Una
comadreja mora en la Nueva Santa Ana
Entre
los años mil novecientos setenta y nueve y mil novecientos ochenta estábamos de
estreno en Santa Ana, lo común era que la gente estrene ropa, autos, novio o novia también, pero los de Santa Ana éramos muy originales, estrenábamos nada más ni
nada menos que un pueblo nuevo. Habían construido la Represa de Salto Grande en
el Río Uruguay y con esa obra se formó el Lago de Salto Grande. En el lugar que
ocupó el lago, estaba la mitad de nuestro pueblo: Santa Ana. También inundó a
la ciudad de Federación y dos localidades más del lado uruguayo. Entonces
tuvieron que hacer el pueblo nuevo en una parte más alta donde no llegaba el
agua, por eso estrenamos pueblo, no éramos nuevos nosotros en el pueblo, sino
que el pueblo era el nuevo, y de a poco, todos, tanto los humanos como los
animales y vegetales, nos tuvimos que adaptar a la nueva situación.
Llevábamos
unos ocho meses en el nuevo lugar, qué tranquilas vivían mis cuarenta gallinas
con dos gallos que las cuidaban desde cada esquina. Tenía coloradas, legas,
batarazas, copetonas, polacas y pericas entre otras razas, me gustaba mucho
intercambiar huevos para tener variedad. De mañana comían verdeos y lombrices, luego unos ricos maíces ante mi llamado: ¡Pi, pi, piiii! ¡Prrrr! y acudían todas a llenar sus buches. A la siesta
ponían huevos, hasta treinta por día recogía en época de postura y con buena
pastura. Después menguaba, pero nunca sin huevos me quedaba, aunque sea para el
consumo alcanzaba. A la tardecita iban todas puntuales a dormir al gallinero,
ninguna se atrevía a pasar la noche afuera, esa era la ley de mi gallinero, y
siempre se cumplía, por amplia mayoría. Cuando estaban todas en su lugar,
trancaba bien la puerta para que nadie pueda molestar y menos escapar. Todos
dormían en paz y armonía hasta el otro día.
Pero
esa madrugada de enero, algo extraño sucedió en el gallinero. Se escuchó un
gran alboroto, tal vez el tejido alguien había roto o desde afuera cavaron en
la tierra un agujero... Me levanté cuando escuché, pero no vi a nadie.
Al
otro día en un baldío, encontré dos cuerpos sin latidos, una copetona y una
lega de las más lindas. Un ladrón no era, se las hubiera llevado. Seguro que
una comadreja le comió las vísceras —pensé.
En
casa tenía martillo y tenaza no más, entonces me fui a la ferretería del
pueblo, compré tejido, clavos y alambre, por si había una comadreja con hambre.
A reforzar la seguridad me dispuse, trabajé con ahínco todo el día, no quedó
ningún agujerito, ni para que pase un pajarito.
Pasaron
los días sin novedades. Hasta que otra madrugada, de nuevo hubo lío en el
gallinero, alguien dejó la puerta mal cerrada. Me fui furiosa con una pala y
una linterna, ahí estaba la comadreja a punto de cometer otro ataque con su
segunda gallina de la noche. Ya había matado a una colorada, hermosa, era casi
anaranjada, brillosa, tenía grandes muslos y ponía huevos doble yema. Ahí la
dejó tirada a la pobre colorada, sentía que se me salían los ojos de sus
órbitas de la bronca, la comadreja me miró, la miré, miré a mis gallinas que me
miraban, miré a la comadreja, a las gallinas, la colorada del piso que también
parecía que miraba porque tenía un ojo abierto. La comadreja advirtió mi enojo,
se quedó paralizada.
Dejé
la linterna encima de un cajón enfocándola, con decisión tomé la pala con las
dos manos, calculé la distancia y la fuerza que necesitaba, estaba muy furiosa
con la comadreja.
Que
Dios juzgue si fue cobardía o valentía, ante tal disyuntiva, era salvar a mi
gallinada, o defender a la intrusa.
Justo
en ese momento, me acordé de la extinción, de la represa, del control de ratas
y de la deforestación. Si no había árboles ni pájaros, la pobre bicha, se quedó
sin comida, reflexioné.
Un
sustito le di con una buena corrida para que aprenda la lección, sin dejarle
ninguna lesión. Se ve que aprendió porque nunca más volvió y me propuse cuidar
más el gallinero para seguir teniendo huevos de mi propio criadero.
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