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Chajarí, Entre Ríos, Argentina

jueves, 30 de abril de 2020

Opuntia Ancalada


Inspirada en Punta Alta💓

                                             Opuntia Ancalada
     En la pista de salud y otros sitios rosaleños similares, donde aún se conserva la vegetación autóctona a su alrededor, los caminantes disfrutan sus paseos mientras el viento marino los acaricia dejándoles una suave salinidad en la piel.  Van acompañados por sus mascotas,  en grupo o en soledad. También  ciclistas y  deportistas pedestres ejercitan entusiasmados con la esperanza de subir  al podio, compartir una pasión deportiva con sus semejantes, gastar energías o  simplemente para mejorar  la calidad de vida.
    
     En estas rutinas, alguien de pronto se ve sorprendido por una opuntia, una tuna u otra  suculenta semejante, como si esa planta nunca hubiese existido allí.  Ciertamente  estuvo y está reciclándose desde tiempos inmemorables,  pero es como si aflorara para cada transeúnte  que la descubre, se reinventa  con una potente atracción inexplicable, irradiando una energía especial que llama la atención.  Este fenómeno sucede por  la fuerza que emana de estas cactáceas rosaleñas, que han convertido sus hojas en espinas para resistir.  Sí, de resistencia, de eso se trata...  
     
     Cuenta la leyenda, que cada ejemplar de esta especie nace justo en el lugar donde  vivía  un integrante de los pueblos originarios que habitaban estas tierras.  Ellos, los dueños  de estos terruños por derecho propio, eran parte de la tierra y ésta a su vez, parte de ellos. Su posesión era natural y política, porque se las habían otorgado las autoridades a cambio del apoyo en la lucha contra las invasiones de otros grupos.  Cuando la ambición económica superó a la ingenuidad de los autóctonos, los funcionarios desestimaron promesas o acuerdos,  avanzando y avasallando derechos, a tal punto que los obligaron a desplazarse hacia el sur del país.  Con todo lo que implicaba este desarraigo, migraron dejándolo todo, con la angustia de no poder resistir al autoritarismo.
      
     Hoy las opuntias y sus parientes vegetales se yerguen por doquier intentando buscar  justicia para el amo innato.  Se hacen visibles en  estos  espacios elegidos masivamente  por quienes andan, pasean, marchan, caminan, trotan  o corren, y no es casualidad, sino que es  una forma de manifestar la presencia ancestral  de los  nativos  en estos territorios medanosos, que a través de estas plantas recuerdan su existencia.  Por eso cuando circulen por ahí, no las depreden, porque tienen además de las  funciones ecológicas, una función histórica.👈👀


Imágenes tomadas entre 2017 y 2018





















Esto es una creación  literaria, matizada con algunos tintes históricos y mucha fantasía.  Las opuntias existen,  pero no busquen en los libros de botánica las opuntias ancaladas,  no las encontrarán, son producto de la fusión   biohistóricoliteraria si se permite el término.

Fuente consultada:

miércoles, 29 de abril de 2020

Gracias a Julia


Relato inspirado en Punta Alta a partir de una conversación con un vecino del lugar, quien me contó que había  una elefanta enterrada enfrente de su casa.
Gracias a Julia
En todas las ciudades del mundo hay un terreno baldío de grandes dimensiones  y es allí donde se instalan los circos itinerantes   con sus inmensas  carpas.  Por alguna razón siempre quedan esos espacios, como si estarían esperando a los entretenimientos nómades.  En algún momento, efectivamente llegan, desembarcan acróbatas, actores de teatro, motociclistas, contorsionistas, equilibristas, magos, malabaristas, mimos, patinadores, payasos, titiriteros y cuanta destreza circense exista.  Durante la permanencia se altera la ciudad porque invaden con publicidad por distintos medios:  a la salida de los colegios  repartiendo entradas promocionales, rodantes que recorren todos los barrios, algunos se anuncian en aviones, por radios, diarios o televisión, en definitiva, nadie queda sin saber que hay un circo.  
En la década del setenta u ochenta, cuando todavía la publicidad era boca a boca, llegó a Punta Alta un gran circo, que además de las habilidades humanas, tenía animales salvajes adiestrados como era habitual en ese entonces.  Contaba con una pareja de leones, un oso, tres monos, un tigre y una elefanta a la que llamaban Julia.  Ella era el gran atractivo y durante la primera semana hizo muy bien sus piruetas.  Luego se enfermó gravemente al tragarse una botella con hipoclorito de sodio (lavandina) y no hubo forma de salvarla.  Sus restos quedaron  enterrados en el terreno ubicado en Colón e Italia de esta hermosa ciudad.   El circo siguió hacia otro destino con  el itinerario previsto. 
A partir de ese momento ya nada fue igual en ese sitio.  Los niños que conocieron a Julia pasaban tristes por el lugar  y  le tiraban flores desde lejos.  Si alguien quería comprar ese terreno para construir, el negocio nunca llegaba a concretarse, ni el municipio pudo urbanizar en ese espacio.
Paulatinamente la vegetación fue cambiando, a las plantas propias del lugar como opuntias, tunas, cañas de castilla y cortaderas, se le agregaron  acacias tortilis, kigelias, baobabs,  gramíneas de la sabana entre otras  especies   propias de África.
 Después de unos años y de ver esa transformación en el paisaje, la gente del lugar se convenció que  Julia no  perdió en vano su vida, afirmaron  que vino a dejar un mensaje a la humanidad para que no se utilicen animales para diversión, que no los maltraten, tampoco los alejen de su hábitat para que no se extingan.  Otros vecinos añadieron  que esta elefanta se negó a seguir mostrando estas prácticas a los niños para que no naturalicen el adiestramiento, que nunca es sin sufrimiento.  También  hubo  gente muy imaginativa que inició investigaciones para saber si este terreno  tiene una conexión intraterrestre con la cuna de los elefantes en África y suponen que por eso la elefanta lo eligió como su último destino.  Esto jamás se supo con certeza, aunque varias leyendas urbanas  afirman la versión.  Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que pasados los años este lugar sigue con su nueva vegetación, los niños y niñas de las cercanías juegan, arman sus carpas y escondites entre el herbaje con mucho misterio, crean allí las historias más desopilantes.  A este espacio no se lo ha podido utilizar para otra cosa y ya los circos del mundo  no usan más animales salvajes. ¡¡Gracias Julia!!
Fotografías del terreno de Colón e Italia, tomadas en 2018













lunes, 27 de abril de 2020

Cuento Ella camina hacia sus orígenes

Caminando hacia sus raíces

Verona Anahí ama caminar, caminar y caminar, por las mañanas o las tardes, el tiempo es indistinto, mientras camine. Disfruta esos paseos en soledad o en compañía de alguna amiga, aprovechando los variados senderos peatonales de Chajarí, su ciudad adoptiva desde hace unos meses cuando vino con sus padres desde el sur, quienes volvieron a su tierra de origen después de vivir muchos años en Ushuaia. La chica recorre los caminos sin un itinerario fijo, asimismo anda y desanda los espacios para peatones que no tengan cemento, prefiere piedras finas, arena, césped o cualquier pastito. Su sitio favorito es el parque termal, que queda a unos tres kilómetros de su casa que está en el centro de la ciudad. Allí encuentra la fusión perfecta entre naturaleza e intervención humana. Es ahí donde siente mayor plenitud, experimenta una conexión especial con esas tierras, como si fuera parte de estas desde tiempos ancestrales.

El agua es otro elemento del hábitat que le genera a Verona Anahí una vitalidad sublime al realizar sus caminatas. Ver, oír, palpar, oler y hasta saborear las aguas del predio termal que brotan del magnífico acuífero guaraní, la vinculan con un ente intangible pero muy presente en cada una de sus células.

Y el sol es un compañero que ella también aprecia para sus paseos, por supuesto respetando los horarios de exposición, para cuidar su hermosa piel morena que heredó de su abuelo materno Cuñambuy y sus ojos celestes heredados de su abuelo paterno Divecchio, esos bellos pedacitos de cielo están protegidos por unas llamativas pestañas tupidas, arqueadas y oscuras que contrastan con el largo cabello lacio, abundante, tan dorado como el trigo maduro. Sus pasos son cortos y rápidos, su estatura es baja y tiene la sonrisa más encantadora del mundo con la que hace resaltar sus pómulos bien definidos. Se apropia con su belleza inusual de cada espacio que recorre, los magnifica, les imprime un hechizo mágico, porque confluyen en su persona los rasgos de los habitantes originarios de estos terruños, con los de quienes inmigraron a la zona de Chajarí. La presencia de ella no pasa desapercibida, todos voltean con admiración y respeto al verla pasar. Los lugareños piensan que es una turista y los turistas que es una lugareña u otra turista.

Cierto día Verona descubre la reserva natural en el parque termal, queda deslumbrada con toda esa naturaleza tan cercana, no puede dar crédito de cuanto ve, percibe una atracción inexplicable por ese sitio. Piensa «¿Habrá que pagar para entrar?» —¡Lo averiguará!  Mientras, decide recorrerlo por la periferia, avanza observando con entusiasmo las especies a la distancia, sigue admirando su hallazgo desde el perímetro, estira la cabeza como espiando, porque escucha ruidos y quiere saber quién los provoca. Casi sin percatarse de cuánto se había desplazado y del tiempo transcurrido, de pronto advierte que se está poniendo oscuro y emprende rápidamente el camino a su casa.

Al llegar, sigue con sus rutinas familiares y con el firme propósito de ingresar a la reserva en sus próximas caminatas. Comenta en su hogar acerca del tesoro descubierto como algo grandioso, que en el sur entre la nieve no veía, sin embargo, su familia no le da mucha importancia a lo que ella cuenta:

—¡Ah! esos son árboles de la zona que nacen espontáneamente y otros que se plantan desde hace muchos años en la región le dice su padre—.

—Sí, los dejaron en la reserva para que no se extingan y para que vivan las aves y otros animales de la zona, o sea conservar la biodiversidad y de paso que purifiquen el aire. Cuando éramos gurises teníamos árboles así cerca de nuestras viviendas — le cuenta la madre—.

—¿Dónde? ¡quiero ir a verlos! —exclama Verona.

—No hija, ya no existen, los han sacado para hacer la represa o para plantar otros cultivos para el consumo humano, como alimentos, madera o criar animales también.  —agrega el padre—.

Al día siguiente el clima presenta las condiciones ideales para que ella pueda salir, se presenta una típica jornada del inicio de primavera, despejada, con sol suave. Rapidísimo llega a la reserva, pregunta a una señora si se podía pasar, quien le indica que sí. Plena de felicidad comienza a explorar el ambiente, siempre con esa sensación de «llamado de la naturaleza» que le despierta curiosidad, expectativas y asombro. Va atesorando en su mente lo que ve, muchos árboles tienen carteles con nombres: curupí, ñandubay, espinillo, paraíso, sen del campo, entre otros.  Pisa el suave pasto, ve unos cuises royendo hierbas, escucha silbidos y otros ruidos de aves, siente el sonido relajante de una corriente de agua. Hay varias indicaciones, bebederos y comederos para las aves, miradores, puentes y senderos que se bifurcan invitándola a descubrirlos. Todo le resulta tan deslumbrante que se siente incentivada a volver al lugar una y otra vez, sin dudas ese es su lugar en el mundo —escribió en su diario por la noche antes de acostarse—. 

Cuando en apariencia ya no hay más novedades por explorar, se dispone a apreciar los cambios que se van produciendo en la naturaleza, los disfruta, recibe la energía que emanan los árboles, se deja sorprender por la vida dinámica del sitio, ve a otros visitantes recreándose, tomado fotos y avistando la rica fauna. Pero en el atardecer de un sábado de noviembre parcialmente nublado, ¡¡le sucede algo increíble!!, percibe una sensación muy extraña detrás de su curupí favorito. Le parece haber visto su cara como si fuera en un espejo. Despeja la vista sacudiendo la cabeza y no vuelve a ver lo que hace instantes parecía haber captado con la mirada. Seguramente ha sido una sensación o una sombra, porque el sol aparece y desaparece —piensa y abandona el predio más inquieta que nunca—. Pasan unos días de lluvia, durante los cuales no puede ir y, a la semana siguiente vuelve, un día, otro día, siguen sus paseos sin volver a encontrarse con ese supuesto rostro tan intrigante.

En algunas ocasiones, durante sus excursiones intuye una presencia, pasos torpes, un aliento raro, una mirada que no puede ver concretamente, lo cual la hace pensar que solo es producto de su imaginación, posiblemente por sentirse tan a gusto en el lugar.

Después de varias semanas, un sábado con meteorología similar a aquel día de noviembre ¡vuelve a aparecer ese rostro! Lo ve una y otra vez, supone que los guardaparques del lugar han colgado la tapa de una lata espejada para escribir alguna indicación y es su propio rostro lo que se refleja. Se acerca sigilosamente, rodea el árbol ¡el rostro sonríe! ¡ella no!, la embarga un gran susto. Aparece un joven con los pómulos bien definidos, largas pestañas oscuras, tez morena, bastante parecido a ella, a diferencia del color de los ojos, el cabello y el cuerpo fornido del muchacho. Él sonríe de la forma más sincera y hermosa que jamás haya visto, esta vez ella se la devuelve y enseguida lo apabulla con preguntas sin tenerle miedo, porque la similitud entre ambos, le inspira una gran confianza: «¿quién sos?, ¿qué hacés, por qué me seguís?». El extraño desaparece dando un salto en un barranco sin emitir sonido alguno. Asombrada, pero ya no asustada, se queda mirando un buen rato el espacio vacío y como no vuelve a aparecer decide regresar a su casa.

Sus padres y amigos no le creen cuando les cuenta lo que vio, tal es así que deciden acompañarla en los siguientes paseos y, efectivamente, nadie ve lo que ella dice haber visto. Al tiempo, cuando la familia constata que solo es una ilusión de su hija, ya no la acompañan. Verona retoma sus paseos solitarios y el misterioso joven reaparece, la contacta en uno de los senderos de la reserva, le obsequia unas extrañas semillas envueltas en una hoja de cala y desaparece en el mismo barranco anterior. Ella se queda esperando en vano un buen rato y luego regresa a su casa.

Al día siguiente, se levanta temprano, analiza las semillas, pide instrucciones a sus padres para preparar la tierra y siembra con gran entusiasmo en el patio de atrás el regalo del amigo misterioso. Siente la necesidad de retribuírselas de alguna manera, entonces junta todas las semillas que habitualmente se tiran con los residuos domiciliarios y cada vez que vuelve a la reserva, lleva carozos, semillas de zapallos, de tomates, de morrones y de todos los alimentos que se consumen en el hogar. Por si acaso agrega garbanzos, variedad de porotos, lentejas, arvejas y trigo. Las deposita cerca de su curupí favorito y para la próxima vez que va, desaparecen, no sabe si las retira su amigo semillero, algún animal o las personas que andan por el lugar.

Pasan unos meses y las semillas que plantó en su patio dan sus frutos. Un día viene a visitarla el bisabuelo materno de Verona y ve las plantas crecidas en el patio, no puede salir de su asombro al reconocer hojas de papines, pimientos, maíces y maníes de distintos tamaños y colores, más una planta de quinua. La chica le cuenta el origen de las semillas y don Cuñambuy le explica que sus antepasados tenían reservorios subterráneos de semillas con túneles que salían a distintos lugares. Las guardaban para preservarlas en caso de invasión, por si tenían que abandonar voluntariamente el lugar por falta de alimentos o, simplemente para volver a sembrar al año siguiente, perpetuando esas especies vegetales tan útiles. Es probable que este muchacho pertenezca a esos grupos que permanecen ocultos y subsisten a través de distintas generaciones desde tiempos remotos —dice el bisabuelo.  Por esos túneles —agrega el bisabuelo— salen a lugares inhabitados, cultivan espacios pequeños de tierra para obtener alimentos y vuelven a guardar semillas. 

Verona, tras escuchar el relato, se siente una elegida para cumplir ese rol con las semillas, más en estos tiempos que la humanidad está volviendo al consumo de alimentos antiguos y naturales, por lo tanto, le resulta imperiosa la necesidad de colaborar con esta cruzada. Siempre supo que tiene una misión especial en la vida y que la motivación de sus caminatas es por una causa muy noble. En cada oportunidad que visita la reserva, piensa que nada es casual y sigue llevando semillas para «el reservorio», además a veces ella también encuentra semillas nuevas que no son de los árboles cercanos, las lleva, siembra, cuida, cosecha, comparte, come y devuelve las nuevas semillas que produce para que continúe este misterioso ciclo vital.

El bisabuelo se entusiasma mucho al reencontrarse con aquellos cultivos de su infancia, por eso colabora con la misión de su bisnieta, comparte semillas y plantines con sus amigos del centro de jubilados y entre sus vecinos que demuestran interés. Se va generando como un círculo de solidaridad y bienestar alrededor de cada planta. No se limita a darles las semillas solamente, además las acompaña con información cultural como recetas culinarias y otros usos, formas apropiadas de cultivarlas para un mejor rendimiento y aprovechamiento del agua y la tierra.  El bisabuelo y Anahí, como prefiere llamarla él, han formado un equipo de trabajo con mucha pasión, él aporta sus saberes tradicionales, ella le incorpora los conocimientos escolares, sobre todo los de geografía ambiental. Dan consejos a quienes quieren escucharlos para evitar la depredación de las especies, sobre el uso responsable que se le debe dar a las mismas para evitar alteraciones ambientales.

Anahí sigue visitando la reserva porque se siente muy a gusto en ese paraíso. Su amigo, sin hacer sus apariciones, la sigue inspirando, ella está segura de que todas las culturas tienen mucho para aportar e intercambiar, lo importante es que se respeten entre ellas, que ninguna absorba a la otra, que se enriquezcan y potencien entre sí. Está orgullosa de ser el ejemplo perfecto de integración entre culturas, por sus sentimientos, su aspecto físico y por sus nombres. Y recuerden, si encuentran semillas cerca de un curupí, no las retiren, son para Verona o para su amigo misterioso. 
😉😊.









sábado, 25 de abril de 2020

Buenas vecinas

Diálogo entre la Cina-cina y la Palmera Pindó en Avenida Padre Gallay- Chajarí, Entre Ríos - Argentina

Buenas vecinas

-Palmera Pindó: ¡Buen día vecina! ¿Cómo estás?
-Cina-cina: ¡Bien, bien! Un poco aburrida, extrañando a los caminantes con su alegría y sus musculosas  de vistosos colores.
-Palmera Pindó: La verdad que sí, aunque en estos días noto que el aire está más puro,  también extraño a los autos, que si bien contaminan con sus gases y ruidos, son parte de mi vida.  Nosotras, las palmeras, crecimos  con ese ambiente y nos adaptamos muy bien ¿acaso no me ves hermosa?
-Cina-cina: ¡Claro que sí!  En cambio yo, mira lo mal que me veo, con la erosión estoy quedando descalza, mis raíces están expuestas al aire, no sé cómo haré para alimentarme  si esto sigue así.
-Palmera Pindó: ¡Verdad! Nosotras no tenemos ese problema, estamos rodeadas de cemento, pero te digo, a veces con el  calor me gustaría andar en patas, bueno… en raíces.  ¡No sabés el calor que pasamos!
-Cina-cina: Pero ustedes están bien protegidas, mirá el cordón, el cemento y el asfalto que te rodea, nosotros no tenemos nada.  Fíjate en  los cardos y mis otros vecinos, todos descalzos, siendo que somos  autóctonos, vivimos acá desde siempre.  Vienen ustedes y las tratan como las grandes reinas de lugar. 
-Palmera Pindó: Bueno, no es tan así.  Ustedes tienen muchas ventajas,  crecen con total libertad, se pueden reproducir tranquilas aunque el suelo se  erosione, en cambio nosotras, soltamos una semilla al asfalto y no puede germinar.  Y hablando de autóctonas, las palmeras también somos del litoral argentino entre otros lugares, nada de  exóticas, lo que pasa  es que crecemos en otros sitios de la región o no no dejan crecer por el pastoreo y los cultivos.
-Cina-cina: La verdad que me has levantado el ánimo, siempre envidiaba sanamente al verte tan prolija, pero nunca me puse a pensar en lo buena que está mi libertad, poder elegir para qué lado quiero dirigir mis raíces, ver mis hijitos crecer💓💓, compartir el espacio con otras especies.
-Palmera Pindó: Es así, todas las plantas tenemos una función en la naturaleza, incluso las que fuimos cultivadas, estamos por alguna razón.  A este lugar, en tiempos normales, viene mucha gente distinta,  algunos  prefieren las plantas como ustedes, en su hábitat natural, observan con atención sus raíces, sus esfuerzos por sobrevivir y ustedes le dan una enseñanza de vida: "a pesar de la adversidad, siguen firmes"💪,  por eso las admiran, se sacan fotos junto a ustedes.  Otros prefieren paisajes  más humanizados como nosotras, al ver la fila prolija de palmeras, sienten que están en un lugar maravilloso y disfrutan también. 
-Cina-cina: ¡¡Tenés razón!! Juntas, conformamos un paisaje ideal, para todos  los gustos. Convivamos en paz y armonía aprovechando nuestras diferencias, siendo la antesala perfecta para ir a  las termas.
-Palmera Pindó: ¡De acuerdo! ¡Uy! viene la camioneta de la policía, que no nos vea hablando, disimulá.
-Cina-cina: No hay problemas, cada una está en su casa y guardamos la famosa distancia social.
-Palmera Pindó: ¡Sí, es verdad!  Además este virus no nos  afecta a las plantas. 
-Cina-cina: Bueno vecina, ha sido  un gusto esta charla.  Me está dando hambre, voy a aprovechar el sol para hacer un poco de fotosíntesis.  Nos hablamos!! 😜😘






lunes, 20 de abril de 2020

La vaca inmortal (Versión chajariense)

Relato inspirado en la Avenida Padre Galay de Chajarí, Entre Ríos.  En este mismo blog hay una versión puntaltense que tiene como protagonista a una vaca almada https://letrasdenatalan.blogspot.com/2016/05/leyenda-urbana-de-punta-alta-la-vaca.html

La vaca inmortal (versión chajariense)

Desde que aconsejaron “en lo posible reemplazar las pastillas por las zapatillas”, la gente calzó sus deportivas y se volcó masivamente a caminar, correr o trotar en todos los lugares del mundo. Y a lo de las pastillas, cada uno lo decidió con su médico de cabecera. Con esta premisa en todas las ciudades los deportes pedestres individuales o en equipo proliferaron, los gobernantes prestaron atención a estas conductas, generando espacios apropiados para tales prácticas. 
En Chajarí, uno de los tantos lugares favoritos para caminar, correr o correcaminar es la senda peatonal paralela a la Avenida Padre Gallay. Es frecuente ver allí personas de todas las edades en distintos momentos del día y a los ritmos más variados. Muchos se saludan cortésmente, otros no miran a nadie, algunos desde un coche ven a alguien que conocen y tocan bocina o le gritan el clásico ¡¡weeep!! 
     Todo transcurre tranquila y distendidamente, se respira felicidad plena al son de los ruidos habituales del tránsito, de algunas aves del lugar y si en esos días hay remate en La Rural, los mugidos acompañan todo el trayecto. Pero… cuando este predio está en silencio, cuentan quienes caminan, que en reiteradas oportunidades se les aparece una vaca muy especial, algunos la escuchan, otros también llegan a verla con su cuero desteñido por el tiempo. ¡¡Así es!! Según relatan los paisanos, hace mucho tiempo, unas cuantas décadas atrás, hubo un gran remate extraordinario, al que concurrieron ganaderos de varias provincias y de los países vecinos. Entre una cantidad y variedad de vacunos, había un lote muy especial proveniente de Perugorria. El mismo despertó gran interés entre los compradores, las ofertas y contraofertas fueron tantas que elevaron su precio. Finalmente un estanciero de Pergamino redobló la última oferta y el martillero bajó su herramienta de trabajo con un golpe seco sorprendido con la subasta lograda. 
     Concluido el remate, controlaron las guías y los arrieros se dirigieron al embarcadero a cargar los animales a las jaulas, habían completado varios equipos ya, cuando una vaca del lote de Perugorría se empacó y no hubo forma de cargarla. Insistieron, llamaron a unos cuantos baqueanos, incluso un veterinario aplicó psicología animal, sin lograrlo. Mientras pensaban la forma de embarcarla, la traviesa vacuna se escapó, sorteó corrales y se internó en el monte. Se fueron todos y el animal misteriosamente no dio señales de vida.
     Al tiempo comenzaron las apariciones y cada tanto se le presentaba a algún jinete solitario que andaba por ahí. Lo que ocurría, como siempre sucede en estos casos, nadie le creía a estos caballeros, aunque se les apareció a varias personas en distintas épocas. Todos sabían que aquella vaca rebelde nunca apareció, porque con el oficio de las rutinas de un remate, también se transmiten a los peones nuevos las anécdotas. 
     La situación cambió cuando la zona se modernizó, comenzaron sus andadas los caminantes, las apariciones de esta vaca fueron más frecuentes, la gente empezó a comentar, la leyenda urbana pasó de boca en boca haciéndose popular y viral, porque a alguien se le ocurrió publicar su versión en las redes sociales. Como suele pasar, cada persona escucha lo que quiere y lo que le conviene, algunas cuentan que en su mugido les dice “no comas carne, sé vegetariano o vegetariana”, otras han dicho que escucharon “no uses ropa de cuero”, en cambio el grupo mayoritario dice oír cosas como: “comete un asado”, “alimentate saludablemente”, “seguí las tradiciones argentinas”, "comé milanesas" entre otras. En fin, será cuestión de prestar mucha atención al pasar por el lugar para saber qué es lo que tiene para decir esta querida vaca inmortal, que por algo regresa del pasado. Y no olvidar tener el celular preparado para grabar por si acaso llega a aparecer.

Fotografías tomadas en el lugar en 2019