El fuerte que nadie hizo
Julito, Pepe, Roque y Tony vivían en la
costa del Río Uruguay allá por las primeras décadas del Siglo XX. Eran unos
gurises bien fuertes, porque sus familias criaban muchos animales y producían
buenas cosechas en aquellos entisoles[1]
del este entrerriano, donde trabajaban rudo para lograr esa abundancia. Estos
muchachitos que aún usaban pantalones cortos, iban a la costa del río para ver
pasar las jangadas[2] que
venían trayendo madera desde los montes y selvas de Misiones y Brasil. Los
madereros aprovechaban la corriente del río para transportar gran cantidad de
troncos que se utilizaban para las industrias de los pueblos que estaban río abajo, luego seguían
su trayecto por otros medios de transporte terrestre. Las precarias embarcaciones eran un gran
atractivo para este cuarteto de niños curiosos, que se divertían viendo cómo el
río bravo las desafiaba con sus movimientos. Los jangueadores[3]
las seguían a caballo por la orilla para acomodar la carga o ajustar los
alambres que la sujetaban. A a la noche, las amarraban a algún árbol para que no choquen con
otras embarcaciones o encallen. Con los años ese control se comenzó a realizar
en lanchas, una atrás y otra adelante guiaban la gran carga.
Una mañana como tantas, los gurises
salieron temprano para la costa, llevaron un gallo viejo para asar, pan,
tomates y algunos elementos para acampar. Aunque hacía mucho calor, al lado del
agua estaba lindo porque corría una brisa con olor a azúcar quemado desde el
Uruguay. A media mañana, mientras escuchaban a lo lejos los motores de las
lanchas, de un momento a otro se desató un tornado con toda la furia, muy
asustados se refugiaron en la entrada de unas barrancas para protegerse. Los
motores se pararon, desde el escondite entre las nubes de arena, pudieron ver
cómo una ola gigante levantó por el aire a una jangada, la envolvió como un
embudo y dispersó todas las piezas de madera por el río. Después de un rato
todo volvió a la calma, aunque el río seguía muy revuelto. El viento que
soplaba para el oeste fue acercando los troncos rollizos a la orilla argentina.
No se veían rastros de lanchas ni de jangueadores, entonces Tony tuvo la idea
de enterrar en la arena un tronco. «Estás loco, no vamos a poder moverlo y
no podemos tocar lo que no es nuestro» —le dijo Roque y los demás apoyaron
esa idea.
Como buen caprichoso y forzudo que era,
Tony empezó a cavar con la pala que habían llevado para acampar, en poco tiempo
removió unos cuantos metros de ese suelo arenoso, hizo una zanja profunda, más
larga y ancha que un tronco. Eligió el más lindo y cercano, lo movió haciéndolo
rodar unos metros, pero se le dificultaba la tarea por el desnivel del suelo.
Les prometió a los compañeros una parte de la venta del tronco, si lo ayudaban.
A los chicos les pesaba más el delito que la madera, Tony los convenció de que
igualmente se iban a perder si el río crecía. De modo que en una hora y media
enterraron no uno, sino ocho hermosos troncos de cedro y llevaron a esconder en
el monte tupido el alambre que también apareció en la orilla. Muy extenuados
por la labor, almorzaron pan y tomates solamente, porque Pepe había soltado el
gallo a mitad de camino para que se vuelva, pues le dio lástima matar al pobre
bataraz[4].
A la tarde llegaron los jangueadores con
las fuerzas de seguridad, conversaron con los chicos, quienes le contaron lo
impresionante que fue ver desintegrarse la nave por el aire. Los hombres
estaban agradecidos con el viento que empujó la carga hacia la costa, evaluaron
los daños y adivinen cuántos troncos les faltaron… Revisaron toda la zona y no
pudieron encontrar el faltante, los jangueadores tenían esperanzas de hallarlos
río abajo, los de seguridad opinaban que fueron empujados a la costa uruguaya cuando
remolineó el viento, «ahí sí que no los recuperamos más» —dijo uno de ellos.
Con la colaboración de los gurises,
amontonaron la carga que pudieron recuperar, les dijeron que luego regresarían
con más gente y herramientas para cortarla y llevarla por vía terrestre hasta
Federación, porque en ese momento no tenían ni alambre —se lamentaron. Los
chicos escuchaban atentos, Julito quería confesarles lo sucedido, no soportaba
el remordimiento, los otros lo amenazaron con la mirada y para que no meta la
pata, lo mandaron con el largavista de su abuelo italiano a mirar si no
“aparecían” los troncos en alguna entrada del río. Los trabajadores les
agradecieron la información, les encargaron que avisen si aparecían y se
fueron.
Los gurises regresaron a sus hogares con
el pacto de no contar aquello de los troncos enterrados, «y ojo vos Julito»
—amenazaron. Ellos siempre escuchaban historias de piratas que andaban buscando
algún tronco perdido por la orilla del río, porque justamente a esta altura
solían dividir las jangadas o llevarlas por tierra para evitar pasar por el
dificultoso Salto Grande, en esas maniobras siempre quedaba algún tronco
extraviado por ahí y sus padres les decían que no se debían tocar porque los de
seguridad controlaban.
Al otro día, muy temprano Tony fue solo
al lugar, se encontró con unos cuantos hombres con hachas y trozadores
acondicionando la carga para que entre en los carros. Los obreros caminaban
sobre los troncos sepultados el día anterior sin sospechar tamaña travesura. El
agua había destapado la puntita de un tronco, Tony simulaba jugar con piedras y
arena para taparlo, cuando quedó totalmente cubierto se fue a su casa.
A la tardecita Julito, Pepe, Roque y Tony
volvieron con refuerzo de dos amigos más grandes. Ya no había hombres ni
carros, desenterraron el codiciado tesoro y lo trasladaron al monte, donde
quedaron escondidos debajo de unos pastizales. Entre todos planearon construir
un fuerte en el monte con ese material, más el alambre y otros elementos que
consiguieron. En una semana montaron una estructura cuadrada con los ocho
troncos, dispusieron cuatro esquineros, a los que les cavaron las puntas para
apoyar los otros cuatro que funcionaron como tirantes para apoyar el techo.
Realizaron paredes de cañas tacuara recubiertas de barro, lo techaron con
cañas, paja mansa y juncos, quedando un lindo refugio que todos utilizaban: los
pescaderos, las familias que iban a pasar el día, los jangueadores, hasta la
guardia costera pernoctaba feliz en la misteriosa construcción. Todos pensaban
que la hicieron los otros y los cuatro chicos, más sus dos colaboradores, por
razones obvias, nunca pudieron adjudicarse la autoría, pero estaban contentos
de que aquella ocurrencia de Tony fuera útil a la comunidad. La gente que lo
usaba lo reparaba, incluso alguien le puso unas chapas de cinc usadas, otros
pintaron las paredes con cal y el famoso Fuerte del Río permaneció allí hasta
que el Lago de Salto Grande sumergió ese lugar, cuatro o cinco décadas después.
[1]
Entisol: Suelos que se forman con lo que arrastra el agua y el viento.
[2] Jangada:
Balsa precaria hecha por troncos rollizos atados con alambres y lianas. La
misma balsa era madera para comercializar y llevaba más troncos encima.
[3]
Jangueadores: Muchachos que iban a caballo por la orilla del río para acompañar
y cuidar las jangadas.
[4]
Bataraz/a: Aves de plumaje blanco y negro.
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