaba seguirlas cuando las chicas salían por el pueblo a pasear,
les decían “las colitas” porque siempre andaban siguiéndolas de aquí para allá.
En uno de esos paseos, a mediados del año mil novecientos setenta y ocho, las
hermanas fueron a conocer unos barrios que estaban construyendo en la parte más
alta del pueblo, por supuesto que los niños no se perdieron esa caminata.
Cuando llegaron, quedaron muy impactados con un montón de casas todas iguales,
con la curiosidad de sus cinco o seis años preguntaron «¿quiénes van a vivir
en tantas casas? ¿de dónde sacarán muchas personas para llenarlas?». Sin
sospechar que eran justamente ellos con todos los que vivían en la parte más
baja del pueblo los que se tenían que trasladar a ese lugar. Y menos aún se
podrían imaginar su vida sin la planta de corona de novia y el mburucuyá.
Ante la insistencia de las
preguntas, cuando llegaron a la casa, la madre de Anita les contó a los dos
que: «dentro de un tiempo en Concordia van a “atajar” el agua del río con
una represa, así como hacemos cuando ustedes me ayudan a regar los tomates y
para que el agua no se vaya, ponemos un montón de tierra. Bueno, lo que hacemos
en la huerta es como una represa chiquita, allá va a ser grandota, va a pasar
un poco de agua, pero una gran parte va a quedar, entonces el arroyo donde
vamos a bañarnos se va a ensanchar, va a engordar mucho, mucho y va a llegar a
nuestras casas, formando un gran lago. Y, como no somos peces, no vamos a poder
vivir en el agua, por eso vamos a ir a vivir a esas casas. Todos los que
vivimos desde la carnicería hasta el arroyo, nos tendremos que ir a esas casas
que ustedes vieron en la parte más alta del pueblo o a otras ciudades».
― ¿Y las plantas de las
casitas de jugar? ―preguntó
Ceferino muy preocupado.
―Vamos a llevar semillas
para plantar corona de novia y mburucuyá allá. También podemos hacer una nueva
planta con un gajo de coronita. Después, cuando se sequen las flores, junten
semillas y guárdenlas. Y para hacer una nueva planta de mburucuyá, tendrán que
guardar las semillas rojas que tiene la fruta o sea la parte que comemos. Lo
que podemos hacer ahora mismo, es poner gajos en una maceta para que vayan
haciendo raíz ―propuso la mamá.
― ¿Y la palmera que da
dátiles y los otros árboles grandes? ―Preguntó
Anita.
―Bueno, a esos no los
podemos llevar, tendremos que plantar nuevos árboles allá y cuidarlos para que
crezcan ―contestó
resignada la mamá.
― ¿Para qué quieren plantar
tantos tomates? Porque si van a atajar mucha agua es porque van a plantar un
montón de tomates ―interrogó Cefe después de
reflexionar un rato.
―No mi amor, no es para
plantar tomates ―le contestó la mamá de Anita― en la represa van a
instalar unas grandes máquinas que se llaman turbinas, que trabajan con el
movimiento del agua para “hacer electricidad”, para que anden las heladeras,
para que todas las casas tengan luz, para que funcionen las máquinas de las
fábricas que hacen juguetes, ropas, dulce de leche, bicicletas, pelotas, autos
de verdad y todas las cosas que hacen las fábricas. Desde la represa van a
mandar electricidad a toda la Argentina y al Uruguay, por eso tendremos que
dejar nuestras casas e irnos. ¿Vamos a cortar unos gajos para que vaya
creciendo la planta nueva?
Ante lo irremediable los
gurisitos fueron con la mamá que les ayudó a cortar unos esquejes de la
coronita de novia y los plantaron en una maceta con muchas ilusiones y
esperanzas de llevarse al menos una planta para armar una nueva casita. También
pusieron a secar unos frutos de dátiles y mburucuyá.
Los niños siguieron jugando
los meses siguientes, se reunían con los amigos, disfrutaban los lugares que se
inundarían: el arroyo tan playito y lindo que se podía cruzar caminando; el
puente que tenía debajo esos colchones de arena blandos para enterrarse,
dejando solamente la cabeza afuera; las mojarritas que se pescaban con la mano
o una bolsita; la estación del ferrocarril donde pasaba el tren y el coche
motor; el club; la cancha de fútbol. Cada lugar parecía más lindo y especial,
como aquellos últimos caramelos de la bolsa que se está por terminar.
Llegaron las fiestas de fin
de año, esa vez eran muy especiales para todos, porque además de despedir el
año, se despedía al pueblo. Festejaron navidad, año nuevo, reyes, carnavales y
en marzo comenzaron los traslados de las familias. Arribaron unos camiones
modernos, de esos de mudanzas internacionales para movilizar a los desplazados.
Los transportes se iban cargados y la gente saludaba con mucha emoción, si
salían para el lado del puente que se iba a inundar, era seguro que iban a
otras localidades, en cambio si se dirigían hacia el lado opuesto, se mudaban a
la parte alta del pueblo. Algunas familias se fueron a Chajarí, a Concordia, a
la Nueva Federación ―ciudad que también se estaba trasladando por el lago―,
otros se iban a Mocoretá, a la Nueva Estación de Ferrocarril Santa Ana que la
construyeron del otro lado del lago, siguiendo al nuevo tramo de la vía férrea.
Varios de los chicos que venían a jugar a la casita se fueron a otras
localidades, Cefe también debía irse a vivir del otro lado del lago, estaba muy
triste, su casa nueva quedaba bastante aislada de todo, entonces los padres lo
dejaban unos días en la casa de Anita, después volvía a su casa nueva para
adaptarse, iba y venía para que no sienta tanto el desarraigo.
En la medida que la gente se
iba yendo, le sacaban las aberturas, el techo y todo lo que se podía reutilizar
e inmediatamente comenzaban a demoler las paredes porque tenían que dejar
limpio el terreno para formar el lago. Cefe y Anita iba a ver cómo demolían la
estación, el club, las casas vecinas y cómo cortaban los árboles gigantes.
Anita y su familia fueron unos de los últimos en mudarse a las casas de la zona
alta.
Una vez que se trasladaron,
el problema era Batuque, el perro de Anita no se quería quedar en la casa
nueva. La diminuta mascota de cola corta, color natural con manchitas marrones
oscuras, se escabullía por donde podía y volvía a la casa vieja que estaba a
punto de ser destruida, lo buscaban y volvía a irse, se escondía entre los
escombros. Parecía que el perrito quería cuidar su vieja casa porque sabía que
la iban a derrumbar como a las demás, insistía tanto en escaparse y volver
hasta que un día fue el señor de la topadora con el perro a upas a pedir a los
dueños que lo encierren para que no se escape.
Lo último que intentaron
derrumbar fue el puente, lo dinamitaron con unas bombas y no lo pudieron
derribar. La gente seguía pasando por el viejo y querido puente, hasta que el
arroyito de a poco fue creciendo sin parar, fue ocupando espacios, se acercó al
camino y lo cortó. Una mañana Cefe iba con su papá a quedarse unos días en la
nueva casa de Anita y ya no pudieron cruzar, tuvieron que hacer unos veinte
kilómetros más para llegar a Santa Ana. Con los días el agua formó el gran lago
como lo habían previsto quienes proyectaron la Represa Hidroeléctrica de Salto
Grande, la gente iba a ver cómo crecía su lago, el agua avanzaba mezclando los
sentimientos de los habitantes, lo que fue y lo que iba a ser ¿qué pesaba más?
Si bien el pueblo quedó casi aislado de todo porque tenían una sola salida, los
habitantes pensaban unidos en el futuro, comprendiendo que la forma de salir
adelante era queriendo al lugar, solo el amor por Santa Ana y a su lago los
podía salvar.
En cuanto al pobre Batuque,
vivió unos meses en la casa nueva, estaba muy triste. Algunas veces lo llevaron
a pasear y a ver el lago, pero no recuperó más su alegría ni movía su rabito.
Una siesta iba caminando por un pasillo de la casa nueva, de repente cayó para
no levantarse más. Pudo haber sido porque extrañaba la vieja casa o tal vez por
su edad, la cual nunca supieron porque llegó a su familia ya siendo Batuque.
Anita y Cefe plantaron sus
coronitas de novia y sus mburucuyás en sus respectivas casas con muchas
esperanzas de que crezcan grandes y hermosas como las plantas que devoró el
gigante lago. Sus familias se solían visitar y ellos aprovechaban a jugar, era su
último año sin ir a la escuela, porque al año siguiente comenzaban primer
grado, en esa época en los pueblos chicos y colonias, no había jardines de
infantes por eso ellos armaban esas casitas tan divertidas para jugar y
aprender con muchos amigos.
Pasaron los años y la
amistad entre aquellos dos niños seguía y crecía, como iba creciendo el pueblo
camino a la hermosa ciudad turística en la que se convirtió Santa Ana, con los
años y el esfuerzo de su gente. Cierto día Cefe fue a visitar a Ani, juntos
fueron a caminar y se sorprendieron al ver que cerca de la costanera
construyeron un romántico puente, no era un puente para pasar sobre un arroyo,
era un mirador, un acceso, una entrada, entonces decidieron que ese puente era
un símbolo de su amistad, porque les recordaba el viejo puente que quedó bajo
el agua, donde habían sido tan felices jugando con toda la gurisada del pueblo.
Para ellos sería el puente de la amistad y como sello de esa unión, para darle
más vida y significado al lugar, plantaron unas semillas de coronitas de novia
y mburucuyá en los extremos de la estructura. Las plantas prosperaron, con gran
complicidad y felicidad ellos y todo el pueblo las veían crecer y florecer.
“Cuando alguien se va de un
pueblo, se lleva la esperanza de regresar en cualquier momento, pero cuando el
pueblo desaparece y se convierte en un lago, esa esperanza también se esfuma.
Solo agua… No hay casas,
calles, árboles, arroyo, vecindad, nada que ayude a reconstruir un recuerdo de
la infancia. Queda la memoria frágil, lo vivido, el amor y la amistad colgada
en la réplica del puente”.
Anita y Cefe, entre la Vieja
y la Nueva Santa Ana
[1] Corona de novia: Arbusto muy
ramificado que da unas pequeñas flores blancas.
[2]
Topolín: Marca de una golosina que venía en un sobre de papel que contenía un
chupetín sabor a frutas y un juguete sorpresa.

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