Alana y las orugas
Era la hora de
la siesta. Alana, la niña, estaba sentada en el borde de la vereda de su casa,
desde donde observaba a unas cuantas orugas de mariposas Monarca. Los
animalitos amarillos con rayas negras comían y comían hojas, vainas y flores en
la planta de Asclepias mellodora. Alana las contemplaba sorprendida porque
nunca había visto tantas orugas juntas, solía ver solo una o dos. Le gustaba
mirar cómo disfrutaban esa planta que ella tenía prohibido tocar por su fama de
venenosa. Estaba muy impresionada al ver tanta actividad, por eso fue contenta
a buscar a su mamá para mostrarle lo que estaba sucediendo.
Cuando regresó a
la vereda con su mamá, se encontró con tres niños del barrio, de esos que solos
son buenitos, pero cuando salen en compañía de otros, van tirando piedras,
rompiendo flores y todo lo que encuentren a su alcance. Estos gurises sacaron
varias orugas de la planta, se pusieron a jugar con ellas, a tirarlas lejos
para ver si volvían, las lastimaron, incluso algunas dejaron de moverse.
Fue muy triste
para la niña y su madre ver el desastre que hicieron en pocos minutos. Alana
lloraba desconsoladamente. Ellos no entendían el motivo del llanto porque
estaban acostumbrados a comportarse así; incluso, consideraban que le habían
hecho un favor a la planta. Cuando la mamá advirtió esa situación, calmó a su
hija y les habló a los cuatro:
“Entre todos y
con mucho cuidado, vamos a llevar las oruguitas nuevamente a la planta, porque
ellas necesitan seguir alimentándose para convertirse en mariposas. Alana
conoce esta planta desde chiquita, la plantamos juntas y es la favorita de unas
mariposas anaranjadas con negro y pintitas blancas; el nombre de esas hermosas
mariposas es Monarca del sur. Ellas depositan sus huevos en esta planta. Luego
de unos días nacen estas orugas que se alimentan de la misma planta, por eso la
mariposa mamá elige este lugar para poner sus huevitos. Es cierto que la dejan
casi sin hojas por unos días, pero la planta brota nuevamente y se llena de
hojas y flores. Cuando las orugas alcanzan el tamaño que tienen estas que
ustedes sacaron recién, o un poquito más grande, se van de la planta. Buscan un
lugar tranquilo, se cuelgan con una unión de seda que ellas mismas fabrican,
quedando con la cabeza para abajo, haciendo una curva, formando una jota. Así
quedan quietas unas horas, o un día. Seguidamente, hacen unos movimientos, su
piel se desprende y se convierten en una hermosa crisálida o pupa verde.
Después de unos días, de esa crisálida, sale la mariposa, seca sus alas y se
echa a volar.
¡Es muy
emocionante verlas nacer, secar las alitas y volar por primera vez, es mágico!
Cuando eso suceda, los voy a llamar para que vean. Por eso no debemos
destruirlas: las mariposas forman parte del equilibrio de la naturaleza».
Los chicos
quedaron sorprendidos, pidieron disculpas a la niña con mucha vergüenza.
Al día
siguiente, uno de los niños fue con su mamá a pedir semillas. La madre de Alana
le regaló con alegría un esqueje y unas semillas de esas que vuelan con un
algodoncillo blanco. Les explicó los cuidados que requería la especie y les
pidió que no les hagan daño a las orugas. También les contó que a veces, otros
animalitos pueden comerlas, pero eso es parte de la naturaleza.
Nunca más se vio
a estos niños tirando piedras ni destruyendo cosas por el barrio. Jugaban,
exploraban, observaban, aprendían en paz y tenían su propia plantita, a la que
simplemente admiraban como lo hacía Alana.











Genial!!!
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