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Chajarí, Entre Ríos, Argentina
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martes, 14 de octubre de 2025

Alana y las orugas

 




Alana y las orugas

Era la hora de la siesta. Alana, la niña, estaba sentada en el borde de la vereda de su casa, desde donde observaba a unas cuantas orugas de mariposas Monarca. Los animalitos amarillos con rayas negras comían y comían hojas, vainas y flores en la planta de Asclepias mellodora. Alana las contemplaba sorprendida porque nunca había visto tantas orugas juntas, solía ver solo una o dos. Le gustaba mirar cómo disfrutaban esa planta que ella tenía prohibido tocar por su fama de venenosa. Estaba muy impresionada al ver tanta actividad, por eso fue contenta a buscar a su mamá para mostrarle lo que estaba sucediendo.

Cuando regresó a la vereda con su mamá, se encontró con tres niños del barrio, de esos que solos son buenitos, pero cuando salen en compañía de otros, van tirando piedras, rompiendo flores y todo lo que encuentren a su alcance. Estos gurises sacaron varias orugas de la planta, se pusieron a jugar con ellas, a tirarlas lejos para ver si volvían, las lastimaron, incluso algunas dejaron de moverse.

Fue muy triste para la niña y su madre ver el desastre que hicieron en pocos minutos. Alana lloraba desconsoladamente. Ellos no entendían el motivo del llanto porque estaban acostumbrados a comportarse así; incluso, consideraban que le habían hecho un favor a la planta. Cuando la mamá advirtió esa situación, calmó a su hija y les habló a los cuatro:

“Entre todos y con mucho cuidado, vamos a llevar las oruguitas nuevamente a la planta, porque ellas necesitan seguir alimentándose para convertirse en mariposas. Alana conoce esta planta desde chiquita, la plantamos juntas y es la favorita de unas mariposas anaranjadas con negro y pintitas blancas; el nombre de esas hermosas mariposas es Monarca del sur. Ellas depositan sus huevos en esta planta. Luego de unos días nacen estas orugas que se alimentan de la misma planta, por eso la mariposa mamá elige este lugar para poner sus huevitos. Es cierto que la dejan casi sin hojas por unos días, pero la planta brota nuevamente y se llena de hojas y flores. Cuando las orugas alcanzan el tamaño que tienen estas que ustedes sacaron recién, o un poquito más grande, se van de la planta. Buscan un lugar tranquilo, se cuelgan con una unión de seda que ellas mismas fabrican, quedando con la cabeza para abajo, haciendo una curva, formando una jota. Así quedan quietas unas horas, o un día. Seguidamente, hacen unos movimientos, su piel se desprende y se convierten en una hermosa crisálida o pupa verde. Después de unos días, de esa crisálida, sale la mariposa, seca sus alas y se echa a volar.

¡Es muy emocionante verlas nacer, secar las alitas y volar por primera vez, es mágico! Cuando eso suceda, los voy a llamar para que vean. Por eso no debemos destruirlas: las mariposas forman parte del equilibrio de la naturaleza».

Los chicos quedaron sorprendidos, pidieron disculpas a la niña con mucha vergüenza.

Al día siguiente, uno de los niños fue con su mamá a pedir semillas. La madre de Alana le regaló con alegría un esqueje y unas semillas de esas que vuelan con un algodoncillo blanco. Les explicó los cuidados que requería la especie y les pidió que no les hagan daño a las orugas. También les contó que a veces, otros animalitos pueden comerlas, pero eso es parte de la naturaleza.

Nunca más se vio a estos niños tirando piedras ni destruyendo cosas por el barrio. Jugaban, exploraban, observaban, aprendían en paz y tenían su propia plantita, a la que simplemente admiraban como lo hacía Alana. 


















domingo, 18 de mayo de 2025

El sen del campo y los celestinos

 

En otoño, cuando casi no hay árboles con flores, el sen del campo nos regala su belleza



                                                            El sen del campo y los celestinos

Muchas veces escuché hablar del sen del campo, pero jamás había visto uno. Cada vez que descubría una flor amarilla, me acercaba con la esperanza de encontrarme con ese hermoso arbusto. Conseguí fotos e información para estudiar su apariencia, y grabé en mi mente cada detalle: sus flores de cinco pétalos con dos antenas curvas, sus ramas oscuras y sus hojas verdes azuladas que, según dicen los libros, se cerraban por la noche igual que las flores. Buscaba y buscaba, sin embargo, no lograba encontrarlo. Llegué incluso a soñar con uno.

Felizmente, en aquel otoño mi sueño se cumplió. Caminaba por calle Urquiza, y de repente... sentí que el árbol me buscaba, llamando mi atención con sus ramilletes de flores amarillas justo frente a mis ojos. Había pasado muchas veces a su lado sin verlo. ¡Cómo pude estar tan ciega!, pensé. El pequeño árbol sobrevivía frente a una casa abandonada. Le tomé fotos y esperé a que maduraran sus semillas para llevarme algunas. Las sembré y al poco tiempo, obtuve unos cuantos ejemplares, de los cuales sobrevivieron tres.

Pasaron unos meses y comenzaron a refaccionar la casa abandonada. Lo primero que hicieron fue sacar el arbolito. Me dio mucha tristeza una tarde que pasé por allí y vi la tierra removida, pues lo habían extraído de raíz. Sus ramas, como cadáveres, estaban cortadas para que el camión las retirara.

Agradecí tanto haber llevado esas semillas. Planté dos ejemplares en mi patio y regalé el otro para que lo plantaran en los verdes de la avenida principal de la ciudad.

A uno de los arbolitos de casa lo veía por la ventana de la cocina y, en otoño, cuando las flores escaseaban, se vestía de dorado para recibir a los animales: abejorros, mariposas, orugas, hormigas, abejas, picaflores, pájaros de siete colores y, especialmente, una pareja de celestinos o chogüí que disfrutaban de su existencia.

Una mañana, mientras tomaba mate con cascaritas de naranja en la cocina, miré por la ventana para ver si estaban los celestinos allí, tenía la intención de ofrecerles media naranja, ya que sabía que era su fruta favorita. Fue entonces que noté algo extraño en mi querido arbolito: sus flores doradas parecían brillar con un resplandor mágico que no había visto antes, y sus hojas tenían un verde aún más azulado. Intrigada, salí al jardín para ver qué sucedía y llevé la media naranja por si venían los celestinos. Al acercarme, escuché una voz melodiosa proveniente del árbol que decía aguije, aguije. Apoyé la media fruta entre las ramas y vi a la parejita de celestinos picando el follaje. El machito, con sus hermosos ojos negros, me miró fijamente y repitió lo que había escuchado antes: aguije (gracias en guaraní). Luego agregó: Che ha'e mitã guarani (soy un niño guaraní). Esa frase y la profundidad de su mirada me trajeron el recuerdo aquella canción[1] cuya letra cuenta que un niño guaraní cayó de un árbol, murió y se convirtió en el pájaro celestino o chogüí.

De ese modo, vi claramente al gurisito en el brillo de sus ojos, rodeados de ese bello plumaje y esas alas angelicales color del cielo. Sentí que me agradeció por haber salvado a su arbolito favorito, porque los chogüís son parte del ecosistema del sen del campo. Comprendí su mensaje y los dejé comer la deliciosa naranja, mientras les dije que no tenían nada que agradecerme, que ellos y ese árbol tan especial alegraban mis días. Con sus buches llenos de naranja, la pareja de celestinos emprendió su vuelo con su canto “chogüí, chogüí, chogüí”, hasta confundirse con el cielo.

El arbolito recuperó sus tonalidades habituales, pero la magia de los celestinos impregnó cada una de sus flores, convirtiendo el jardín en un refugio para la fauna real y para los seres imaginarios que a veces se presentan de la manera menos pensada.






[1] Se refiere a la polka paraguaya “Pájaro Chogüí” o Choguy compuesta en 1945 por el músico argentino Guillermo Breer (Seudónimo Pytaguá o Pitaguá: extranjero en guaraní). Hay varias versiones en internet de esta canción, los invito a escucharla. 

jueves, 11 de marzo de 2021

Engañadores engañados MICRORRELATO

Engañadores engañados

Ellos pensaban que ella creía, mas sólo fingía porque le convenía... Cartitas, juegos, ilusiones, escondites. Amor de padres e hija, perdones, complicidad, risas😀😂😉

Y si había algún compañerito crédulo por ahí, la niña daba pistas para alertarlo del engaño y lo invitaba a seguir con el juego.

Cada año el rito se repetía, todos felices con aquella tradición más que traición, que en algún momento cayó de madura y el juego continúa.