En una ciudad muy popular vive el joven Manu, hijo de los Wilson,
una familia muy adinerada. Tiene la casa más lujosa de la zona, los autos de la
más alta gama que se fabrican, se compra todo lo que quiere. Entre tanta
abundancia, parece que se han olvidado de pasarle las buenas costumbres al
muchacho porque se divierte con hábitos muy malos, perjudiciales para él y la
sociedad: cruza semáforos en rojo al conducir, estaciona frente a cocheras,
líneas amarillas y rampas, anda a velocidades que pasan lo permitido, toca
bocina frente al hospital o en horas de descanso entre otros daños.
Cuando las autoridades de la ciudad descubren sus infracciones, lo
llaman al orden. Denuncias, testigos y
cámaras de seguridad comprometen seriamente al joven. La primera vez le
entregan las multas a pagar junto con una advertencia para que reflexione. Los
agentes de tránsito lo invitan a pensar en las consecuencias de su conducta y
le informan que en caso de reincidir no contará más con su carné. Manuel Wilson
Ortiz, muy arrogante le dice al funcionario de turno «¿Cuánta querés? Sabés que puedo pagarte muchos suelditos de
los tuyos». La autoridad indignadísima, le dice que no se trata de dinero, que
es necesario un cambio en él, que debe respetar la reglamentación pensada para
la seguridad de las personas y una mejor vida social. De mala manera, Wilson responde:
«¡Listo! No volverá a pasar» y se
marcha.
Apenas una hora más tarde el terrible Manu vuelve a cometer otra
infracción. El mismo agente, ahora acompañado por dos policías y la fiscal le
leen sus cargos. El infractor les dice que hagan las multas rápido que está
apurado.
― ¡No, no! ―dice la fiscal―. Esta vez no se trata solamente de
pagar multas, le aplicaremos un correctivo. Deberá pagar realizando una tarea
comunitaria.
― ¿Correctivo a mí? ¿Qué les pasa, se pusieron la gorra? No saben
lo que están diciendo ja,ja,ja. ¡Qué chistoso!
Correctivo ja, ja, ja ―dice Manuel sarcásticamente y a los gritos.
― ¡No estamos bromeando! ¡Y
no nos falte el respeto! A partir de
mañana tendrá que ir al hogar de niños a contarles cuentos a los chicos, estará
acompañado por una asistente social ―ordena la autoridad―.
―Ja, ja. ¿Contar cuentos yo? ¿Cómo se te ocurre semejante cosa? Y
con una asistente social, que los cuente ella, a lo sumo la puedo tirar en el
hogar ―expresa Manuel.
El policía muy serio, le entrega un documento mediante el cual el
juez le ordena que debe comprar libros infantiles e ir durante un mes a
leérselos a los niños. También le advierte las consecuencias del incumplimiento
de lo estipulado en la resolución. Como la cosa se puso seria, a Manu no le
queda otra opción que cumplir la orden.
De mala gana va a la librería, le tira un fajo grande de dinero al
librero diciéndole: «Che dame todo esto de libros para los pibes, agregale
algunos para grandes también, así no me joden más, de esos que seguramente
tenés por ahí en los estantes de arriba» — y le guiña un ojo. El librero
selecciona profesionalmente el material haciendo caso omiso a las últimas
palabras del cliente en su primera visita a la librería. Al ser una cantidad
importante, lleva varias cajas llenas con los libros más hermosos y adecuados
para el hogar.
Con su camioneta cargada de libros se dirige al hogar de niños.
Llega y habla con la encargada:
—Traje libros, bájenlos rápido que me quiero ir enseguida.
—¡No Señor Wilson Ortiz! ―acota la encargada― obra en mi poder una
copia de la resolución del señor juez, donde indica que usted tiene que
bajarlos y contarles los cuentos a los chicos.
Manu, renegando baja todas las cajas. El personal del hogar
acompaña al joven para que no haga ninguna de sus travesuras. Los niños
mientras lo esperan ansiosos, le ofrecen ayuda, emocionados abren las cajas y
comienzan a explorar esa multitud de libros nuevos, tantos, como jamás habían
visto. Al notar las caritas tan felices, Manu los mira experimentando una
sensación nueva, extraña en su vida despreocupada. Los reúne en un semicírculo
como una vez vio que hicieron en la escuela y les comienza a leer. Lee dos
cuentos, se va sin saludar. Al otro día vuelve en el horario indicado, lee dos
cuentos, saluda, se va. Al tercer día
les lee tres cuentos, conversa con los chiquilines acerca de los cuentos que
escucharon y se marcha satisfecho con su labor. Al cuarto día, lee cuatro
cuentos y agrega unos chistes muy apropiados. De ese modo, se va produciendo
una transformación en Manu, algo mágico que cada vez que viene al hogar, lo
hace con más entusiasmo. Día a día disfruta más de la lectura. Cada mañana se
levanta con grandes deseos de ir a contar cuentos y verles las caritas a los
niños.
Cuando se cumple el mes, Manu se entristece y pide permiso para
seguir yendo al hogar. Desde que asiste a ese lugar se reportan menos
infracciones y la ciudad está muy tranquila.
A partir de ese hecho Manu se convierte en un ser solidario,
empático, de buen comportamiento y es muy querido, porque a Manu nunca le
habían contado un cuento y encuentra en la lectura algo maravilloso que
transforma su vida increíblemente.
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